Tim miró extrañado su celular y, encogiéndose de hombros, lo dejó sobre el piano a su lado. Era la tercera vez que llamaba a Georgia en lo que iba de la mañana, sin lograr comunicarse. Estaba seguro de que estaba tan entusiasmada arreglando todo en el nuevo local que ni siquiera oía el teléfono sonando insistentemente. Decidió dejarla trabajar en paz e ir a verla más tarde, antes de regresar a su casa.
Richard irrumpió en el estudio con tres tazas de té y le dio una. Tom estaba sentado no muy lejos de él, tratando de cambiarle las cuerdas a una guitarra y aceptó otra.
- ¿Todo va bien?- Preguntó Rich, como siempre, preocupado.
Tim asintió con la cabeza después de darle un sorbo a su té.
- Sí, no hay problema, Rich.- Le dedicó una sonrisa, absolutamente radiante. No recordaba cuánto tiempo hacía que no sonreía de aquel modo, tan feliz, tan despreocupado… o quizás sí lo recordaba: quince años.
- ¿Estabas hablando con Jayne?
- Deja de fastidiarlo, Rich, ¿qué eres?- Masculló Tom, sin quitarle los ojos verdes a la tarea que tenía en frente.- ¿Policía? Deja de hacerle tantas preguntas.
Richard apretó los labios y observó a ambos, sospechando.
- Ustedes dos están metidos en algo. Han estado muy raros los últimos días.
- ¡Claro que no!- Exclamó Tom, de inmediato. La cuerda que intentaba colocar saltó y le dio en la nariz, dejándosela colorada.- Auch.
- Eso te pasa porque no sabes mentir.- Reprochó Richard, frunciendo el ceño.- ¿Qué está sucediendo?
Tim y Tom se miraron, éste último frotándose la nariz concienzudamente, y Tim terminó suspirando y rindiéndose de una vez. Richard era su amigo y no le agradaba mentirle. Sabía que, en el fondo, lo entendería.
- Estaba llamando a Georgia.- Confesó finalmente.
Tom lo miró con la boca abierta, como si no pudiera creer que hubiese dicho la verdad.
- ¿A Georgia?- Repitió Richard, apoyando con fuerza su taza.- ¿Te volviste loco?
- ¿Para qué le cuentas? Él no está de acuerdo con esto, Tim.- Repuso Tom.
- ¿Tú lo sabías?- Richard se volvió hacia su amigo, incrédulo.- ¿Por qué lo dejas hacer estas estupideces? ¡Se supone que tienes que ayudarlo, Tom, no perjudicarlo!
- ¿Quieres calmarte, Rich? No pasa nada.- Murmuró Tim cansinamente.
- ¿Que no pasa nada? ¿No pasa nada, dices?- Exclamó, fuera de sus casillas.
- Basta, Rich, es a Jayne a quien está engañando, no a ti.- Farfulló Tom, tratando de volver a poner la cuerda en su sitio.
Tim le dedicó una mirada algo funesta.
- Gracias, Tom.- Dijo, sarcástico.
- De nada, amigo.- Le sonrió ampliamente, sin notar la expresión que había puesto.
- No puedo creerlo.- Richard lo siguió con la mirada mientras Tim se dirigía al sillón más cercano para sentarse.- Creí que ya habías terminado con toda esta estupidez.
Tim se volvió a enfrentarlo y lo apuntó con un dedo.
- No es una estupidez.- Dijo, enojado.- No es ninguna estupidez, Richard…
Suspirando, Rich se cruzó de brazos y se apoyó contra el piano. Lo examinó en silencio unos segundos y cuando habló, su tono había bajado bastante.
- Te enamoraste de ella, ¿no es así?
Pasaron varios segundos antes de que Tim respondiera. En lugar de sentarse, se puso a dar vueltas a lo largo y ancho del estudio.
- Nunca dejé de amarla, Rich. Creí que lo sabías.
- Siempre supuse que Jayne iba a significar lo suficiente para ti como para olvidarte de Georgia.- Contestó. Dejó de lado la incredulidad para concentrarse en la preocupación.- ¿Por qué no me dijeron nada?
- Porque ibas a reaccionar de este modo.- Dijo Tom, que empezaba a enfurruñarse.
Tim negó lentamente con la cabeza.
- Nunca tuve nada que reprocharte como amigo, Rich, pero la verdad es que en este tema no has mostrado mucha flexibilidad…- Explicó suavemente.
Richard hizo una mueca, como si oír eso no le cayera muy bien.
- Todo lo que quería era que no cometieras errores que fueras a lamentar. Todavía me acuerdo perfectamente cómo estabas cuando se fue, Tim. En los años que hace que te conozco jamás te vi de ese modo: estabas destruido, parecía que…
- No va a volver a pasar, Rich. Te agradezco que quieras prevenir los errores, pero Georgia y yo hemos aprendido de ellos.- Aseguró Tim, que volvía a sonreír muy lentamente. Le puso una mano en el hombro, para tranquilizarlo.- Siento haberte mentido, pero tampoco quería que mucha gente lo supiera. Tuve que contárselo a Tom, pero necesitaba mantenerlo lo más secreto posible.
- ¿Por qué tuviste que decírselo a Tom?- Preguntó Richard, confundido.
- He estado cubriéndolo con Jayne.- Dijo Tom antes de que Tim pudiera evitarlo.- Simulaba que estaba conmigo cuando él y Georgia estaban…- Vio que Tim le dedicaba una mirada muy elocuente y trató de interpretarla mientras intentaba seguir explicándose,-… aquí y yo le decía a Jayne que…
Tom cerró la boca al darse cuenta que Tim estaba a punto de saltar sobre él para callarlo. Sus mejillas se encendieron, volviéndose de un intenso tono rosado, y bajó la mirada.
Richard les echó un vistazo a uno y otro.
- ¿Has hecho que Tom te cubra?- Se volvió hacia su amigo, regresando a la incredulidad.- Por amor de Dios, Tim, ¿no crees que después del tiempo que hace que está contigo, Jayne se merece algo más?
Empezando a sentir un espantoso dolor de cabeza, Tim se dejó caer finalmente en el sillón junto a Tom. Se llevó la cabeza a las manos, sintiéndose la peor basura del mundo, pero sin poder acallar, ni siquiera de ese modo, la felicidad que Georgia había instalado en lo profundo de su corazón.
- Por supuesto que se merece algo más, hacerle esto ha sido una verdadera tortura para mí, Rich. No me he sentido bien al pensar cuánto la herí.- Admitió en voz baja.
- ¿Y qué vas a hacer?- Inquirió, presionándolo un poco.- Imagino que vas a detener todo esto, ¿verdad? Antes de que Jayne se entere y tu matrimonio quede enterrado seis metros bajo tierra…
Tim levantó la mirada y la posó en Richard. Había estado dándole vueltas al asunto interminablemente y, al fin, había tomado una decisión. Sabía que sería increíblemente doloroso, pero ya no tenía escapatoria.
- Voy a dejar a Jayne.- Anunció, y ésta vez Tom dejó caer la guitarra al suelo, con un estruendo, debido a la sorpresa.
- ¿Qué?- Preguntó, sin poder creérselo.
- Bueno, Tom… no pensabas que iba a engañarla durante toda la vida, ¿o sí?- Masculló, algo incómodo.
- Lo que pensé es que jamás ibas a hacerlo.- Lentamente, Tom sonrió.
Pero Richard volvió a hablar, tan preocupado y negativo como siempre.
- ¿Estás seguro, Tim? ¿Has analizado absolutamente todo? ¿Estás seguro de que esto significa tanto para ti como para Georgia?
- Claro que sí, Rich.- Al pensar en Georgia, los ojos azules de Tim cobraron un brillo que había estado apagado durante mucho tiempo.- Hemos hablado de esto un millón de veces. Está terriblemente arrepentida por haberse ido hace quince años.
Richard notó que no había nada que pudiera decir, y que no tenía caso desalentarlo porque Tim estaba a punto de hacer algo que realmente quería y necesitaba. Tom empezó a darle palmadas en la espalda, como si lo felicitara, mientras no dejaba de sonreír.
La que de seguro no iba a estar tan contenta con aquella situación sería Jayne. Pero Richard sabía que si Tim y Georgia querían estar juntos no había absolutamente nada que pudiera separarlos.
Más tarde ese día, cuando Richard se subió a su auto para ir a su casa a buscar un platillo que se había olvidado y necesitaba para terminar uno de los arreglos de una de las canciones nuevas en las que estaban trabajando, dejó a Tim y Tom instalados en The Barn, absolutamente sumidos en el proceso creativo, cada uno ensimismado en lo que debía hacer.
El sol iba bajando lentamente pero todavía inundaba el cielo con sus rayos, dándole un tono anaranjado en el horizonte. Habían asumido que para esa hora habrían terminado, pero una vez que se veían envueltos en la vorágine de trabajo, era bastante difícil ponerle un freno.
En la cabeza de Richard, sin embargo, había mucho más que canciones sin acabar. Entre la lista mental de cosas que tenía que comprar en el supermercado cuanto antes y algunas noticias que había estado leyendo ese día en el periódico, se encontraba todo el asunto de Tim y Georgia.
La frustración de ser el único que no tenía idea de lo que estaba sucediendo se había ido desvaneciendo a lo largo del día, dejándole sólo un gusto amargo arraigado profundamente en su boca. Conocía a Tim hacía veinte años y era consciente de todo el sufrimiento por el que había atravesado al ser abandonado por Georgia siendo sólo unos niños. Pero en ese caso, excepto por el corazón roto, Tim había conseguido seguir adelante y rehacer su vida.
Pero ahora… Tim estaba tomando un decisión basada en la ilusión de una relación que había tenido siendo un muchacho de dieciocho años. Estaba poniendo en juego una vida agradable y plena que había sabido construirse después de mucho esfuerzo. Estaba poniendo en juego a una mujer que siempre había estado para él, incondicionalmente. Una mujer que no lo había cambiado por un par de zapatos de marca.
Y aún así, Tim estaba tan convencido, y hablaba de Georgia con tal devoción… que Richard deseaba con todas sus fuerzas tragarse todas sus opiniones y verlo ser feliz. No aprobaba nada de lo que estaba sucediendo, por supuesto, pero no podía evitar sentir un cálido alivio en medio del pecho al ver que Tim sonreír de una manera tan auténtica, de una manera que Rich ya no creía que Tim pudiera sonreír.
Giró distraídamente en Powdermill Lane para poder dirigirse hacia High Street. Suspirando, se dijo que a veces era más difícil seguir al corazón, que seguir a la lógica. Lo que Tim estaba haciendo requería de una valentía que Richard empezaba a admirar…
No se había dado cuenta donde estaba hasta que vio el pequeño revuelo que se armaba un par de casas más adelante. Frunció el ceño, contemplando como sin entender, las cajas y maletas que iban acumulándose en la vereda, junto a un pequeño y brillante auto rojo.
- ¿Te volviste loca?- Exclamaba Molly Atwood, mientras seguía a su hija desde la entrada de la casa.
- Mamá, por favor, sólo quiero irme de aquí, quítate de en medio.- Farfulló Georgia, impaciente, con los ojos ocultos de unos grandes lentes de sol. Abrió la puerta trasera del auto y metió algunas cajas.
- ¿De repente? ¿De nuevo? ¿Qué sucedió? ¡Georgia, dime algo!
- ¡Nada, mamá, no sucedió nada! ¡Déjame en paz!- Gritó, de una manera descontrolada en la que Richard jamás la había visto. Había aminorado la marcha para poder ver a escena, con los ojos muy abiertos e incrédulos.
Molly se quedó de piedra al ver a su hija reaccionando de aquel modo. Tras unos segundos, simplemente asintió con la cabeza, tristemente.
- Supongo que tengo que agradecer que esta vez no te fugas a mitad de la noche.- Y sin decir una palabra más, se volvió y se perdió en el interior de la casa.
Georgia, sin inmutarse, como si no hubiese para ella nada más importante que poner sus cosas dentro del auto y pisar el acelerador para irse de allí, continuó como si nada.
Sin entender demasiado lo que estaba sucediendo, Richard aumentó la velocidad, llegó a High Street y, olvidándose por completo de que tenía que ir a su casa, dio un giro y retomó el camino hacia The Barn.
Abollando descuidadamente una hoja de papel, Tim la arrojó en ninguna dirección en particular y volvió a comenzar de cero con una en blanco. Tom meneó la cabeza, impaciente.
- ¿Quieres dejarlo ya?- Se puso de pie y se puso a juntar las pelotas de papel esparcidas por todo el estudio.- Todo esto sirve perfectamente. Deja de ser tan duro contigo mismo.
- Todo eso es basura, Tom, sé que puedo escribir algo mejor…- Farfulló Tim en un gruñido, frunciendo el ceño detrás de sus lentes de marco cuadrado, moviendo la lapicera entre los dedos, esperando que la palabra justa iluminara su mente para empezar la estrofa.
- Lo que tú llamas basura, yo lo llamo una canción decentemente buena.- Repuso, tratando de alisar las hojas, con la intención de que las letras se volvieran más legibles, cosa casi imposible dado que la manuscrita de Tim eran meros garabatos.- Mira, Tim, mira, hay frases que son muy, muy buenas.
- Ya te lo dije. No me gusta.
- Bueno, lo guardaré, si no te importa. Quizás mañana te levantes y hayas cambiado de parecer.- Tom dejó todo perfectamente apilado sobre un amplificador, ignorando la expresión fastidiosa de Tim.- Además… tenemos como cincuenta canciones nuevas, ¿tienes la necesidad de escribir una más?
Tim abrió la boca con la intención de explicarse, pero se distrajo al ver que Richard entraba, dejando las llaves de su auto muy lentamente sobre una mesa. Había algo en su rostro que hizo que Tim olvidara por un momento lo que estaba haciendo.
- ¿Todo está bien? ¿Por qué regresaste tan pronto?- Preguntó.
- ¿Olvidaste el platillo, Rich?- Inquirió Tom, también extrañado.
Pero él no contestó. Se acercó a Tim y se apoyó en el piano junto a él para mirarlo. Era evidente que estaba buscando la manera de decir algo, pero no sabía cómo hacerlo.
- ¿Te sucedió algo malo?- Insistió Tom, que empezaba a alarmarse con su actitud.
Richard decidió ir al grano, dándose cuenta que no había muchas más vueltas que darle al asunto.
- Tengo algo que decirte, Tim, y no te va a gustar nada.- Masculló, mortalmente serio.- Pero antes de que te lo diga… recuerda que Tom y yo estamos aquí y que…
- ¿Qué diablos pasó?- Interrumpió Tim, pasando velozmente de la curiosidad a la preocupación.
Richard tragó saliva y miró a Tom en busca de apoyo, pero éste lo observaba con la misma gravedad que Tim.
- Se trata de Georgia, Tim.- Anunció lentamente.
Sin ser consciente de lo que hacía, Tim se puso de pie, haciendo que los otros dos dieran un respingo por la brusquedad del movimiento.
- ¿Qué pasa con Georgia, Rich?- Murmuró y sus ojos azules lo escrutaron con cierto dejo de desesperación.
- No te asustes y mantén la calma, Tim, no es nada…
- ¡Dímelo de una maldita vez, Richard!- Exclamó, sin poder contenerse y Tom dio un paso hacia atrás para alejarse de él.
- ¡Se fue!- Respondió Rich, con demasiada prisa y sintió que estaba clavándole un puñal en el pecho a su amigo. El rostro de Tim no varió en lo más mínimo. Seguía mirándolo como sin entender.
- ¿A qué te refieres? Georgia no puede irse.- Dijo, negando con la cabeza tan despacio que no parecía siquiera saber que lo estaba haciendo.
- Escucha, sé que esto no es precisamente lo que esperabas, pero… acabo de verla.- Explicó con toda la paciencia que fue capaz de encontrar en su interior.
Esta vez fue Tim el que dio un paso atrás para alejarse de ellos, como si de repente sus dos mejores amigos representaran una amenaza.
- Debes haberte equivocado de persona.- Rechazó la idea con un movimiento de la mano, pero la lividez de su rostro delataba que estaba tratando de convencerse a sí mismo de aquello.- Georgia no puede irse.- Repitió.
- Era Georgia, Tim, lo siento.- Rich le habló con la misma compasión con la que le hubiese hablado a un niño que acababa de ver cómo su mascota era atropellada por el camión de la basura.- La vi cargar sus cosas en el auto y…
- Seguramente son las cosas del taller. Ha estado llevando cosas al taller todo el tiempo.- Dándoles la espalda, Tim se puso a escrutar por la ventana, como si esperara que Georgia apareciera por allí para confirmar su teoría.
- No, eran sus maletas. Y su madre estaba diciéndole que…
- ¡Estás equivocado, Richard, cierra la boca de una vez!- Gritó, pegándole un puñetazo a la pared a su lado y haciéndose un corte en el dorso de la mano, por el cual ni siquiera se inmutó. Tom se quedó muy quieto y Richard se sintió embargado por una pena tremenda al tener que ser él quien le rompiera el corazón.
- Tim…- Estiró un brazo para tocarle el hombro, haciéndole saber que estaba allí, aunque no fuera eso exactamente lo que él quería.- Tim, no tienes idea cuánto lo lamento…
La voz de Tim se puso ronca. Cuando volvió a hablar no fue más que un mero susurro, como si hablar a un volumen normal fuera algo que excedía sus fuerzas en demasía.
- Tiene que haber un error.- Musitó. Miró a sus amigos, esperando que alguno de ellos empezara a reír y confesara que había sido una broma.- Tiene que haber un error.- Se irguió, con el corazón latiendo enloquecido, rogándole que hiciera algo.- No se ha ido a ninguna parte.
Se apartó de ellos rápidamente, dirigiéndose hacia la puerta. Tom y Richard lo siguieron de inmediato camino a la salida. Manoteó las llaves de su auto antes de abrir la puerta de un tirón y salir a un Battle ya oscurecido por el anochecer.
- ¡Aguarda!- Exclamó Tom, que parecía haber salido de su trance.- ¡Aguarda, Tim, no puedes conducir así! Yo te llevaré.
Se adelantó con la intención de entrar al auto, pero Tim ni siquiera lo había oído. Dentro de él, muy profundo en su alma, había un constante bullicio de dudas y miedos al que no quería escuchar. Pasó por al lado de Tom como si no notara su presencia, subió al auto y encendió el motor con un ademán descuidado.
Pisando el acelerador con ganas, levantó una nube de polvo a su alrededor, sin prestar atención a la velocidad que indicaba el tablero, subiendo más y más. Tim sólo tenía una cosa en mente: llegar a Powdermill Lane, encontrar a Georgia y estrecharla entre sus brazos para sentirla tan real y maravillosa como era siempre.
La casa entera pareció temblar, como si fuera a derrumbarse, cuando Tim aporreó la puerta, reclamando que alguien le abriera. Su primera idea había sido trepar por el árbol, pero estaba tan alterado que no se creía capaz de hacerlo sin matarse en el intento.
Molly Atwood abrió, escandalizada, unos pocos segundos después. Lo observó sorprendida e indignada, de la misma manera que lo había hecho cuando no era más que un chico de quince años que se colaba en la habitación de su hija a mitad de la noche.
- ¿Qué estás haciendo aquí, Tim?- Preguntó, de manera poco amable.
- Necesito ver a Georgia de inmediato.- Respondió, sin dar más rodeos.
El malestar en el rostro de Molly aumentó.
- Así que contigo también repitió la historia. Al menos esta vez tuvo la delicadeza de decírmelo a la cara, en lugar de dejar una nota…- Refunfuñó, estudiándolo con recelo, como si él fuera el culpable de todo.
- ¿De qué demonios está hablando?- Tim sabía lo que estaba a punto de oír, pero así y todo la mayor parte de él se negaba a aceptarlo. Seguía repitiéndose que aquello era un estúpido error.
- De que Georgia volvió a irse.- Contestó y Tim sintió cómo si acabara de arrojarle algo pesado en el estómago, cortándole la respiración.- Tomó sus cosas, las puso en el auto y se fue de aquí tan rápido como llegó.
- Georgia no puede irse.- Volvió a decir, como si eso fuera a cambiar las cosas.
Molly se cruzó de brazos.
- Claro que puede. Lo hizo una vez y ahora lo hizo de nuevo.- Entrecerró los ojos.- No sé qué fue lo que pasó, o si tú tuviste algo que ver… pero no creo que vaya a regresar en esta ocasión.
Tim no supo qué decir. Su cabeza estaba analizándolo todo, pero no en busca de una explicación, de una aceptación o de algo que apaciguara el dolor, si no en busca de alguna equivocación en todo aquello. Cualquier cosa. Algo mínimo que no rompiera la ilusión de amor verdadero que Georgia había creado para él.
Molly pareció ablandarse un poco. Suspiró, resignada.
- Me gustaría saber qué es lo que le pasa por la cabeza a esa chica para reaccionar de este modo todo el tiempo.- La compasión de su mirada le hubiese recordado a Richard de no ser porque estaba demasiado aturdido para poder pensar.- Y lamento que te haya lastimado de nuevo, pero tú permitiste que lo hiciera. Tenías una vida perfectamente armada y dejaste que Georgia se metiera en medio.- Tratando de ocultar el tono de desaprobación, Molly echó un vistazo al interior de la casa.- Mira, Tim, mi marido no está muy contento con todo lo que está pasando y creo que si te ve aquí será para peor. Vete a tu casa con tu esposa y olvídate de Georgia. Es lo mejor que puedes hacer.
Y le cerró la puerta en la cara sin mucha ceremonia.
Y Tim se quedó allí, esperando que, de un momento a otro, Georgia volviera a abrirla.
Y esperó en vano, hasta que la brisa nocturna hizo que su piel se erizara de frío, aún a pesar de la calidez que corría a su alrededor.
Y regresó a su auto, pensando en buscarla, en entender. Y todo lo que pudo pensar fue que Georgia no deseaba ser encontrada, que no deseaba ser amada por él, que no deseaba más que correr. Y por mucho que Tim deseara correr tras ella, no le había dejado ningún rastro. Lo único que había dejado atrás era un corazón roto, y Tim no tenía la menor idea de qué hacer con él.
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lunes, 11 de enero de 2010
domingo, 20 de diciembre de 2009
Leaving So Soon: Capítulo 21.
Cuando cayó la noche en Battle, Jayne llevaba bastante rato sentada pensando que estaba sumida en la más impenetrable oscuridad. Se hubiese sentido de ese modo aún recostada en el césped bajo los rayos ardientes del sol en una tarde calurosa de agosto. Se hubiese sentido así aún teniendo un millón de reflectores apuntándole directo al rostro.
Tener la certeza de que, mientras ella estaba sola en su casa creyendo que moriría de tristeza, Tim estaba revolcándose con Georgia en The Barn era simplemente espantoso. Y había sido todavía más horrible descubrir que muchas de las veces que había creído que su esposo estaba trabajando o divirtiéndose con sus amigos, había estado con ella. Y había bastado una sola llamada a Tom para confirmarlo.
- ¡Hola, Jayne! ¿Cómo estás?- Había saludado él alegremente, al ver que se trataba de ella.
- Bien, Tom, gracias. Pero no sé qué pasa con el celular de Tim últimamente. Siempre está apagado. Creo que no está funcionando bien. ¿Está ahí contigo?- Había dicho, logrando a duras penas fingir un tono despreocupado.
- Sí, sí, estamos en The Barn. Pero… eh… me parece que comió algo que no le hizo bien, porque está en el baño hace media hora.- Murmuró Tom.- ¿Quieres que le pida que te llame cuando salga?
- No. Sólo quería asegurarme de que todo estuviera bien. Lo veré cuando venga a casa. Adiós Tom.- Y cortó de inmediato, sin darle tiempo a decir nada más.
Arrojando el teléfono muy lejos de ella, se abandonó a un llanto amargo que la carcomía por dentro. ¿Cómo había sido tan estúpida para no darse cuenta? Tim la había engañado deliberadamente. Había organizado a sus amigos para que lo cubrieran. Había mentido sin importarle nada…
Una parte de ella quería arrodillarse en el suelo y gritar hasta que no le quedara voz y la otra sólo quería acurrucarse en silencio y decirse a sí misma que pronto despertaría de aquella pesadilla. Pero lo que había visto era desgraciadamente verdad y temía que nunca pudiera deshacerse del sonido de los jadeos que parecían reproducirse en su cabeza sin cesar.
No saber qué era lo que iba a suceder a continuación era tan terrible como la situación en sí. Por dignidad, por orgullo, por alguna mínima razón ligada a su amor propio tenía que pensar en dejarlo. En echarle en cara lo que había visto, en gritarle, en decirle que lo odiaba por lo que le había hecho y en escupirle en la cara que no quería volver a verlo en su vida…
Escuchó la puerta de entrada y supo que Tim había regresado, antes de que pudiera finalizar la línea de sus pensamientos. Se quedó estática, sintiendo que la recorría un frío tan inclemente que no habría fuego capaz de devolverle el calor.
Tim entró en la sala y le sonrió al verla sentada allí. Se acercó a darle un beso, que Jayne ni siquiera pudo responder.
- ¿Sucede algo, cariño? Estás muy pálida.- Frunció el ceño, preocupado.
Jayne se preguntó si también llamaría así a Georgia. Se preguntó si ella lo llamaría así también a él. Y luego se dio cuenta que no toleraría conocer la respuesta.
- Me duele mucho la cabeza…- Contestó en un susurro. Tim se sentó a su lado, apenado
- ¿Quieres que te traiga algo? ¿Una aspirina?
Jayne negó lentamente, tratando de conectar sus ideas entre sí. Tenía que empezar a gritar. Era el momento. Era el momento de decirle lo que pensaba, lo que era, lo mucho que detestaba que…
Pero no fue capaz de encontrar algo que detestara de él. Lo amaba, y amaba incluso sus defectos. Dejarlo no podía entrar en sus planes ni en sus más locos delirios.
Ya no se trataba de retenerlo por el mero deseo de hacerlo feliz como nadie jamás podría hacerlo, porque sabía sin lugar a dudas que no había brazos en los que Tim podría ser más feliz que en los de Georgia. Ahora se trataba de ella. Se trataba de ser feliz ella. Y necesitaba a Tim para tener esa felicidad, porque de otro modo no encontraba sentido a su existencia. Había basado sus sueños sólo en él y sabía que sin eso, estaba vacía y rota.
Se obligó a rebuscar cualquier dejo de voluntad que pudiera quedar en su ser y esbozar una sonrisa, por leve que ésta pudiera ser, que reflejara en su rostro algo más que la desesperada amargura que las imágenes de esa tarde habían impreso en su mente.
- Sería mejor que te metieras en la cama, vamos.- La tomó de la mano y tiró de ella para hacer que se pusiera de pie.- No te pongas testaruda.
Jayne se dejó conducir, sólo porque estaba sumida en un sopor terrible que hacía que se le nublara la vista y los sentidos, y apenas entendía lo que sucedía a su alrededor. Lo único que sentía era el cálido y vago tacto de los dedos de Tim enredados en los suyos y eso parecía suficiente para disipar, al menos en una forma leve y vaga, la oscuridad que la rodeaba desde hacía un par de horas.
Y aún así, viendo cómo su esposo se preocupaba por ella y demostraba que al menos le importaba un poco como para dedicarle un minuto de su atención, Jayne sabía que estaba perdiéndolo inexorablemente. Tim la ayudó a meterse en la cama y la cubrió con las mantas, pero no se recostó junto a ella, ni la rodeó con los brazos, ni volvió a besarla.
- Descansa, cariño. Te traeré un té más tarde.- Le dijo, yendo hacia la puerta, para dejarla entornada detrás de sí, y apagando todas las luces de la habitación. Pero aún de ese modo no consiguió envolverla en una penumbra mayor que la que Jayne sentía oprimiendo su corazón. Lo vio salir de ese cuarto como si estuviese saliendo de su mismísima vida, lo vio salir como si fuese la premonición de algo terrible a punto de suceder. Lo vio salir como si estuviera corriendo a los brazos de Georgia, pero esta vez de una forma definitiva. Jayne sabía, muy a su pesar, que una vez que consiguieran estar juntos, ya nunca nada más lograría separarlos.
Lo vio salir, pero también se vio a sí misma, capaz de todo, desesperada, y con un corazón roto que imploraba a gritos que no dejara ir tan fácilmente a la única razón de sus latidos.
Georgia era feliz. Era como si en lugar de caminar se la pasara flotando de un lado a otro dando saltitos con sus tacos de diez centímetros. El mismo aire parecía alzarla en toda su gloria y depositarla en el paso siguiente con un suave aterrizaje, sólo para repetir el procedimiento docenas de veces más.
Tim estaba enamorado de ella. Se lo había estado repitiendo una y otra vez dentro de su cabeza interminablemente, constantemente, alegremente. Sus palabras y el recuerdo de sus besos y el aliento sobre su piel repiqueteaban en su memoria mientras iba y venía entusiasmada, preparándose para armar su taller en su nuevo local: ¿Me creerías si te digo que te amo aún más de lo que te amaba hace quince años?
Georgia nunca había sido amante de las apuestas, pero en ese preciso instante era capaz de apostar incluso su propia vida a que más pronto de lo que imaginaba, su vida iba a alcanzar al fin una perfección tan maravillosa que distaba mucho de lo que se había atrevido a soñar.
Su primer negocio independiente estaba saliendo bien, había firmado un contrato de alquiler para el local más increíble que había visto en Battle y el hombre que había amado desde que tenía memoria estaba enamorado de ella. Una vez que Tim se decidiera a hacerle caso a sus sentimientos, todo iría bien. Sólo faltaba que acabara de decidirse a decirle la verdad a Jayne…
Por alguna razón, Georgia no dudaba de ello. Si la amaba, iba a estar con ella. Enamorarse de alguien acarrea tantas otras pequeñas cosas que no puede tomarse verdaderamente a la ligera: amar a alguien significa estar ahí para esa persona, sin condiciones, sin obstáculos. Amar a alguien, según Georgia, era tener las agallas para arriesgarlo todo y vivir ese amor, por complicado que pudiera llegar a ser.
Y Georgia sabía, sin pararse un solo segundo a pensarlo, que Tim tenía la valentía suficiente para hacerlo. Era cuestión de tiempo para que pudieran dejar de esconderse, de tener miedo de ser vistos.
Sumida en felices pensamientos de ese hombre que le quitaba la respiración, bajó la última caja llena de telas de su auto y la llevó dificultosamente hasta la entrada del local. La balanceó precariamente en un brazo mientras sacaba la llave de su bolso y abría la puerta para poder entrar.
Todo estaba aún a medio hacer. Tenía que instalar algunas luces nuevas en puntos estratégicos del escaparate y buscar el lugar ideal para los probadores y el mostrador. Pero eso aún podía esperar: lo que más le atraía, lo que más necesitaba era el amplio espacio que estaba en la parte trasera, donde muy poco a poco, Georgia había estado ubicando todas las cosas que precisaba para convertirlo en un taller.
Las máquinas de coser estaban aún embaladas y las cajas con materiales y prendas ya terminadas abundaban por doquier. Tenía que ponerse a organizar todo de inmediato y tenía tantas ganas de comenzar que parecía que le cosquilleaban los dedos de la ansiedad.
Se quitó los lentes de sol y los dejó sobre la larga mesa de madera que iba a utilizar para trabajar. Se recogió el pelo para que no le estorbara en lo alto de la cabeza y se quitó los zapatos. Miró a su alrededor, tratando de decidir qué era lo que debía hacer primero.
Diez minutos más tarde estaba envuelta en un frenesí de polvo y cajas que iban y venían de un sitio al otro. Lo único que logró distraerla fue oír un golpecito que parecía llegarle desde la entrada de la tienda. Apoyó la escoba contra una de las paredes y subió los escalones que llevaban hacia el frente. Esbozó la más gigantesca sonrisa al ver que era Tim el que estaba del otro lado del vidrio.
- ¡Hola!- Saludó alegremente, apresurándose a abrirle la puerta.- ¿Qué estás haciendo aquí?
Pero en vez de responder enseguida, Tim le puso un enorme ramo de flores delante del rostro.
- Sólo quería desearte un feliz comienzo.- Dijo, inclinándose a darle un beso.
Georgia suspiró de emoción.
- Cariño… qué hermosa sorpresa.- Le devolvió el beso con pasión, rodeándole el cuello con los brazos y tratando de sostener las flores al mismo tiempo.- Gracias.
- ¿Necesitas algo de ayuda por aquí? Tengo un poco de tiempo, tengo que estar en casa de Rich en una hora.- Masculló, entrando para echar un vistazo curioso alrededor.
- Sólo estoy haciendo algo de limpieza antes de poner todo en su lugar.- Respondió Georgia, encogiéndose de hombros. Miró sonriente la tarjeta sujeta al ramo: Te dije que podías conseguir lo que te propusieras. Buena suerte. Te amo, Tim.
- Bueno, avísame cuando necesites un par de hombres que hagan el trabajo pesado.- Tim la rodeó con los brazos, mientras le guiñaba un ojo juguetonamente.- Creo que puedo convencer a Tom de que me de una mano.
- Dudo que Tom se sienta entusiasmado al respecto, pero de acuerdo. Sé que me hará falta más adelante. Aunque quizás deba contratar a alguien, me gustaría hacer algunas instalaciones eléctricas y quizás pintar un poco…
- Puedo darte el número de teléfono del que hizo las reparaciones en casa la última vez que a Jayne se le ocurrió redecorar la cocina.- Comentó distraídamente, caminando por el espacioso taller.
Georgia desvió la mirada, sin saber por qué de pronto se sentía tan incómoda. No era raro que Tim mencionara a su esposa. Ambos sabían en qué estaban metidos. Y, eventualmente, la conversación sobre ella se volvería más profunda.
- Me vendría genial, gracias, cariño.- Lo rodeó con los brazos por atrás y apoyó la cabeza en su espalda.- ¿Y qué te parece?
- Es un sitio ideal, Georgia.- Estrechó sus manos suavemente.- Estoy seguro de que va a irte muy bien aquí…
Ella sonrió mientras dejaba escapar un suspiro. Por supuesto que iba a irle bien. En ese mismísimo momento en que abrazaba al hombre que amaba en el lugar donde su vida profesional iba a cobrar sentido, sentía que no había nada en el mundo que pudiera derrumbarla.
Con los dedos crispados en el volante, obligándose a no salir del auto y hacer una locura, Jayne se dijo que debía respirar profundamente y mantener la calma lo más posible.
Tim estaba saliendo de un local oscuro y vacío, tomando a Georgia de la mano y volviéndose rápidamente para despedirse de ella con un beso. Luego miró a los lados para ver que nadie lo estuviera mirando, se puso los lentes de sol y se subió a su auto, para alejarse enseguida de allí, como si no hubiese pasado nada.
Jayne no había podido controlar el impulso de seguirlo al verlo que salía de la casa. Simplemente lo había hecho. Durante un momento, cuando lo vio detenerse en la florería y comprar un ramo gigante de flores, creyó que su esposo iba a tener un gesto tierno con ella, teniendo en cuenta que los últimos dos o tres días se había sentido mal. O al menos eso creía Tim: que había estado enferma, que quizás había comido algo en mal estado, que le dolía la cabeza. Lo que no imaginaba era que lo que la enfermaba era el miedo, los celos, la certeza de que su marido se acostaba con la única mujer en el mundo que era capaz de arrebatárselo para siempre.
Pero entones Tim volvió a subirse a su auto y cuando se detuvo nuevamente, bajó en aquel lugar que parecía desocupado. Y a Jayne no le sorprendió para nada que Georgia apareciera para abrirle la puerta y que él le entregara las flores. No le sorprendió nada confirmar que aquello no era un simple affaire, no era algo casual, no eran solo dos personas que satisfacían un deseo sexual. Eran dos personas enamoradas que compartían instantes de sus vidas. Vidas en las que Jayne ni siquiera parecía existir.
Al ver que Tim se alejaba por High Street inhaló una gran bocanada de aire y se armó del valor suficiente para bajar del auto y acercarse al lugar del que su esposo acababa de salir. Apretó con fuerza el bolso que llevaba colgado del hombro, como si de allí fuera a sacar algo que le diera fortaleza.
Golpeó los nudillos contra el vidrio. Sus labios estaban casi blancos de lo tensos que estaban y su cuerpo entero parecía hecho de piedra. Escuchó a Georgia antes de verla.
- ¿Te olvidaste de algo, cariño?- Gritaba, mientras subía unos escalones a los saltitos. Pero la sonrisa de su rostro se borró al instante, en cuando vio que era Jayne la que estaba parada en la entrada. Se había puesto lívida y se había quedado mortalmente quieta. Se miraban la una a la otra, ambas sabiendo lo que estaban pensando y por qué Jayne estaba allí.
Muy lentamente, como si dar cada paso fuera algo que requiriera de una voluntad de hierro, Georgia caminó hacia la puerta, giró la llave que estaba puesta en la cerradura y le abrió. Los ojos de Jayne cayeron sobre los de ella y pareció que pasaba una verdadera eternidad hasta que una de ellas abrió la boca al fin.
- Jayne, ¿qué…?- Farfulló Georgia, tratando de disimular el pequeño temblor que se percibía en su voz. Pero Jayne no la dejó terminar de hablar.
- Sabes perfectamente lo que estoy haciendo aquí.- Interrumpió duramente.- Déjame entrar.
Georgia obedeció de inmediato, haciéndose a un lado. En los años que hacía que la conocía nunca había visto a Jayne de ese modo, y si bien era obvio que en algún momento iba a saber la verdad, no era aquel el modo en que quería que las cosas se manejaran. Y no quería perjudicar a Tim de ninguna manera…
Cerró la puerta, aunque sus dedos difícilmente lograban manejar las llaves. Jayne se volvió hacia ella en esa leve penumbra, y la única luz parecía provenir de la furia que brillaba en sus ojos.
- Estás acostándote con mi esposo.- Dijo fríamente, y Georgia supo que era una afirmación y no una pregunta. Jayne lo sabía todo.
¿Qué se suponía que debía decir? Decirle que no era cierto no servía de nada. Y decirle la verdad… tampoco parecía una buena idea.
- Sé lo que estás pensando, Jayne, pero escúchame…- Musitó, intentando ocultar los nervios que la invadían.
- No, tú vas a escucharme a mí, porque no hay nada que puedas decirme para justificar lo que has hecho, Georgia.- Cortó bruscamente.- Te crees que puedes regresar después de todos estos años y reclamar a Tim como si fuese tuyo. Te crees que puedes venir y hacer lo que quieras in consecuencias.
- Por supuesto que no.- Protestó Georgia, en un intento de defenderse y tratar de explicarse con más sinceridad.- No fue mi intención que esto pasara. Tim y yo…
- Tim y tú no existen. Empieza a aceptarlo, porque dejaron de existir hace ya mucho tiempo.- Dio un paso hacia ella, haciendo que Georgia se sintiera algo amedrentada.- Yo me casé con él, Georgia. Tim construyó su vida conmigo y es a mí a quien quiere. Si se está acostando contigo es sólo para terminar algo que tiene pendiente.
Por más que mereciera el enojo de Jayne, Georgia no podía permitir que le hablara de aquella manera. Podría soportar cualquier insulto… pero que le dijeran que Tim realmente no la quería…
- No quiero ser yo quien te rompa el corazón, Jayne, pero estás muy equivocada.- Masculló, poniéndose firme.- Tim no es la clase de hombre que se acuesta con alguien por el mero hecho de revolcarse, y lo sabes tan bien como yo. Será hora de que empieces…
- Es hora de que empieces a alejarte de mi esposo.- Cortó, y su rostro estaba crispado de odio.- Esta estupidez que tienen no va a durar.
Georgia se puso a respirar entrecortadamente, enfadada.
- ¿Y qué sabes tú? No es ninguna estupidez, Jayne. Tim me ama.
- Es una estupidez comparada con un hijo.- Repuso, haciendo que Georgia cerrara la boca de inmediato.- Y Tim tampoco es la clase de hombre que abandona a una familia que lo necesita.
Aunque tenía terror de preguntar, Georgia no pudo evitarlo. Con la voz temblando y la vacilación cerrándole la garganta, tuvo que averiguar la verdad.
- ¿De qué estás hablando?
- Estoy diciendo que estoy embarazada, Georgia.- Jayne sonrió, viendo cómo el rostro de la otra se volvía pálido, como sus ojos se llenaban de un dolor demasiado fuerte para ocultarlo.
El aire había abandonado por completo los pulmones de Georgia, pero no tenía mucha importancia porque de todos modos ella había olvidado respirar. Todo lo que había creído tener asegurado estaba derrumbándose como un castillo de naipes bajo una tormenta eléctrica.
- ¿No vas a felicitarme?- Preguntó Jayne, sonriendo aún más, pero la otra ni siquiera la oyó.
De repente había olvidado el significado de esa palabra que había tenido en mente durante varios días, y se le antojaba de lo más ajena, como si nunca la hubiese probado. De repente, cualquier vestigio de felicidad que pudiera quedar en ella, se evaporó por completo, y la dejó congelada y vacía y supo que había sido una ingenua por haber creído que la vida iba a darle la oportunidad de conservarla.
Jayne la dejó en ese estado de estupefacción y se encaminó a la puerta, sin perder la sonrisa, y sin perder nada más.
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Tener la certeza de que, mientras ella estaba sola en su casa creyendo que moriría de tristeza, Tim estaba revolcándose con Georgia en The Barn era simplemente espantoso. Y había sido todavía más horrible descubrir que muchas de las veces que había creído que su esposo estaba trabajando o divirtiéndose con sus amigos, había estado con ella. Y había bastado una sola llamada a Tom para confirmarlo.
- ¡Hola, Jayne! ¿Cómo estás?- Había saludado él alegremente, al ver que se trataba de ella.
- Bien, Tom, gracias. Pero no sé qué pasa con el celular de Tim últimamente. Siempre está apagado. Creo que no está funcionando bien. ¿Está ahí contigo?- Había dicho, logrando a duras penas fingir un tono despreocupado.
- Sí, sí, estamos en The Barn. Pero… eh… me parece que comió algo que no le hizo bien, porque está en el baño hace media hora.- Murmuró Tom.- ¿Quieres que le pida que te llame cuando salga?
- No. Sólo quería asegurarme de que todo estuviera bien. Lo veré cuando venga a casa. Adiós Tom.- Y cortó de inmediato, sin darle tiempo a decir nada más.
Arrojando el teléfono muy lejos de ella, se abandonó a un llanto amargo que la carcomía por dentro. ¿Cómo había sido tan estúpida para no darse cuenta? Tim la había engañado deliberadamente. Había organizado a sus amigos para que lo cubrieran. Había mentido sin importarle nada…
Una parte de ella quería arrodillarse en el suelo y gritar hasta que no le quedara voz y la otra sólo quería acurrucarse en silencio y decirse a sí misma que pronto despertaría de aquella pesadilla. Pero lo que había visto era desgraciadamente verdad y temía que nunca pudiera deshacerse del sonido de los jadeos que parecían reproducirse en su cabeza sin cesar.
No saber qué era lo que iba a suceder a continuación era tan terrible como la situación en sí. Por dignidad, por orgullo, por alguna mínima razón ligada a su amor propio tenía que pensar en dejarlo. En echarle en cara lo que había visto, en gritarle, en decirle que lo odiaba por lo que le había hecho y en escupirle en la cara que no quería volver a verlo en su vida…
Escuchó la puerta de entrada y supo que Tim había regresado, antes de que pudiera finalizar la línea de sus pensamientos. Se quedó estática, sintiendo que la recorría un frío tan inclemente que no habría fuego capaz de devolverle el calor.
Tim entró en la sala y le sonrió al verla sentada allí. Se acercó a darle un beso, que Jayne ni siquiera pudo responder.
- ¿Sucede algo, cariño? Estás muy pálida.- Frunció el ceño, preocupado.
Jayne se preguntó si también llamaría así a Georgia. Se preguntó si ella lo llamaría así también a él. Y luego se dio cuenta que no toleraría conocer la respuesta.
- Me duele mucho la cabeza…- Contestó en un susurro. Tim se sentó a su lado, apenado
- ¿Quieres que te traiga algo? ¿Una aspirina?
Jayne negó lentamente, tratando de conectar sus ideas entre sí. Tenía que empezar a gritar. Era el momento. Era el momento de decirle lo que pensaba, lo que era, lo mucho que detestaba que…
Pero no fue capaz de encontrar algo que detestara de él. Lo amaba, y amaba incluso sus defectos. Dejarlo no podía entrar en sus planes ni en sus más locos delirios.
Ya no se trataba de retenerlo por el mero deseo de hacerlo feliz como nadie jamás podría hacerlo, porque sabía sin lugar a dudas que no había brazos en los que Tim podría ser más feliz que en los de Georgia. Ahora se trataba de ella. Se trataba de ser feliz ella. Y necesitaba a Tim para tener esa felicidad, porque de otro modo no encontraba sentido a su existencia. Había basado sus sueños sólo en él y sabía que sin eso, estaba vacía y rota.
Se obligó a rebuscar cualquier dejo de voluntad que pudiera quedar en su ser y esbozar una sonrisa, por leve que ésta pudiera ser, que reflejara en su rostro algo más que la desesperada amargura que las imágenes de esa tarde habían impreso en su mente.
- Sería mejor que te metieras en la cama, vamos.- La tomó de la mano y tiró de ella para hacer que se pusiera de pie.- No te pongas testaruda.
Jayne se dejó conducir, sólo porque estaba sumida en un sopor terrible que hacía que se le nublara la vista y los sentidos, y apenas entendía lo que sucedía a su alrededor. Lo único que sentía era el cálido y vago tacto de los dedos de Tim enredados en los suyos y eso parecía suficiente para disipar, al menos en una forma leve y vaga, la oscuridad que la rodeaba desde hacía un par de horas.
Y aún así, viendo cómo su esposo se preocupaba por ella y demostraba que al menos le importaba un poco como para dedicarle un minuto de su atención, Jayne sabía que estaba perdiéndolo inexorablemente. Tim la ayudó a meterse en la cama y la cubrió con las mantas, pero no se recostó junto a ella, ni la rodeó con los brazos, ni volvió a besarla.
- Descansa, cariño. Te traeré un té más tarde.- Le dijo, yendo hacia la puerta, para dejarla entornada detrás de sí, y apagando todas las luces de la habitación. Pero aún de ese modo no consiguió envolverla en una penumbra mayor que la que Jayne sentía oprimiendo su corazón. Lo vio salir de ese cuarto como si estuviese saliendo de su mismísima vida, lo vio salir como si fuese la premonición de algo terrible a punto de suceder. Lo vio salir como si estuviera corriendo a los brazos de Georgia, pero esta vez de una forma definitiva. Jayne sabía, muy a su pesar, que una vez que consiguieran estar juntos, ya nunca nada más lograría separarlos.
Lo vio salir, pero también se vio a sí misma, capaz de todo, desesperada, y con un corazón roto que imploraba a gritos que no dejara ir tan fácilmente a la única razón de sus latidos.
Georgia era feliz. Era como si en lugar de caminar se la pasara flotando de un lado a otro dando saltitos con sus tacos de diez centímetros. El mismo aire parecía alzarla en toda su gloria y depositarla en el paso siguiente con un suave aterrizaje, sólo para repetir el procedimiento docenas de veces más.
Tim estaba enamorado de ella. Se lo había estado repitiendo una y otra vez dentro de su cabeza interminablemente, constantemente, alegremente. Sus palabras y el recuerdo de sus besos y el aliento sobre su piel repiqueteaban en su memoria mientras iba y venía entusiasmada, preparándose para armar su taller en su nuevo local: ¿Me creerías si te digo que te amo aún más de lo que te amaba hace quince años?
Georgia nunca había sido amante de las apuestas, pero en ese preciso instante era capaz de apostar incluso su propia vida a que más pronto de lo que imaginaba, su vida iba a alcanzar al fin una perfección tan maravillosa que distaba mucho de lo que se había atrevido a soñar.
Su primer negocio independiente estaba saliendo bien, había firmado un contrato de alquiler para el local más increíble que había visto en Battle y el hombre que había amado desde que tenía memoria estaba enamorado de ella. Una vez que Tim se decidiera a hacerle caso a sus sentimientos, todo iría bien. Sólo faltaba que acabara de decidirse a decirle la verdad a Jayne…
Por alguna razón, Georgia no dudaba de ello. Si la amaba, iba a estar con ella. Enamorarse de alguien acarrea tantas otras pequeñas cosas que no puede tomarse verdaderamente a la ligera: amar a alguien significa estar ahí para esa persona, sin condiciones, sin obstáculos. Amar a alguien, según Georgia, era tener las agallas para arriesgarlo todo y vivir ese amor, por complicado que pudiera llegar a ser.
Y Georgia sabía, sin pararse un solo segundo a pensarlo, que Tim tenía la valentía suficiente para hacerlo. Era cuestión de tiempo para que pudieran dejar de esconderse, de tener miedo de ser vistos.
Sumida en felices pensamientos de ese hombre que le quitaba la respiración, bajó la última caja llena de telas de su auto y la llevó dificultosamente hasta la entrada del local. La balanceó precariamente en un brazo mientras sacaba la llave de su bolso y abría la puerta para poder entrar.
Todo estaba aún a medio hacer. Tenía que instalar algunas luces nuevas en puntos estratégicos del escaparate y buscar el lugar ideal para los probadores y el mostrador. Pero eso aún podía esperar: lo que más le atraía, lo que más necesitaba era el amplio espacio que estaba en la parte trasera, donde muy poco a poco, Georgia había estado ubicando todas las cosas que precisaba para convertirlo en un taller.
Las máquinas de coser estaban aún embaladas y las cajas con materiales y prendas ya terminadas abundaban por doquier. Tenía que ponerse a organizar todo de inmediato y tenía tantas ganas de comenzar que parecía que le cosquilleaban los dedos de la ansiedad.
Se quitó los lentes de sol y los dejó sobre la larga mesa de madera que iba a utilizar para trabajar. Se recogió el pelo para que no le estorbara en lo alto de la cabeza y se quitó los zapatos. Miró a su alrededor, tratando de decidir qué era lo que debía hacer primero.
Diez minutos más tarde estaba envuelta en un frenesí de polvo y cajas que iban y venían de un sitio al otro. Lo único que logró distraerla fue oír un golpecito que parecía llegarle desde la entrada de la tienda. Apoyó la escoba contra una de las paredes y subió los escalones que llevaban hacia el frente. Esbozó la más gigantesca sonrisa al ver que era Tim el que estaba del otro lado del vidrio.
- ¡Hola!- Saludó alegremente, apresurándose a abrirle la puerta.- ¿Qué estás haciendo aquí?
Pero en vez de responder enseguida, Tim le puso un enorme ramo de flores delante del rostro.
- Sólo quería desearte un feliz comienzo.- Dijo, inclinándose a darle un beso.
Georgia suspiró de emoción.
- Cariño… qué hermosa sorpresa.- Le devolvió el beso con pasión, rodeándole el cuello con los brazos y tratando de sostener las flores al mismo tiempo.- Gracias.
- ¿Necesitas algo de ayuda por aquí? Tengo un poco de tiempo, tengo que estar en casa de Rich en una hora.- Masculló, entrando para echar un vistazo curioso alrededor.
- Sólo estoy haciendo algo de limpieza antes de poner todo en su lugar.- Respondió Georgia, encogiéndose de hombros. Miró sonriente la tarjeta sujeta al ramo: Te dije que podías conseguir lo que te propusieras. Buena suerte. Te amo, Tim.
- Bueno, avísame cuando necesites un par de hombres que hagan el trabajo pesado.- Tim la rodeó con los brazos, mientras le guiñaba un ojo juguetonamente.- Creo que puedo convencer a Tom de que me de una mano.
- Dudo que Tom se sienta entusiasmado al respecto, pero de acuerdo. Sé que me hará falta más adelante. Aunque quizás deba contratar a alguien, me gustaría hacer algunas instalaciones eléctricas y quizás pintar un poco…
- Puedo darte el número de teléfono del que hizo las reparaciones en casa la última vez que a Jayne se le ocurrió redecorar la cocina.- Comentó distraídamente, caminando por el espacioso taller.
Georgia desvió la mirada, sin saber por qué de pronto se sentía tan incómoda. No era raro que Tim mencionara a su esposa. Ambos sabían en qué estaban metidos. Y, eventualmente, la conversación sobre ella se volvería más profunda.
- Me vendría genial, gracias, cariño.- Lo rodeó con los brazos por atrás y apoyó la cabeza en su espalda.- ¿Y qué te parece?
- Es un sitio ideal, Georgia.- Estrechó sus manos suavemente.- Estoy seguro de que va a irte muy bien aquí…
Ella sonrió mientras dejaba escapar un suspiro. Por supuesto que iba a irle bien. En ese mismísimo momento en que abrazaba al hombre que amaba en el lugar donde su vida profesional iba a cobrar sentido, sentía que no había nada en el mundo que pudiera derrumbarla.
Con los dedos crispados en el volante, obligándose a no salir del auto y hacer una locura, Jayne se dijo que debía respirar profundamente y mantener la calma lo más posible.
Tim estaba saliendo de un local oscuro y vacío, tomando a Georgia de la mano y volviéndose rápidamente para despedirse de ella con un beso. Luego miró a los lados para ver que nadie lo estuviera mirando, se puso los lentes de sol y se subió a su auto, para alejarse enseguida de allí, como si no hubiese pasado nada.
Jayne no había podido controlar el impulso de seguirlo al verlo que salía de la casa. Simplemente lo había hecho. Durante un momento, cuando lo vio detenerse en la florería y comprar un ramo gigante de flores, creyó que su esposo iba a tener un gesto tierno con ella, teniendo en cuenta que los últimos dos o tres días se había sentido mal. O al menos eso creía Tim: que había estado enferma, que quizás había comido algo en mal estado, que le dolía la cabeza. Lo que no imaginaba era que lo que la enfermaba era el miedo, los celos, la certeza de que su marido se acostaba con la única mujer en el mundo que era capaz de arrebatárselo para siempre.
Pero entones Tim volvió a subirse a su auto y cuando se detuvo nuevamente, bajó en aquel lugar que parecía desocupado. Y a Jayne no le sorprendió para nada que Georgia apareciera para abrirle la puerta y que él le entregara las flores. No le sorprendió nada confirmar que aquello no era un simple affaire, no era algo casual, no eran solo dos personas que satisfacían un deseo sexual. Eran dos personas enamoradas que compartían instantes de sus vidas. Vidas en las que Jayne ni siquiera parecía existir.
Al ver que Tim se alejaba por High Street inhaló una gran bocanada de aire y se armó del valor suficiente para bajar del auto y acercarse al lugar del que su esposo acababa de salir. Apretó con fuerza el bolso que llevaba colgado del hombro, como si de allí fuera a sacar algo que le diera fortaleza.
Golpeó los nudillos contra el vidrio. Sus labios estaban casi blancos de lo tensos que estaban y su cuerpo entero parecía hecho de piedra. Escuchó a Georgia antes de verla.
- ¿Te olvidaste de algo, cariño?- Gritaba, mientras subía unos escalones a los saltitos. Pero la sonrisa de su rostro se borró al instante, en cuando vio que era Jayne la que estaba parada en la entrada. Se había puesto lívida y se había quedado mortalmente quieta. Se miraban la una a la otra, ambas sabiendo lo que estaban pensando y por qué Jayne estaba allí.
Muy lentamente, como si dar cada paso fuera algo que requiriera de una voluntad de hierro, Georgia caminó hacia la puerta, giró la llave que estaba puesta en la cerradura y le abrió. Los ojos de Jayne cayeron sobre los de ella y pareció que pasaba una verdadera eternidad hasta que una de ellas abrió la boca al fin.
- Jayne, ¿qué…?- Farfulló Georgia, tratando de disimular el pequeño temblor que se percibía en su voz. Pero Jayne no la dejó terminar de hablar.
- Sabes perfectamente lo que estoy haciendo aquí.- Interrumpió duramente.- Déjame entrar.
Georgia obedeció de inmediato, haciéndose a un lado. En los años que hacía que la conocía nunca había visto a Jayne de ese modo, y si bien era obvio que en algún momento iba a saber la verdad, no era aquel el modo en que quería que las cosas se manejaran. Y no quería perjudicar a Tim de ninguna manera…
Cerró la puerta, aunque sus dedos difícilmente lograban manejar las llaves. Jayne se volvió hacia ella en esa leve penumbra, y la única luz parecía provenir de la furia que brillaba en sus ojos.
- Estás acostándote con mi esposo.- Dijo fríamente, y Georgia supo que era una afirmación y no una pregunta. Jayne lo sabía todo.
¿Qué se suponía que debía decir? Decirle que no era cierto no servía de nada. Y decirle la verdad… tampoco parecía una buena idea.
- Sé lo que estás pensando, Jayne, pero escúchame…- Musitó, intentando ocultar los nervios que la invadían.
- No, tú vas a escucharme a mí, porque no hay nada que puedas decirme para justificar lo que has hecho, Georgia.- Cortó bruscamente.- Te crees que puedes regresar después de todos estos años y reclamar a Tim como si fuese tuyo. Te crees que puedes venir y hacer lo que quieras in consecuencias.
- Por supuesto que no.- Protestó Georgia, en un intento de defenderse y tratar de explicarse con más sinceridad.- No fue mi intención que esto pasara. Tim y yo…
- Tim y tú no existen. Empieza a aceptarlo, porque dejaron de existir hace ya mucho tiempo.- Dio un paso hacia ella, haciendo que Georgia se sintiera algo amedrentada.- Yo me casé con él, Georgia. Tim construyó su vida conmigo y es a mí a quien quiere. Si se está acostando contigo es sólo para terminar algo que tiene pendiente.
Por más que mereciera el enojo de Jayne, Georgia no podía permitir que le hablara de aquella manera. Podría soportar cualquier insulto… pero que le dijeran que Tim realmente no la quería…
- No quiero ser yo quien te rompa el corazón, Jayne, pero estás muy equivocada.- Masculló, poniéndose firme.- Tim no es la clase de hombre que se acuesta con alguien por el mero hecho de revolcarse, y lo sabes tan bien como yo. Será hora de que empieces…
- Es hora de que empieces a alejarte de mi esposo.- Cortó, y su rostro estaba crispado de odio.- Esta estupidez que tienen no va a durar.
Georgia se puso a respirar entrecortadamente, enfadada.
- ¿Y qué sabes tú? No es ninguna estupidez, Jayne. Tim me ama.
- Es una estupidez comparada con un hijo.- Repuso, haciendo que Georgia cerrara la boca de inmediato.- Y Tim tampoco es la clase de hombre que abandona a una familia que lo necesita.
Aunque tenía terror de preguntar, Georgia no pudo evitarlo. Con la voz temblando y la vacilación cerrándole la garganta, tuvo que averiguar la verdad.
- ¿De qué estás hablando?
- Estoy diciendo que estoy embarazada, Georgia.- Jayne sonrió, viendo cómo el rostro de la otra se volvía pálido, como sus ojos se llenaban de un dolor demasiado fuerte para ocultarlo.
El aire había abandonado por completo los pulmones de Georgia, pero no tenía mucha importancia porque de todos modos ella había olvidado respirar. Todo lo que había creído tener asegurado estaba derrumbándose como un castillo de naipes bajo una tormenta eléctrica.
- ¿No vas a felicitarme?- Preguntó Jayne, sonriendo aún más, pero la otra ni siquiera la oyó.
De repente había olvidado el significado de esa palabra que había tenido en mente durante varios días, y se le antojaba de lo más ajena, como si nunca la hubiese probado. De repente, cualquier vestigio de felicidad que pudiera quedar en ella, se evaporó por completo, y la dejó congelada y vacía y supo que había sido una ingenua por haber creído que la vida iba a darle la oportunidad de conservarla.
Jayne la dejó en ese estado de estupefacción y se encaminó a la puerta, sin perder la sonrisa, y sin perder nada más.
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domingo, 15 de noviembre de 2009
Leaving So Soon: Capítulo 20.
Dándole un empujoncito con la pierna, Georgia cerró la puerta del auto. Llevaba los brazos totalmente cargados de carpetas, su cartera balanceándose en una de sus manos y las llaves enganchadas en uno de sus dedos. Tratando de hacer algo de espacio y de equilibrio al mismo tiempo, pasó las carpetas todas a un solo lado y abrió el baúl dificultosamente. Había comprado varios metros de telas distintas para comenzar a hacer realidad sus diseños y quería poner manos a la obra cuanto antes.
- ¿Necesitas ayuda?- Oyó y espió por sobre el auto para ver a su madre que salía de la casa.
- Sí, gracias, tengo demasiadas cosas.- Georgia sonrió, de excelente humor. Llevaba varios días gozando de un estado de ánimo fantástico y sabía exactamente de dónde había salido.- ¿Quieres llevar estas carpetas adentro? Yo cargaré las bolsas.
Molly Atwood se apresuró a librar a su hija de parte de la carga, pero no volvió a entrar en la casa. Se quedó parada a su lado, siguiéndola con la mirada.
- ¿Dónde piensas meter todo esto? No hay lugar en tu habitación.- Comentó frunciendo el ceño.
- Ya pensaré en algo. Quizás encuentre sitio en el sótano.- Respondió Georgia, aunque decidió que era mejor decir algo más antes de que su madre pensara que iba a instalarse allí para siempre.- Es temporal, descuida. No convertiré tu casa en un taller mucho tiempo.
- La verdad es que me asombra que aún sigas en Battle.- Admitió Molly, mientras Georgia cerraba el baúl y emprendían el camino hacia adentro.- Siempre odiaste este pueblo.
Georgia se encogió de hombros. Sospechaba a donde quería llegar su madre con aquella conversación. No había sido casual que acudiera en su ayuda.
- No quiero equivocarme, prefiero tomarme las cosas con calma y tomar buenas decisiones.- Hizo una seña hacia el sillón de la sala.- Deja todo ahí, lo subiré en un momento.
Molly puso las carpetas cuidadosamente sobre el sillón y observó cómo Georgia dejaba a su vez las bolsas llenas de telas.
- ¿Buenas decisiones respecto a qué?- Preguntó entonces y su hija tuvo que ocultar una sonrisa.
Se volvió a mirarla con los brazos cruzados y suspirando.
- Mamá, si quieres preguntarme algo sobre Tim, por favor, deja de dar rodeos y ve directo al grano.
- ¿Estás aquí por él, Georgia?- Inquirió, con una expresión de lo más seria en el rostro.
- Mira, mamá, Tim y yo…
- Sólo contesta mi pregunta.- Interrumpió.
Georgia se tomó unos segundos antes de contestar. Sabía que su madre jamás entendería, pero al mismo tiempo necesitaba hablar con alguien y no tenía a nadie más.
- No lo sé.- Admitió en un murmullo.- Llegué a un punto en que no estaba segura de lo que había hecho en mi vida, ni de quién era realmente. Pensé que viniendo aquí podría recordar algunas cosas.
Se dejó caer en el sillón y se puso a hojear sus carpetas, sólo porque no sabía que hacer con sus manos y empezaba a sentirse incómoda.
- No estás recordando.- Repuso Molly amargamente.- Estás reviviendo el pasado, Georgia. Pero ya no tienes dieciséis años, ni tampoco Tim. Ya es un hombre, que siguió su camino y está casado.
Georgia soltó la carpeta y volvió a ponerse de pie.
- ¿Crees que no lo sé?- Sentía que se violentaba cada vez que le recordaban con quien se había casado Tim.- Jayne recogió los pedazos, y no la culpo. Los abandoné a los dos. De haber sido más lista, me hubiese dado cuenta de que puedes tener lo mejor del mundo: un apartamento en el centro de la ciudad, un auto costoso, un millón de zapatos… pero una vez que pierdes a la única persona que llegaste a amar, nada de eso tiene verdadero valor.
Fue apagándose hasta terminar sentada nuevamente entre su lío de dibujos y telas. Molly se acercó a ella, apenada y le tomó una mano.
- Si lo querías, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué no le dijiste que fuera contigo? Tim te hubiese seguido a donde fuera con tal de estar…- Dijo, dulcemente, pero Georgia la detuvo, tapándose los oídos como si fuera una niña caprichosa que no quería oír más regañinas. Ya no tenía sentido revolver aquello. Lo que había hecho, no lo podía cambiar. Las razones ya no importaban.- Bien. Si no quieres hablar del pasado, hablaremos del presente. ¿Te parece una buena idea ser la amante de Tim? ¿Para eso regresaste?
- ¡Mamá!- Exclamó, ofendida.- No me digas estas cosas.
- Sé que no te agrada, pero quiero ayudarte a que abras los ojos. Si lo que buscabas era empezar de cero, estás equivocándote otra vez. No sé qué clase de vida quieres tener, pero no puedes esperar que Tim sea parte de ella.
- No entiendes.- Georgia se sintió ofuscada. No quería oír hablar siquiera de la posibilidad de vivir sin él. Mucho menos en aquel momento en que la estaba haciendo tan feliz.- Tim…
- Con Tim sólo tienes dos opciones, querida.- La miró con los ojos llenos de tierna comprensión, que sólo lograron frustrarla más.- O te limitas a ser la segunda en la vida de un hombre que jamás estará para ti en un cien por ciento, o lo dejas ser feliz con la vida que se construyó con otra mujer.
Le dio una palmadita en la mano y se puso de pie para ir a la cocina. Georgia se reclinó contra el sillón y cerró los ojos, suspirando.
- No me gustan tus opciones.- Susurró.
- Lo lamento, Georgia.- Se quedó parada en la entrada al pasillo, observándola atentamente. Tras unos segundos, volvió a hablar.- Y no te preocupes. No le dije nada a tu padre de lo que vi en tu habitación el otro día, ni pienso hacerlo. Pero si vas a seguir con esta locura, no lo traigas a la casa.
Dejándola sola con sus cavilaciones, Molly se esfumó casi sin que su hija notara la diferencia. No era ninguna tonta y conocía muy bien las condiciones de su relación con Tim. Sabía perfectamente que tarde o temprano uno de los dos, sino ambos, terminaría lastimado.
Pero también sabía con total certeza que, sin importar lo insoportable que fuera el dolor al final de todo aquello, si había una opción en la que debía dejar a Tim, ésa era, definitivamente, la que no iba a escoger.
Su habitación se había vuelto algo completamente incalificable. Era una especie de híbrido entre alcoba, gimnasio y taller de costura. Había modelos a medio cocer colgados en la bicicleta fija y los rollos de tela sin utilizar estaban apoyados contra la pared junto a la cinta de caminar. Había un maniquí junto a la ventana, lleno de alfileres y del lado opuesto, Georgia había conseguido hacer entrar un escritorio donde había puesto su máquina de cocer.
Allí pasaba casi todo el día, exceptuando los momentos en que se encontraba con Tim o en que iba a comprar más materiales para su trabajo. Las prendas nuevas iban acumulándose una sobre otra encima de la cama y en ocasiones, Georgia se quedaba levantada toda la noche, dejándose llevar por el deseo de tomar las riendas de su destino. O de parte de él.
Esos últimos días había estado enfrascada en encontrar la mejor manera de acabar un vestido. Había comenzado siendo algo simple, pero al verlo terminado, no le había parecido lo suficientemente especial, por lo que la desvelaba la idea de encontrar un detalle que lo hiciera único. Descoció uno de los lados con la intención de rehacerlo y se recogió el cabello para que no le molestara. La noche había caído ya en Battle, era un domingo bastante caluroso y Georgia casi no había salido de su habitación. A Tim le costaba bastante trabajo encontrar una excusa para verla los fines de semana, por lo que generalmente se sentía algo sola. Sin embargo, había decidido que no dejaría que esa sensación la afectara. Y se había volcado de lleno en el trabajo.
Se le ocurrió incorporar algo de tul bajo la falda para darle un poco de volumen, de modo que se levantó del escritorio y fue a buscar un poco. La distrajo un golpeteo en la ventana que la hizo sonreír incluso antes de volverse a ver de qué se trataba.
Se apresuró a abrir y Tim entró cuidadosamente. Ella se cruzó de brazos y lo miró, como si lo regañara.
- ¿No sería más fácil que me llamaras por teléfono para que baje? Uno de estos días vas a matarte trepando por ese árbol.- Musitó. Él ni siquiera respondió. Estiró los brazos para estrecharla por la cintura y acercarla a él. Le plantó un beso suave en los labios y le dedicó una dulce sonrisa.
- No te pongas tan gruñona, sólo estoy de paso.- Susurró. Georgia se aflojó de inmediato y se abandonó al abrazo.- ¿Qué tal tu fin de semana?
- Ocupado, pero vacío.- Contestó ella, acariciándole una mejilla.- ¿Y el tuyo?
Tim parecía reticente a responder. Por un lado, deseaba decirle que la extrañaba cada minuto del día. Por otro, no quería menospreciar a Jayne, que se desvivía por hacerlo feliz, pero que no lograba ocupar el espacio que Georgia reinaba cada vez que la tenía cerca.
Se limitó a encogerse de hombros.
- ¿Estuviste trabajando?- Dijo en cambio, y eso fue todo lo que Georgia necesitó oír para entender que no quería hablarle de su esposa, porque había sido con ella con quien había estado esos últimos dos días.- Parece que has avanzado bastante.
- Sí, estoy muy entusiasmada, de hecho.- La sonrisa volvió al rostro de Georgia, que se despegó de él para mostrarle algunos de sus modelos terminados.- Muero de ganas de ver todo esto colgado en una tienda…
- Al paso que vas, no creo que falte mucho para eso.- Tim contempló el desorden de ropa y tela sin usar que había por todas partes.- ¿Vas a intentar venderlo a alguna marca o…?
- Creo que sería mejor que intentara abrirme paso totalmente por mi cuenta. Buscaré un buen sitio y abriré una boutique.- Se puso un vestido en tonos de amarillo por encima y dio vueltas con él como si se lo estuviese probando.- Una vez que todo se encamine, contrataré gente y sólo me dedicaré a diseñar. Es la mejor parte.- Le guiñó un ojo.
- Todo esto es fantástico, cariño.- Farfulló Tim distraídamente. Hizo una pausa para seguir mirando, pero era obvio que había algo bullendo en su cabeza y que iba a soltarlo de un momento a otro.- ¿Buscarás un lugar en Londres para la boutique?
La verdadera pregunta escondida detrás de sus palabras era si iba a volver a irse y Georgia lo sabía. Se acercó a él por detrás y lo abrazó, apoyando la mejilla en su hombro, tras darle un pequeño beso en el cuello que le produjo escalofríos.
- No, no me siento lista para arrojarme a la gran ciudad de nuevo. Probablemente inaugure en Battle y si todo va bien, pensaré en ampliar los horizontes. Pero falta mucho para eso, aún.- Respondió ella, como si no se hubiese dado cuenta de nada.
Sin embargo, los dos eran conscientes de lo que aquello encerraba. Georgia estaba dándoles tiempo, estaba quedándose, estaba diciendo que no se iría. Tácitamente, estaba haciendo una promesa que significaba mucho para ambos pero que, a la vez, sólo seguía alargando un final ya anunciado.
Y así y todo, ni a Georgia ni a Tim les importaba el dolor que los esperaba cuando despertaran de aquel sueño, porque los ínfimos instantes de felicidad que se daban uno a otro eran suficientes para olvidar cualquier tortura que el destino fuera a depararles.
Hojeando un libro aunque en realidad no estuviera prestándole nada de atención, Jayne levantó la mirada y escrutó el reloj con cierto recelo. Tim había salido a comprar una pizza para la cena, pero… ¿cuánto podía demorar? Hacía por lo menos una hora que había salido. Normalmente, en veinte minutos estaba de regreso.
Tomó su celular y se puso a marcar el número de Tim, pero se detuvo a mitad de camino. Algo andaba mal, podía sentirlo. Últimamente, su esposo tenía la costumbre de desaparecer de vez en cuando para ver a sus amigos, o alargaba sus sesiones de trabajo. Un par de veces había llegado a casa cuando Jayne estaba ya dormida. En el pasado, eso significaba que la recompensaba por su ausencia despertándola a medianoche para hacer el amor. Pero ahora ni siquiera la despertaba para avisarle que había llegado.
Su primer temor fue que Georgia tuviera algo que ver con el comportamiento de Tim. ¿Y si había algo entre ellos? Se habían besado, ¿o no?
Se acurrucó contra sí misma en el sillón, sintiéndose terriblemente mal. Aún así, se obligó a recordar que si bien Tim había besado a Georgia, después había hecho todo lo que había estado en su alcance para recuperar a su esposa. Había vuelto a ella, en vez de dejarla para irse con la mujer que no había hecho más que herirlo. Tim sabía, en el fondo de su corazón, que nadie podría amarlo y cuidarlo nunca como Jayne lo hacía.
Muy a su pesar, Jayne tenía que admitir que a partir de ese incidente, también había llevado las cosas a un extremo. Aterrorizada de que estuvieran a punto de arrebatarle lo único que importaba en su vida, había estado recordándole constantemente que lo amaba, que estaba ahí para él. Lo había mimado llevándole el desayuno a la cama, preparándole sus comidas favoritas, alquilando las películas que le gustaban para verlas juntos, buscando constantemente la manera de complacerlo…
Quizás lo había asfixiado. Quizás había conseguido que Tim necesitara su espacio pero no supiera cómo decírselo.
Nada le aseguraba, de todos modos, que su esposo no estuviese revolcándose con la mujer que había sido su primer amor. Pero, ¿no había decidido que nada le importaba con tal de que Tim estuviera a su lado? ¿No había decidido que no quería explicaciones, ni respuestas? Le bastaba con saber que cuando había tenido que escoger, Tim la había elegido a ella. El pasado no importaba. Jayne era su esposa.
Dejó el teléfono nuevamente. Lo mejor que podía hacer era relajarse y dejar que Tim se sintiera más libre. Si Georgia seguía siendo un problema, sería paciente. Se habían besado, ¿y qué? Un simple beso no significaba nada. Había cosas más fuertes.
Justo cuando acababa de convencerse de que si conservaba la calma el tiempo suficiente, Georgia se iría de Battle, liberando a Tim de una presión innecesaria, librándolo de sus dudas y sus recuerdos, y diciéndose que todo iba a estar bien, escuchó el sonido de la puerta de entrada.
Tim irrumpió en la sala, cargando la caja de pizza. Arrojó las llaves de su auto sobre una mesa y la miró con una sonrisa.
- ¿Aún tienes hambre?- Preguntó, acercándose a ella.- Pensé que iba a envejecer en esa maldita pizzería.
Abrió la caja y le ofreció una porción a su esposa. Ella aceptó y se acomodó en el sillón. Tim se sentó a su lado y la rodeó con un brazo, echándole un vistazo curioso al libro que había quedado abierto entre sus manos, obsoleto. Jayne se apoyó contra él, abandonada a una sensación muy cálida. Era una sensación de pertenencia, de estar justo donde se suponía que debía estar. Era estar tan enamorada de él que no existía nada más que pudiera importarle. Era la extremadamente imperiosa necesidad de mantenerlo con ella, al precio que fuera.
Tras unos cuantos días más internada en su habitación con la máquina de cocer, Georgia echó un vistazo alrededor y se dio cuenta que había avanzado lo suficiente en su prospecto de negocio como para comenzar con la siguiente etapa: la búsqueda de un buen local para su boutique.
Se calzó sus lentes de sol, se colgó su bolso de cuero negro y, con su aspecto más profesional, decidió salir a recorrer las principales calles de Battle, que si bien no eran muchas, quizás tendrían algo que ofrecerle.
La tarde marchaba lentamente y también lo hacía Georgia, escrutando con ojos críticos cada pequeño rincón del pueblo, aunque no de una manera despectiva como lo había hecho a su regreso, ya varias semanas atrás. De algún modo, había empezado a encariñarse con aquel sitio que durante tanto tiempo le había parecido aburrido y hasta detestable. No había nada de artificial en Battle. Nada de falsas promesas, ni de ambición, ni de capricho. Era un lugar tranquilo donde lo que estaba a la vista no escondía segundas intenciones, y que si bien la historia del pasado flotaba a la vuelta de cada esquina, eso no tenía nada de malo. Tal vez porque no eran sólo historias de batallas y reyes de antaño lo que oía Georgia, sino también su propia historia.
Se detuvo, distraídamente, en un local en alquiler a unas dos calles de la Abadía. La ubicación era perfecta y, según lo que llegaba a espiar desde el otro lado del vidrio, el interior no estaba nada mal. Sólo tenía que imaginar algunos detalles decorativos aquí y allá y su ropa colgada en percheros elegantes a los lados…
El sonido de su celular reclamando atención desde el fondo de su bolso pareció llegarle desde lejos, tan ensimismada como estaba en idear lo que haría con ese sitio si acababa siendo el adecuado. Estaba preguntándose si la abertura que creía ver más atrás sería una división que daría a otro espacio grande o si sería sólo un pequeño depósito, de modo que rebuscó en su bolso distraídamente y se limitó a contestar sin mirar quién llamaba.
- ¿Sí?- Musitó, tratando de hacerse sombra con la mano libre para observar mejor del otro lado.
- Suenas ocupada.- Dijo la voz de Tim, omitiendo el saludo.- Por favor, dime que no lo estás.- Agregó, casi en una súplica.
Georgia esbozo una sonrisa y se despegó de la entrada del local unos segundos.
- Todo depende de para qué estés llamando.- Respondió burlonamente. Revolvió las cosas que llevaba en el bolso para ver si tenía un anotador y una lapicera para tomar nota del número telefónico que aparecía en el anuncio de alquiler.
- Bueno, no me importa.- Su tono se volvió casi un gruñido que hizo que Georgia sonriera aún más.- Deja lo que sea que hagas, súbete a tu auto y ven a The Barn cuanto antes.
- No estoy en casa, cariño.- Contestó, dejándose de bromas, al tiempo que guardaba el anotador nuevamente.
- ¿Dónde estás?- Preguntó él con curiosidad.
- High Street.- Se alejó un poco más para contemplar la fachada del local desde otra perspectiva.- Creo que encontré el lugar perfecto para mi boutique, Tim. Muero de ganas de verlo por dentro…
- ¿De verdad? Eso es fantástico, cielo.- Tim sonaba verdaderamente complacido al oírla tan entusiasmada.- ¿Quieres que pase por ti así me lo muestras?
- Me encantaría.- Durante un instante, Georgia se concentró sólo en aquello que le daba felicidad. Tim y sus proyectos. Todos los demás obstáculos se habían borrado temporalmente de su cabeza.- Necesito la opinión de alguien.
- Entonces estaré ahí en diez minutos.
Cortaron y Georgia se quedó allí, estática, simplemente contemplando todo lo que había alrededor, pensativa. La plaza del mercado estaba justo a la vuelta de la esquina, el museo en la misma calle. La gente pasaba constantemente por allí para ir a la oficina de correos, a la Abadía o a la Iglesia. Estratégicamente, estaba en la ubicación ideal. Sólo esperaba que, una vez que pudiera echarle una miradita a lo que había adentro, fuera igualmente perfecto.
Tim no demoró demasiado en llegar. Estacionó el auto detrás de ella e hizo sonar la bocina para atraer su atención, tan concentrada como estaba en sus planes, haciendo bocetos en su anotador de cómo quería diseñar las vitrinas o los probadores. Se había sentado delicadamente en los escaloncitos de la entrada y se levantó de un salto al verlo.
- Mírate, estás hecha toda una mujer de negocios.- Farfulló Tim cuando se sentó a su lado en el auto, mirándola sonriente.
- Búrlate todo lo que quieras, pero mira eso.- Señaló el negocio vacío que parecía algo gris sin ninguna luz encendida dentro.- ¿No es justo lo que necesito?
Tim estudió el lugar unos segundos en silencio, tan críticamente como lo había hecho ella en un primer momento. Finalmente, asintió.
- Me parece que podrías hacer algo muy interesante con este sitio.- Dijo y Georgia dio una palmada de alegría al ver que él coincidía con sus pensamientos.- ¿Por qué no haces una cita para venir a verlo?
- Definitivamente, voy a hacerlo. ¿Quieres venir conmigo?
Tim se apagó un poco y la miró como disculpándose.
- No deberían vernos juntos, Georgia.
Sólo con esa frase logró recordarle cuál era su lugar, después de todo, y la felicidad se le extinguió abruptamente en medio de su pecho. Sus proyectos no eran nada comparados a lo que Tim le provocaba, pero aún así…
- No hay problema.- Repuso en cambio, simulando que no le afectaba en lo más mínimo, pero sin lograr convencerlo demasiado.- Pediré una cita para mañana mismo.
Tim notó que algo se había roto y deseaba recomponerlo cuanto antes. Estiró una mano y tomó la de ella para acariciarla suavemente, demostrándole que, de algún modo, estaba ahí cuando lo necesitara. Aunque no siempre pudiera ser suficiente.
- Logré hacer que nos dejaran el granero para nosotros solos por lo que queda de la tarde.- Exclamó, en un intento por animarla.- Se me ocurre que podríamos hacer una especie de cena romántica…
- Suena fantástico.- Georgia volvió a sonreírle, a pesar de que en el fondo no hacía más que preguntarse cuántas cenas románticas habría compartido con Jayne y cuántas más estarían aún por venir.
El trayecto hasta The Barn se produjo en un silencio casi total, interrumpido eventualmente por comentarios triviales, pero era obvio que de alguna manera la magia que había estado fluyendo entre ellos empezaba a quebrarse, a fuerza de las promesas que no podían hacerse, a fuerza de la libertad que les hacía falta.
Una vez que estacionaron, Georgia bajó del auto y lo siguió al interior, taconeando desganadamente, pero sin soltarle la mano, como si temiera perderse. En cuanto las puertas se cerraron tras ellos, fue como si entraran a un mundo absolutamente privado, y Tim se volvió para tomarla suavemente entre sus brazos, abrumado repentinamente y sin explicación alguna por una sensación que se asimilaba bastante al miedo y que sólo podía atenuar cuando estrechaba a Georgia contra su pecho.
Con un presentimiento desagradable que parecía hacerle correr un frío insoportable a lo largo de la columna, Georgia se aferró a él con más ganas y hundió el rostro en el hueco de su cuello. Se abrazaban tanto que parecía que temían que alguien apareciera y quisiera apartarlos uno del otro.
Sin embargo, Tim se inclinó levemente y la besó, y ese sentimiento terrible se atenuó hasta desaparecer casi por completo. Dejaron que el contacto entre sus labios los calmara, a tal punto que acabaron por separarse sólo para poder recuperar el aliento.
Georgia lo miró y le pareció que una parte de Tim se había debilitado. Un brillo especial muy arraigado en sus ojos azules se lo decía. Apoyó su frente contra la de ella para mirarla y dejó escapar un suspiro, como si estuviera cansado de librar una terrible batalla que se daba en lo más recóndito de su ser.
- Quizás decir esto no sea exactamente lo más inteligente que vaya a hacer en mi vida, y quizás me arrepienta, pero…- Cerró los ojos, buscando un último impulso.- ¿Me creerías si te digo que te amo aún más de lo que te amaba hace quince años?- Georgia lo miró sorprendida, su corazón había dejado de latir. Tim esbozó una sonrisa algo triste.- Es absurdo, lo sé, con todo lo que ha pasado… pero supongo que no puedes buscar mucho sentido a las cosas cuando estás enamorado, ¿verdad?- Rozó sus labios suavemente con los suyos. Los ojos de Georgia se llenaron de lágrimas.- No llores, cariño. Te he dicho cosas mucho más ofensivas que esto.- Enjugó sus lágrimas tiernamente con el pulgar y le arrancó una sonrisa.
Quería decirle que ella también lo amaba, pero las palabras se le atragantaron y él tampoco le dio demasiado tiempo, porque volvió a besarla apasionadamente y tuvo la necesidad de besarlo con las mismas fuerzas.
Tim la levantó en brazos y la llevó al sillón. No se trataba ya de una necesidad física o de un deseo animal de hacer el amor. Se trataba de una necesidad emocional de estar tan cerca de ella como le fuera posible. No le importaba exactamente cómo debía conseguirlo, sino lograrlo y punto. Quería volver a sentir que Georgia era parte de él, y al mismo tiempo, hacerle sentir a ella él le pertenecía inexorablemente.
Aún a pesar de que llevaba más de la mitad de su vida tratando de pertenecer a alguien más.
Aprovechando la soledad de la casa, Jayne se había puesto a organizar algunos papeles cómodamente en la sala. Separó algunas facturas que tenía que pagar y archivó otros que ya habían sido abonados. Cuando terminó, se le antojó una taza de té, de modo que se puso de pie y se dirigió a la cocina.
Estaba calentando el agua cuando vio que Tim se había dejado los anteojos sobre la mesada. Suspirando, preguntándose cómo era posible que su esposo fuera tan distraído, decidió llamarlo por teléfono para ver si necesitaba que se los llevara. Normalmente, no aguantaba demasiado los lentes de contacto y acababa quitándoselos, pero si no tenía los anteojos no iba a ver absolutamente nada.
Marcó el número en su celular mientras se buscaba una taza, pero enseguida saltó el contestador. Evidentemente, había apagado el teléfono.
Dejando escapar un segundo suspiro, suspendió su té y tomó, en cambio, las llaves de su auto. No era la primera vez que tenía que llevarle algo al estudio y, a veces, tenía suerte de encontrarlo justo cuando iba de salida y acababan saliendo a caminar o a cenar algo por ahí. Hacía varios días que estaban encerrados en la casa, así que Jayne decidió que darle una sorpresa haría que las cosas empezaran a ponerse interesantes de nuevo.
Cuando llegó a The Barn vio que el único auto restante era el de su esposo. Seguramente Tim se había quedado terminando algo, como de costumbre, por lo que se sintió animada. Sería más fácil convencerlo, si los otros dos no estaban, de que se fueran juntos. Tenerlo en casa temprano, para variar, no sonaba nada mal.
Estacionó junto al vehículo de Tim y bajó, dejando su cartera en el auto, pero llevando los lentes consigo, sólo en caso de que no pudiera arrancarlo del trabajo y tuviera que dejarlo allí con sus instrumentos.
Empujó la puerta de entrada y, repentinamente, fue invadida por una sensación de que algo andaba mal. Frunció el ceño, asustada, empezando a respirar entrecortadamente sin entender realmente qué era lo que estaba sucediendo. Algo le dijo que no hiciera ruido alguno, por lo que camino muy despacio, buscando a Tim.
Le parecía oír un sonido amortiguado que provenía desde el estudio. El corazón le latía violentamente, golpeándole el pecho de un modo casi doloroso, mientras se acercaba a la entrada que conectaba el pasillo con la sala principal donde Tim y sus amigos solían trabajar.
La puerta estaba entornada y los sonidos amortiguados se convirtieron en jadeos que hicieron que Jayne sintiera inmediatamente un terror inexplicable, porque al instante comprendió qué era lo que iba a encontrar. La garganta se le cerró por completo al luchar contra el llanto agónico que quería escapar entre sus labios, pero aún así se obligó a asomarse y enfrentar la verdad.
Sintió que era arremetida por dolorosas arcadas y tuvo que sostenerse de la pared para no perder el equilibrio. Contemplar aquella imagen era lo mismo que sentir que sus ojos eran arremetidos por un millón de agujas filosas y, aunque tenía la necesidad de cerrarlos para protegerlos, la incredulidad y lo horrible de la escena no se lo permitían.
Justo ahí, casi en medio del estudio, Jayne contempló cómo Tim le hacía el amor a Georgia. Lo vio besar sus labios con dulzura, lo vio acariciar centímetro tras centímetro de su piel con la mayor delicadeza. Lo vio ajeno al mundo exterior, sumido por completo en aquel sueño que Georgia siempre había representado para él. Lo vio susurrarle al oído cosas que seguramente Jayne jamás querría oírle decir y disfrutar de una intimidad que hacía que la que ella había compartido con él pareciera algo casual y sin importancia.
Pero lo peor fue ver cómo la miraba. Los ojos azules de Tim seguían expresando el mismo amor que habían expresado quince años antes, seguía mirándola como si no existiera nada más en el mundo, como si su vida entera dependiera sólo de poder tenerla cerca. La miraba de la manera en que nunca había sido capaz de mirarla a ella, y esa había sido una de las realidades más dolorosas que Jayne había tenido que enfrentar.
A pesar de lo torturante que resultaba estar allí, mirándolos, Jayne no pudo moverse. Siguió escondida ahí, viendo a su esposo haciendo el amor con la mujer que había puesto una sombra constante sobre su matrimonio. Se quedó parada, demasiado aturdida para recordar su nombre siquiera y teniendo la sensación de que lo que estaba viendo iba a atormentarla por el resto de su vida, y que aunque aquello era una prueba irrefutable de que ya lo había perdido y de que nunca lo había tenido en realidad, lo amaba demasiado para aceptar la derrota.
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- ¿Necesitas ayuda?- Oyó y espió por sobre el auto para ver a su madre que salía de la casa.
- Sí, gracias, tengo demasiadas cosas.- Georgia sonrió, de excelente humor. Llevaba varios días gozando de un estado de ánimo fantástico y sabía exactamente de dónde había salido.- ¿Quieres llevar estas carpetas adentro? Yo cargaré las bolsas.
Molly Atwood se apresuró a librar a su hija de parte de la carga, pero no volvió a entrar en la casa. Se quedó parada a su lado, siguiéndola con la mirada.
- ¿Dónde piensas meter todo esto? No hay lugar en tu habitación.- Comentó frunciendo el ceño.
- Ya pensaré en algo. Quizás encuentre sitio en el sótano.- Respondió Georgia, aunque decidió que era mejor decir algo más antes de que su madre pensara que iba a instalarse allí para siempre.- Es temporal, descuida. No convertiré tu casa en un taller mucho tiempo.
- La verdad es que me asombra que aún sigas en Battle.- Admitió Molly, mientras Georgia cerraba el baúl y emprendían el camino hacia adentro.- Siempre odiaste este pueblo.
Georgia se encogió de hombros. Sospechaba a donde quería llegar su madre con aquella conversación. No había sido casual que acudiera en su ayuda.
- No quiero equivocarme, prefiero tomarme las cosas con calma y tomar buenas decisiones.- Hizo una seña hacia el sillón de la sala.- Deja todo ahí, lo subiré en un momento.
Molly puso las carpetas cuidadosamente sobre el sillón y observó cómo Georgia dejaba a su vez las bolsas llenas de telas.
- ¿Buenas decisiones respecto a qué?- Preguntó entonces y su hija tuvo que ocultar una sonrisa.
Se volvió a mirarla con los brazos cruzados y suspirando.
- Mamá, si quieres preguntarme algo sobre Tim, por favor, deja de dar rodeos y ve directo al grano.
- ¿Estás aquí por él, Georgia?- Inquirió, con una expresión de lo más seria en el rostro.
- Mira, mamá, Tim y yo…
- Sólo contesta mi pregunta.- Interrumpió.
Georgia se tomó unos segundos antes de contestar. Sabía que su madre jamás entendería, pero al mismo tiempo necesitaba hablar con alguien y no tenía a nadie más.
- No lo sé.- Admitió en un murmullo.- Llegué a un punto en que no estaba segura de lo que había hecho en mi vida, ni de quién era realmente. Pensé que viniendo aquí podría recordar algunas cosas.
Se dejó caer en el sillón y se puso a hojear sus carpetas, sólo porque no sabía que hacer con sus manos y empezaba a sentirse incómoda.
- No estás recordando.- Repuso Molly amargamente.- Estás reviviendo el pasado, Georgia. Pero ya no tienes dieciséis años, ni tampoco Tim. Ya es un hombre, que siguió su camino y está casado.
Georgia soltó la carpeta y volvió a ponerse de pie.
- ¿Crees que no lo sé?- Sentía que se violentaba cada vez que le recordaban con quien se había casado Tim.- Jayne recogió los pedazos, y no la culpo. Los abandoné a los dos. De haber sido más lista, me hubiese dado cuenta de que puedes tener lo mejor del mundo: un apartamento en el centro de la ciudad, un auto costoso, un millón de zapatos… pero una vez que pierdes a la única persona que llegaste a amar, nada de eso tiene verdadero valor.
Fue apagándose hasta terminar sentada nuevamente entre su lío de dibujos y telas. Molly se acercó a ella, apenada y le tomó una mano.
- Si lo querías, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué no le dijiste que fuera contigo? Tim te hubiese seguido a donde fuera con tal de estar…- Dijo, dulcemente, pero Georgia la detuvo, tapándose los oídos como si fuera una niña caprichosa que no quería oír más regañinas. Ya no tenía sentido revolver aquello. Lo que había hecho, no lo podía cambiar. Las razones ya no importaban.- Bien. Si no quieres hablar del pasado, hablaremos del presente. ¿Te parece una buena idea ser la amante de Tim? ¿Para eso regresaste?
- ¡Mamá!- Exclamó, ofendida.- No me digas estas cosas.
- Sé que no te agrada, pero quiero ayudarte a que abras los ojos. Si lo que buscabas era empezar de cero, estás equivocándote otra vez. No sé qué clase de vida quieres tener, pero no puedes esperar que Tim sea parte de ella.
- No entiendes.- Georgia se sintió ofuscada. No quería oír hablar siquiera de la posibilidad de vivir sin él. Mucho menos en aquel momento en que la estaba haciendo tan feliz.- Tim…
- Con Tim sólo tienes dos opciones, querida.- La miró con los ojos llenos de tierna comprensión, que sólo lograron frustrarla más.- O te limitas a ser la segunda en la vida de un hombre que jamás estará para ti en un cien por ciento, o lo dejas ser feliz con la vida que se construyó con otra mujer.
Le dio una palmadita en la mano y se puso de pie para ir a la cocina. Georgia se reclinó contra el sillón y cerró los ojos, suspirando.
- No me gustan tus opciones.- Susurró.
- Lo lamento, Georgia.- Se quedó parada en la entrada al pasillo, observándola atentamente. Tras unos segundos, volvió a hablar.- Y no te preocupes. No le dije nada a tu padre de lo que vi en tu habitación el otro día, ni pienso hacerlo. Pero si vas a seguir con esta locura, no lo traigas a la casa.
Dejándola sola con sus cavilaciones, Molly se esfumó casi sin que su hija notara la diferencia. No era ninguna tonta y conocía muy bien las condiciones de su relación con Tim. Sabía perfectamente que tarde o temprano uno de los dos, sino ambos, terminaría lastimado.
Pero también sabía con total certeza que, sin importar lo insoportable que fuera el dolor al final de todo aquello, si había una opción en la que debía dejar a Tim, ésa era, definitivamente, la que no iba a escoger.
Su habitación se había vuelto algo completamente incalificable. Era una especie de híbrido entre alcoba, gimnasio y taller de costura. Había modelos a medio cocer colgados en la bicicleta fija y los rollos de tela sin utilizar estaban apoyados contra la pared junto a la cinta de caminar. Había un maniquí junto a la ventana, lleno de alfileres y del lado opuesto, Georgia había conseguido hacer entrar un escritorio donde había puesto su máquina de cocer.
Allí pasaba casi todo el día, exceptuando los momentos en que se encontraba con Tim o en que iba a comprar más materiales para su trabajo. Las prendas nuevas iban acumulándose una sobre otra encima de la cama y en ocasiones, Georgia se quedaba levantada toda la noche, dejándose llevar por el deseo de tomar las riendas de su destino. O de parte de él.
Esos últimos días había estado enfrascada en encontrar la mejor manera de acabar un vestido. Había comenzado siendo algo simple, pero al verlo terminado, no le había parecido lo suficientemente especial, por lo que la desvelaba la idea de encontrar un detalle que lo hiciera único. Descoció uno de los lados con la intención de rehacerlo y se recogió el cabello para que no le molestara. La noche había caído ya en Battle, era un domingo bastante caluroso y Georgia casi no había salido de su habitación. A Tim le costaba bastante trabajo encontrar una excusa para verla los fines de semana, por lo que generalmente se sentía algo sola. Sin embargo, había decidido que no dejaría que esa sensación la afectara. Y se había volcado de lleno en el trabajo.
Se le ocurrió incorporar algo de tul bajo la falda para darle un poco de volumen, de modo que se levantó del escritorio y fue a buscar un poco. La distrajo un golpeteo en la ventana que la hizo sonreír incluso antes de volverse a ver de qué se trataba.
Se apresuró a abrir y Tim entró cuidadosamente. Ella se cruzó de brazos y lo miró, como si lo regañara.
- ¿No sería más fácil que me llamaras por teléfono para que baje? Uno de estos días vas a matarte trepando por ese árbol.- Musitó. Él ni siquiera respondió. Estiró los brazos para estrecharla por la cintura y acercarla a él. Le plantó un beso suave en los labios y le dedicó una dulce sonrisa.
- No te pongas tan gruñona, sólo estoy de paso.- Susurró. Georgia se aflojó de inmediato y se abandonó al abrazo.- ¿Qué tal tu fin de semana?
- Ocupado, pero vacío.- Contestó ella, acariciándole una mejilla.- ¿Y el tuyo?
Tim parecía reticente a responder. Por un lado, deseaba decirle que la extrañaba cada minuto del día. Por otro, no quería menospreciar a Jayne, que se desvivía por hacerlo feliz, pero que no lograba ocupar el espacio que Georgia reinaba cada vez que la tenía cerca.
Se limitó a encogerse de hombros.
- ¿Estuviste trabajando?- Dijo en cambio, y eso fue todo lo que Georgia necesitó oír para entender que no quería hablarle de su esposa, porque había sido con ella con quien había estado esos últimos dos días.- Parece que has avanzado bastante.
- Sí, estoy muy entusiasmada, de hecho.- La sonrisa volvió al rostro de Georgia, que se despegó de él para mostrarle algunos de sus modelos terminados.- Muero de ganas de ver todo esto colgado en una tienda…
- Al paso que vas, no creo que falte mucho para eso.- Tim contempló el desorden de ropa y tela sin usar que había por todas partes.- ¿Vas a intentar venderlo a alguna marca o…?
- Creo que sería mejor que intentara abrirme paso totalmente por mi cuenta. Buscaré un buen sitio y abriré una boutique.- Se puso un vestido en tonos de amarillo por encima y dio vueltas con él como si se lo estuviese probando.- Una vez que todo se encamine, contrataré gente y sólo me dedicaré a diseñar. Es la mejor parte.- Le guiñó un ojo.
- Todo esto es fantástico, cariño.- Farfulló Tim distraídamente. Hizo una pausa para seguir mirando, pero era obvio que había algo bullendo en su cabeza y que iba a soltarlo de un momento a otro.- ¿Buscarás un lugar en Londres para la boutique?
La verdadera pregunta escondida detrás de sus palabras era si iba a volver a irse y Georgia lo sabía. Se acercó a él por detrás y lo abrazó, apoyando la mejilla en su hombro, tras darle un pequeño beso en el cuello que le produjo escalofríos.
- No, no me siento lista para arrojarme a la gran ciudad de nuevo. Probablemente inaugure en Battle y si todo va bien, pensaré en ampliar los horizontes. Pero falta mucho para eso, aún.- Respondió ella, como si no se hubiese dado cuenta de nada.
Sin embargo, los dos eran conscientes de lo que aquello encerraba. Georgia estaba dándoles tiempo, estaba quedándose, estaba diciendo que no se iría. Tácitamente, estaba haciendo una promesa que significaba mucho para ambos pero que, a la vez, sólo seguía alargando un final ya anunciado.
Y así y todo, ni a Georgia ni a Tim les importaba el dolor que los esperaba cuando despertaran de aquel sueño, porque los ínfimos instantes de felicidad que se daban uno a otro eran suficientes para olvidar cualquier tortura que el destino fuera a depararles.
Hojeando un libro aunque en realidad no estuviera prestándole nada de atención, Jayne levantó la mirada y escrutó el reloj con cierto recelo. Tim había salido a comprar una pizza para la cena, pero… ¿cuánto podía demorar? Hacía por lo menos una hora que había salido. Normalmente, en veinte minutos estaba de regreso.
Tomó su celular y se puso a marcar el número de Tim, pero se detuvo a mitad de camino. Algo andaba mal, podía sentirlo. Últimamente, su esposo tenía la costumbre de desaparecer de vez en cuando para ver a sus amigos, o alargaba sus sesiones de trabajo. Un par de veces había llegado a casa cuando Jayne estaba ya dormida. En el pasado, eso significaba que la recompensaba por su ausencia despertándola a medianoche para hacer el amor. Pero ahora ni siquiera la despertaba para avisarle que había llegado.
Su primer temor fue que Georgia tuviera algo que ver con el comportamiento de Tim. ¿Y si había algo entre ellos? Se habían besado, ¿o no?
Se acurrucó contra sí misma en el sillón, sintiéndose terriblemente mal. Aún así, se obligó a recordar que si bien Tim había besado a Georgia, después había hecho todo lo que había estado en su alcance para recuperar a su esposa. Había vuelto a ella, en vez de dejarla para irse con la mujer que no había hecho más que herirlo. Tim sabía, en el fondo de su corazón, que nadie podría amarlo y cuidarlo nunca como Jayne lo hacía.
Muy a su pesar, Jayne tenía que admitir que a partir de ese incidente, también había llevado las cosas a un extremo. Aterrorizada de que estuvieran a punto de arrebatarle lo único que importaba en su vida, había estado recordándole constantemente que lo amaba, que estaba ahí para él. Lo había mimado llevándole el desayuno a la cama, preparándole sus comidas favoritas, alquilando las películas que le gustaban para verlas juntos, buscando constantemente la manera de complacerlo…
Quizás lo había asfixiado. Quizás había conseguido que Tim necesitara su espacio pero no supiera cómo decírselo.
Nada le aseguraba, de todos modos, que su esposo no estuviese revolcándose con la mujer que había sido su primer amor. Pero, ¿no había decidido que nada le importaba con tal de que Tim estuviera a su lado? ¿No había decidido que no quería explicaciones, ni respuestas? Le bastaba con saber que cuando había tenido que escoger, Tim la había elegido a ella. El pasado no importaba. Jayne era su esposa.
Dejó el teléfono nuevamente. Lo mejor que podía hacer era relajarse y dejar que Tim se sintiera más libre. Si Georgia seguía siendo un problema, sería paciente. Se habían besado, ¿y qué? Un simple beso no significaba nada. Había cosas más fuertes.
Justo cuando acababa de convencerse de que si conservaba la calma el tiempo suficiente, Georgia se iría de Battle, liberando a Tim de una presión innecesaria, librándolo de sus dudas y sus recuerdos, y diciéndose que todo iba a estar bien, escuchó el sonido de la puerta de entrada.
Tim irrumpió en la sala, cargando la caja de pizza. Arrojó las llaves de su auto sobre una mesa y la miró con una sonrisa.
- ¿Aún tienes hambre?- Preguntó, acercándose a ella.- Pensé que iba a envejecer en esa maldita pizzería.
Abrió la caja y le ofreció una porción a su esposa. Ella aceptó y se acomodó en el sillón. Tim se sentó a su lado y la rodeó con un brazo, echándole un vistazo curioso al libro que había quedado abierto entre sus manos, obsoleto. Jayne se apoyó contra él, abandonada a una sensación muy cálida. Era una sensación de pertenencia, de estar justo donde se suponía que debía estar. Era estar tan enamorada de él que no existía nada más que pudiera importarle. Era la extremadamente imperiosa necesidad de mantenerlo con ella, al precio que fuera.
Tras unos cuantos días más internada en su habitación con la máquina de cocer, Georgia echó un vistazo alrededor y se dio cuenta que había avanzado lo suficiente en su prospecto de negocio como para comenzar con la siguiente etapa: la búsqueda de un buen local para su boutique.
Se calzó sus lentes de sol, se colgó su bolso de cuero negro y, con su aspecto más profesional, decidió salir a recorrer las principales calles de Battle, que si bien no eran muchas, quizás tendrían algo que ofrecerle.
La tarde marchaba lentamente y también lo hacía Georgia, escrutando con ojos críticos cada pequeño rincón del pueblo, aunque no de una manera despectiva como lo había hecho a su regreso, ya varias semanas atrás. De algún modo, había empezado a encariñarse con aquel sitio que durante tanto tiempo le había parecido aburrido y hasta detestable. No había nada de artificial en Battle. Nada de falsas promesas, ni de ambición, ni de capricho. Era un lugar tranquilo donde lo que estaba a la vista no escondía segundas intenciones, y que si bien la historia del pasado flotaba a la vuelta de cada esquina, eso no tenía nada de malo. Tal vez porque no eran sólo historias de batallas y reyes de antaño lo que oía Georgia, sino también su propia historia.
Se detuvo, distraídamente, en un local en alquiler a unas dos calles de la Abadía. La ubicación era perfecta y, según lo que llegaba a espiar desde el otro lado del vidrio, el interior no estaba nada mal. Sólo tenía que imaginar algunos detalles decorativos aquí y allá y su ropa colgada en percheros elegantes a los lados…
El sonido de su celular reclamando atención desde el fondo de su bolso pareció llegarle desde lejos, tan ensimismada como estaba en idear lo que haría con ese sitio si acababa siendo el adecuado. Estaba preguntándose si la abertura que creía ver más atrás sería una división que daría a otro espacio grande o si sería sólo un pequeño depósito, de modo que rebuscó en su bolso distraídamente y se limitó a contestar sin mirar quién llamaba.
- ¿Sí?- Musitó, tratando de hacerse sombra con la mano libre para observar mejor del otro lado.
- Suenas ocupada.- Dijo la voz de Tim, omitiendo el saludo.- Por favor, dime que no lo estás.- Agregó, casi en una súplica.
Georgia esbozo una sonrisa y se despegó de la entrada del local unos segundos.
- Todo depende de para qué estés llamando.- Respondió burlonamente. Revolvió las cosas que llevaba en el bolso para ver si tenía un anotador y una lapicera para tomar nota del número telefónico que aparecía en el anuncio de alquiler.
- Bueno, no me importa.- Su tono se volvió casi un gruñido que hizo que Georgia sonriera aún más.- Deja lo que sea que hagas, súbete a tu auto y ven a The Barn cuanto antes.
- No estoy en casa, cariño.- Contestó, dejándose de bromas, al tiempo que guardaba el anotador nuevamente.
- ¿Dónde estás?- Preguntó él con curiosidad.
- High Street.- Se alejó un poco más para contemplar la fachada del local desde otra perspectiva.- Creo que encontré el lugar perfecto para mi boutique, Tim. Muero de ganas de verlo por dentro…
- ¿De verdad? Eso es fantástico, cielo.- Tim sonaba verdaderamente complacido al oírla tan entusiasmada.- ¿Quieres que pase por ti así me lo muestras?
- Me encantaría.- Durante un instante, Georgia se concentró sólo en aquello que le daba felicidad. Tim y sus proyectos. Todos los demás obstáculos se habían borrado temporalmente de su cabeza.- Necesito la opinión de alguien.
- Entonces estaré ahí en diez minutos.
Cortaron y Georgia se quedó allí, estática, simplemente contemplando todo lo que había alrededor, pensativa. La plaza del mercado estaba justo a la vuelta de la esquina, el museo en la misma calle. La gente pasaba constantemente por allí para ir a la oficina de correos, a la Abadía o a la Iglesia. Estratégicamente, estaba en la ubicación ideal. Sólo esperaba que, una vez que pudiera echarle una miradita a lo que había adentro, fuera igualmente perfecto.
Tim no demoró demasiado en llegar. Estacionó el auto detrás de ella e hizo sonar la bocina para atraer su atención, tan concentrada como estaba en sus planes, haciendo bocetos en su anotador de cómo quería diseñar las vitrinas o los probadores. Se había sentado delicadamente en los escaloncitos de la entrada y se levantó de un salto al verlo.
- Mírate, estás hecha toda una mujer de negocios.- Farfulló Tim cuando se sentó a su lado en el auto, mirándola sonriente.
- Búrlate todo lo que quieras, pero mira eso.- Señaló el negocio vacío que parecía algo gris sin ninguna luz encendida dentro.- ¿No es justo lo que necesito?
Tim estudió el lugar unos segundos en silencio, tan críticamente como lo había hecho ella en un primer momento. Finalmente, asintió.
- Me parece que podrías hacer algo muy interesante con este sitio.- Dijo y Georgia dio una palmada de alegría al ver que él coincidía con sus pensamientos.- ¿Por qué no haces una cita para venir a verlo?
- Definitivamente, voy a hacerlo. ¿Quieres venir conmigo?
Tim se apagó un poco y la miró como disculpándose.
- No deberían vernos juntos, Georgia.
Sólo con esa frase logró recordarle cuál era su lugar, después de todo, y la felicidad se le extinguió abruptamente en medio de su pecho. Sus proyectos no eran nada comparados a lo que Tim le provocaba, pero aún así…
- No hay problema.- Repuso en cambio, simulando que no le afectaba en lo más mínimo, pero sin lograr convencerlo demasiado.- Pediré una cita para mañana mismo.
Tim notó que algo se había roto y deseaba recomponerlo cuanto antes. Estiró una mano y tomó la de ella para acariciarla suavemente, demostrándole que, de algún modo, estaba ahí cuando lo necesitara. Aunque no siempre pudiera ser suficiente.
- Logré hacer que nos dejaran el granero para nosotros solos por lo que queda de la tarde.- Exclamó, en un intento por animarla.- Se me ocurre que podríamos hacer una especie de cena romántica…
- Suena fantástico.- Georgia volvió a sonreírle, a pesar de que en el fondo no hacía más que preguntarse cuántas cenas románticas habría compartido con Jayne y cuántas más estarían aún por venir.
El trayecto hasta The Barn se produjo en un silencio casi total, interrumpido eventualmente por comentarios triviales, pero era obvio que de alguna manera la magia que había estado fluyendo entre ellos empezaba a quebrarse, a fuerza de las promesas que no podían hacerse, a fuerza de la libertad que les hacía falta.
Una vez que estacionaron, Georgia bajó del auto y lo siguió al interior, taconeando desganadamente, pero sin soltarle la mano, como si temiera perderse. En cuanto las puertas se cerraron tras ellos, fue como si entraran a un mundo absolutamente privado, y Tim se volvió para tomarla suavemente entre sus brazos, abrumado repentinamente y sin explicación alguna por una sensación que se asimilaba bastante al miedo y que sólo podía atenuar cuando estrechaba a Georgia contra su pecho.
Con un presentimiento desagradable que parecía hacerle correr un frío insoportable a lo largo de la columna, Georgia se aferró a él con más ganas y hundió el rostro en el hueco de su cuello. Se abrazaban tanto que parecía que temían que alguien apareciera y quisiera apartarlos uno del otro.
Sin embargo, Tim se inclinó levemente y la besó, y ese sentimiento terrible se atenuó hasta desaparecer casi por completo. Dejaron que el contacto entre sus labios los calmara, a tal punto que acabaron por separarse sólo para poder recuperar el aliento.
Georgia lo miró y le pareció que una parte de Tim se había debilitado. Un brillo especial muy arraigado en sus ojos azules se lo decía. Apoyó su frente contra la de ella para mirarla y dejó escapar un suspiro, como si estuviera cansado de librar una terrible batalla que se daba en lo más recóndito de su ser.
- Quizás decir esto no sea exactamente lo más inteligente que vaya a hacer en mi vida, y quizás me arrepienta, pero…- Cerró los ojos, buscando un último impulso.- ¿Me creerías si te digo que te amo aún más de lo que te amaba hace quince años?- Georgia lo miró sorprendida, su corazón había dejado de latir. Tim esbozó una sonrisa algo triste.- Es absurdo, lo sé, con todo lo que ha pasado… pero supongo que no puedes buscar mucho sentido a las cosas cuando estás enamorado, ¿verdad?- Rozó sus labios suavemente con los suyos. Los ojos de Georgia se llenaron de lágrimas.- No llores, cariño. Te he dicho cosas mucho más ofensivas que esto.- Enjugó sus lágrimas tiernamente con el pulgar y le arrancó una sonrisa.
Quería decirle que ella también lo amaba, pero las palabras se le atragantaron y él tampoco le dio demasiado tiempo, porque volvió a besarla apasionadamente y tuvo la necesidad de besarlo con las mismas fuerzas.
Tim la levantó en brazos y la llevó al sillón. No se trataba ya de una necesidad física o de un deseo animal de hacer el amor. Se trataba de una necesidad emocional de estar tan cerca de ella como le fuera posible. No le importaba exactamente cómo debía conseguirlo, sino lograrlo y punto. Quería volver a sentir que Georgia era parte de él, y al mismo tiempo, hacerle sentir a ella él le pertenecía inexorablemente.
Aún a pesar de que llevaba más de la mitad de su vida tratando de pertenecer a alguien más.
Aprovechando la soledad de la casa, Jayne se había puesto a organizar algunos papeles cómodamente en la sala. Separó algunas facturas que tenía que pagar y archivó otros que ya habían sido abonados. Cuando terminó, se le antojó una taza de té, de modo que se puso de pie y se dirigió a la cocina.
Estaba calentando el agua cuando vio que Tim se había dejado los anteojos sobre la mesada. Suspirando, preguntándose cómo era posible que su esposo fuera tan distraído, decidió llamarlo por teléfono para ver si necesitaba que se los llevara. Normalmente, no aguantaba demasiado los lentes de contacto y acababa quitándoselos, pero si no tenía los anteojos no iba a ver absolutamente nada.
Marcó el número en su celular mientras se buscaba una taza, pero enseguida saltó el contestador. Evidentemente, había apagado el teléfono.
Dejando escapar un segundo suspiro, suspendió su té y tomó, en cambio, las llaves de su auto. No era la primera vez que tenía que llevarle algo al estudio y, a veces, tenía suerte de encontrarlo justo cuando iba de salida y acababan saliendo a caminar o a cenar algo por ahí. Hacía varios días que estaban encerrados en la casa, así que Jayne decidió que darle una sorpresa haría que las cosas empezaran a ponerse interesantes de nuevo.
Cuando llegó a The Barn vio que el único auto restante era el de su esposo. Seguramente Tim se había quedado terminando algo, como de costumbre, por lo que se sintió animada. Sería más fácil convencerlo, si los otros dos no estaban, de que se fueran juntos. Tenerlo en casa temprano, para variar, no sonaba nada mal.
Estacionó junto al vehículo de Tim y bajó, dejando su cartera en el auto, pero llevando los lentes consigo, sólo en caso de que no pudiera arrancarlo del trabajo y tuviera que dejarlo allí con sus instrumentos.
Empujó la puerta de entrada y, repentinamente, fue invadida por una sensación de que algo andaba mal. Frunció el ceño, asustada, empezando a respirar entrecortadamente sin entender realmente qué era lo que estaba sucediendo. Algo le dijo que no hiciera ruido alguno, por lo que camino muy despacio, buscando a Tim.
Le parecía oír un sonido amortiguado que provenía desde el estudio. El corazón le latía violentamente, golpeándole el pecho de un modo casi doloroso, mientras se acercaba a la entrada que conectaba el pasillo con la sala principal donde Tim y sus amigos solían trabajar.
La puerta estaba entornada y los sonidos amortiguados se convirtieron en jadeos que hicieron que Jayne sintiera inmediatamente un terror inexplicable, porque al instante comprendió qué era lo que iba a encontrar. La garganta se le cerró por completo al luchar contra el llanto agónico que quería escapar entre sus labios, pero aún así se obligó a asomarse y enfrentar la verdad.
Sintió que era arremetida por dolorosas arcadas y tuvo que sostenerse de la pared para no perder el equilibrio. Contemplar aquella imagen era lo mismo que sentir que sus ojos eran arremetidos por un millón de agujas filosas y, aunque tenía la necesidad de cerrarlos para protegerlos, la incredulidad y lo horrible de la escena no se lo permitían.
Justo ahí, casi en medio del estudio, Jayne contempló cómo Tim le hacía el amor a Georgia. Lo vio besar sus labios con dulzura, lo vio acariciar centímetro tras centímetro de su piel con la mayor delicadeza. Lo vio ajeno al mundo exterior, sumido por completo en aquel sueño que Georgia siempre había representado para él. Lo vio susurrarle al oído cosas que seguramente Jayne jamás querría oírle decir y disfrutar de una intimidad que hacía que la que ella había compartido con él pareciera algo casual y sin importancia.
Pero lo peor fue ver cómo la miraba. Los ojos azules de Tim seguían expresando el mismo amor que habían expresado quince años antes, seguía mirándola como si no existiera nada más en el mundo, como si su vida entera dependiera sólo de poder tenerla cerca. La miraba de la manera en que nunca había sido capaz de mirarla a ella, y esa había sido una de las realidades más dolorosas que Jayne había tenido que enfrentar.
A pesar de lo torturante que resultaba estar allí, mirándolos, Jayne no pudo moverse. Siguió escondida ahí, viendo a su esposo haciendo el amor con la mujer que había puesto una sombra constante sobre su matrimonio. Se quedó parada, demasiado aturdida para recordar su nombre siquiera y teniendo la sensación de que lo que estaba viendo iba a atormentarla por el resto de su vida, y que aunque aquello era una prueba irrefutable de que ya lo había perdido y de que nunca lo había tenido en realidad, lo amaba demasiado para aceptar la derrota.
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martes, 3 de noviembre de 2009
Leaving So Soon: Capítulo 19.
Georgia despertó con la claridad de la mañana. Sentía una ligereza maravillosa en todo el cuerpo, como una irreal sensación de libertad, como si durante las horas que había dormido hubiese estado sumida en una largamente esperada paz.
Suspirando mientras se desperezaba, sintió algo más. El cálido peso de un brazo ceñido en torno a su cintura y la pausada respiración que Tim soltaba sobre su cuello. Las imágenes del día anterior la abordaron repentinamente y no pudo hacer más que sonreír. En ese preciso instante, considerar las consecuencias o pensar en que debían tomar una decisión no le importaba. Todo lo que Georgia sabía era que se sentía feliz y completa y que deseaba conservar ese bienestar lo más que pudiera.
Se volteó apenas para mirarlo sobre el hombro. Tim dormía plácidamente, como si su mente estuviese libre de preocupación alguna. Estaba tan pegado a ella que el vello que le cubría el pecho le cosquilleaba en la espalda desnuda cuando él se movía al respirar.
Despertar junto a Tim era como seguir en su sueño inalterable, como sumirse en un mundo demasiado perfecto para existir realmente una vez que los ojos se abren a la luz del amanecer. Despertar junto a Tim era no querer abandonar esa cama nunca más, por miedo a que el hechizo que los mantenía unidos se desvaneciera de repente.
Estaba ya totalmente espabilada, pero la idea de levantarse no le gustaba nada y, además, Tim estaba tan profundamente dormido que le daba lástima despertarlo. Se frotó los ojos y vio que a unos pocos centímetros estaban sus hojas de papel y sus lápices. Estiró la mano y, algo incómoda por la posición, se puso a dibujar.
Él ni siquiera se inmutó, por lo que Georgia se enfrascó en la creación de nuevos diseños, gozando de una inspiración inusual, que no tuvo más remedio que atribuir a su magnífico humor.
Fue dejando los dibujos a su lado en el suelo. Hizo un vestido precioso en tonalidades de verde que imaginaba en alguna tela ceñida y muy sexy, otro muy largo y armado que parecía perfecto para una fiesta importante, un atuendo compuesto de falda y camisa que parecía que se fundía para crear un todo, en colores originales. Tuvo ganas de besar al hombre que dormitaba a su lado: aquello era mejor de lo que había hecho nunca.
Pero él la besó primero, tomándola por sorpresa. Sintió que sus labios le rozaban el inicio de la espalda y espió sobre el hombro. Tim, despeinada y somnoliento, la observaba con sus maravillosos ojos azules.
- Buenos días.- Susurró Georgia, esbozando una sonrisa alegre.
- Buenos días.- Respondió él, con la voz aún ronca después de las horas de sueño.- ¿Qué demonios estás haciendo?
Ella rió, sin saber por qué. De pronto la vida parecía demasiado placentera.
- Trabajo.- Dijo, empezó a pasar las hojas una por una para que él las viera.- Algo debe haberme inspirado muchísimo, porque no puedo detenerme.- Agregó, guiñándole un ojo.
Tim la tomó por la cintura y la volteó para tenerla de frente.
- Me pregunto qué será.- Musitó, aunque sin ocultar lo complacido que se sentía.- ¿Llevas mucho rato despierta?
- No. Una hora, quizás.- Respondió, distraídamente. Pasó un dedo juguetonamente por su pecho. Luego lo miró, frunciendo el ceño.- ¿Te desperté? Lo lamento, no era mi intención…
- En realidad me decepciona un poco que te hayas entretenido con garabatos en lugar de decirme que estabas… aburrida.- La besó intensamente, a pesar de que ella no podía dejar de sonreír.- Estando en la cama contigo no hay mucho que podría distraerme a mí…
- Admito que la idea pasó por mi mente, sí.- Dijo, riendo.- Pero la verdad es que quiero adelantar tanto trabajo como pueda, para empezar con todo esto cuanto antes…
Tim acarició su labio inferior con el pulgar, con tal suavidad que la hizo suspirar. Sus ojos la escrutaban con atención.
- De verdad estás tomándotelo en serio, ¿eh?
- Por supuesto.- Hundió el dedo en el pequeño hoyuelo de su barbilla, como solía hacer siendo adolescente, provocándole una sonrisa de lo más radiante.- Es hora de salir de este pozo que he cavado para mí misma.
- Tarde o temprano, tenías que decidirte a hacerlo, Georgia. Siempre supe que acabarías así.
- Podrías habérmelo dicho hace unos años para que me ahorrara todos los contratiempos.- Bromeó, pero Tim se había puesto verdaderamente serio.
- Podría habértelo dicho hace unos años para que nos ahorraras todo el sufrimiento.- Georgia se apagó un poco. No era ese el momento para que le reprochara sus errores. Habían tenido una noche maravillosa…- Aunque supongo que así tenía que ser. Para que nos diéramos cuenta de cómo son las cosas…
Lo abrazó con fuerzas, en parte porque empezaba a sentirse un poco mal y en parte porque presentía que aquello estaba a punto de terminar.
- ¿Te refieres a que fue mejor así, para darnos cuenta de a dónde pertenecemos?- Murmuró, insegura.- ¿Yo en alguna parte haciendo lo que me gusta y tú aquí con…?
No fue capaz de pronunciar su nombre. Sabía que si lo decía en voz alta, sería el final definitivo de la magia que flotaba entre ellos.
- No.- Contestó para su sorpresa.- Me refiero a que, a pesar de todo, siempre seremos uno del otro.- La obligó a que lo mirara.- ¿No es así para ti?
Era como si la respuesta de Georgia marcara algo para él. Como si Tim estuviera esperando saberlo para descubrir si todo era en vano, o si aquella agonía de años había valido la pena.
- Me gusta creer que sí.- Farfulló con sinceridad.- Pero todo es muy complicado, Tim…- Sintió que se le oprimía el pecho. No quería hablar. No quería arruinar nada. Sólo necesitaba que estuvieran callados y abrazados y que dejaran de pensar en lo que pasaría después o lo que había sucedido en el pasado.- Aferrarnos a algo que no podemos tener es…
- Siempre tendremos The Barn.- Interrumpió él, besándole la comisura de los labios.- Si tú quieres.
Georgia se quedó helada, lo cual era ilógico con toda la calidez que se desprendía de ellos. ¿Acaso Tim estaba ofreciéndole un romance? ¿Qué se suponía que debía decirle?
- ¿Te parece una buena idea?
Tim pareció cansarse de sus miedos. Después de todo, era él el que se arriesgaba. Era él el que tenía que olvidar todo el dolor que le había causado. Era él el que más podía perder.
- Ya me preguntaste eso anoche. Y ya te di mi respuesta.
- No quiero lastimarte otra vez, Tim.- De pronto se sentía preocupada. Georgia no podía prometerle que ser su amante fuera suficiente. No podía prometerle que no pediría más que vivir a la sombra de Jayne. Pero tampoco podía pedirle que la dejara.
- Entonces no lo hagas.- La voz de Tim adquirió el tono de una súplica que no deseaba transparentar la desesperación.- No lo hagas, Georgia, sólo dime que sí.
Era más fuerte que ella, y aunque por dentro no hacía más que decirse que era una estúpida, se limitó a asentir con la cabeza y estrecharlo contra sí una vez más. Él empezó a besarla, sin poder contenerse, listo para repetir la húmeda escena de la noche anterior.
Sin embargo, la puerta de la habitación se abrió de golpe y ambos se quedaron paralizados.
- Georgia, el desayuno va a…- Molly irrumpió y tardó apenas unos segundos en darse cuenta que su hija no estaba sola. Se petrificó en su sitio, con los ojos muy abiertos.
Avergonzada como nunca en su vida, Georgia asomó la cabeza por sobre el hombro de Tim.
- Mamá, ¿te importaría salir?- Pidió entre dientes.
- Yo…- Pasó la mirada rápidamente entre ella y él, como tratando de entender qué demonios sucedía.- Sí… claro.
Se dio media vuelta y salió de allí tan velozmente como pudo, cerrando la puerta. Tim se aflojó un poco y se movió para recostarse junto a Georgia.
Los dos se quedaron mirando el techo unos segundos.
- ¿Crees que en media hora todo Battle va a saberlo?- Preguntó él, sin poder ocultar bien lo alterado que se sentía.
- No creo.- Lo tranquilizó de inmediato.- Mi madre es la clase de persona que disfruta de los chismorreos… siempre y cuando no tengan a su hija como protagonista. Y esto es definitivamente algo que no va a querer compartir por ahí.
Tim pareció levemente aliviado. La besó en la cabeza y se levantó. Buscó su ropa, que estaba desparramada a lo largo de la habitación y comenzó a vestirse. Georgia lo observó desde la cama, buscando el modo de animarlo.
- Ve el lado positivo.- Murmuró al fin.- Ahora no tienes que escabullirte por el árbol otra vez.
Logró arrancarle una sonrisa y, tras despedirse con un beso bastante apasionado, salió de la habitación en dirección a las escaleras. Escuchó sus pasos hasta que se perdieron en la distancia y sólo entonces se dijo que estaba completamente loca. Pero la felicidad que la embargaba era demasiado maravillosa para que considerara que aquello podía ser realmente un problema.
Tim traspasó la puerta de su casa y sólo entonces sintió que se desanimaba un poco. Si Tom o Richard habían llamado durante la noche, buscándolo, Jayne sabría sin dudas la verdad. Y por más que en ese momento había un impulso casi irresistible adueñándose de él, diciéndole que volviera junto a Georgia y borrara el pasado, tampoco podía lastimar a su esposa, que había estado con él, cuidándolo, curándolo, en los días más difíciles y oscuros.
A medida que subía las escaleras, el miedo iba llenando su alma. La casa estaba silenciosa, como si Jayne aún estuviera durmiendo y Tim se sentía tan perseguido que le parecía que sus pasos resonaban más y más fuerte a cada escalón. Pero a pesar de lo atemorizado que estaba de que su esposa descubriera lo que había hecho, era Georgia la que gobernaba sus pensamientos y sus sentidos, y una sonrisa involuntaria apareció en su rostro.
La puerta de su habitación estaba entornada y aún antes de entrar, Tim divisó a Jayne durmiendo pacíficamente, enroscada en las sábanas. Tenía el cabello algo revuelto y estaba desnuda, lo que le advirtió que su mujer había decidido esperarlo. Pisó cuidadosamente al entrar, tratando de no despertarla, pero ella entreabrió un ojo y esbozó una sonrisa.
- Buenos días, cariño.
Tim fue embargado repentinamente por un torrente de culpabilidad. Le dio la espalda y se quitó la remera por encima de la cabeza, sólo para descubrir, horrorizado, que todo su cuerpo estaba impregnado del perfume de Georgia.
- Buenos días.- Respondió, simulando un bostezo, decidido a reforzar la teoría de que había estado toda la noche en el estudio.
- ¿Por qué no vienes a la cama?- Sugirió Jayne con suavidad, dando una palmadita a su lado. En cambio, Tim dio un paso para alejarse más.
- Estoy hecho polvo, Jayne…- Musitó, logrando que sus nervios sonaran como cansancio.- Quiero darme una ducha primero.
- ¿Quieres que te acompañe y te ayude a relajarte?- Murmuró, en un tono atractivo que en otra ocasión hubiese logrado que Tim se olvidara de todo y se metiera en la cama con ella.
Pero Georgia estaba todavía muy presente en su piel.
- No, será algo rápido. Quiero quitarme esta ropa y después dormir un par de horas.- Necesitaba con urgencia cualquier excusa que la desalentara.
Jayne decidió no insistir por el momento. Suspiró y apoyó la cabeza en el codo, para mirarlo.
- ¿Qué tal el trabajo?- Quiso saber, intentando mostrar interés aún después de ser rechazada reiteradamente.
- Bastante bien, pero todavía hay mucho por hacer.- Dijo, distraídamente. No le gustaba mentir, pero sabía perfectamente que decir la verdad no era una opción.
- ¿Qué te parece si te subo una taza de té y…?- Propuso ella, tratando de buscar la manera de pasar un ratito con él. Sin embargo, Tim la interrumpió antes de que pudiera decir algo más.
- No, gracias, cariño.- Se metió en el baño y cerró la puerta tras él. Abrió el agua de la ducha enseguida, pero se quedó apoyado contra la puerta, aguzando el oído para ver si Jayne iba tras él o no. Después de unos pocos minutos, le pareció que salía de la habitación, así que suspiró y entró en la ducha.
No era que sintiera aversión a la posibilidad de hacer el amor con su esposa, sólo que después de haber pasado una noche tan maravillosa con Georgia era como si no necesitara nada más. Le parecía suficiente para seguir siendo feliz por el resto del año, y con un solo beso de Georgia se sentía capaz de sobrevivir toda una semana…
Dejó que el agua le diera de lleno en la cara para que le despejara un poco los pensamientos. Tenía que hacer que los recuerdos de lo que había pasado esa noche quedaran almacenados un rato en el fondo de su mente, o Jayne leería en sus ojos que había sucedido algo. Reconocería el brillo en su mirada que había estado ausente durante años y que sólo ella lograba encender otra vez.
Suspiró, diciéndose que estaba loco por permitir que su vida se desbocara de aquella manera, pero sabiendo que sería una locura aún peor dejar pasar la oportunidad de estar con Georgia. Sólo sería hasta que pusiera en orden sus sentimientos, hasta que se deshicieran de sus asuntos pendientes y pudieran seguir adelante con sus vidas. Luego se dirían adiós y él recompensaría a Jayne por lo que había hecho…
Tim no se creyó a sí mismo. Tenía la absoluta certeza de que ahora que ella había vuelto, no podría ser capaz de soltarla.
Y ése iba a ser el verdadero problema.
La tarde estaba ya bastante avanzada cuando Tim estacionó su auto junto al Ferrari de Tom en la entrada de The Barn. Apagó el motor y bajó del auto, con los ojos protegidos del intenso sol tras unos lentes oscuros que iban del negro al marrón. Se acercó a la puerta principal del granero sólo para ver que estaba abierta de par en par y bloqueada completamente por el sillón. Frunciendo el ceño, extrañado, trató de echar un vistazo en el interior, pero todo lo que divisó fue a Tom tomando carrera para empujarlo.
- ¿Qué diablos estás haciendo?- Preguntó confundido. Su amigo no le respondió durante un par de segundos, mientras seguía, testarudamente, empujando con todas sus fuerzas sin poder mover el mueble ni un solo centímetro porque se había atorado con el marco de la puerta.
- Quiero… quitar… esto… de aquí.- Resopló, en un último esfuerzo. Se reincorporó para tomar aire y dedicarle al sillón una mirada de odio.
- Tom, es el sillón más cómodo que tenemos, déjalo en paz.- Murmuró, suspirando.
- Precisamente porque es el más cómodo estuviste haciendo tus cochinadas en él.- Respondió, sin hacerle demasiado caso. Empezó a empujarlo desde otro ángulo.
- Por amor de Dios, no vas a contagiarte nada por sentarte en él.- Tim tuvo ganas de reír, pero la frustración de su amigo hizo que se aguantara.- Además, nunca va a pasar por aquí. Es demasiado grande.
- No lo sé, pero de alguna manera lo metimos aquí dentro.- Replicó, caprichoso.
- Sí, por el ventanal del estudio, y entre los tres.- Se apoyó contra la pared, armándose de paciencia.- No vas a lograrlo por aquí.- Refunfuñando, Tom se sentó en el apoyabrazos y se secó el sudor de la frente.- Creí que eras el único al que no le molestaba todo el asunto de Georgia.
- Y no me molesta. Pero eso no quiere decir que me guste que se estén frotando desnudos en todos los muebles que yo uso.- Se cruzó de brazos y lo observó con curiosidad.- ¿A dónde fuiste anoche?
- A verla.- Contestó. Vio que Tom se ponía de pie para seguir empujando, de modo que aprovechó y dándole un puntapié en sentido contrario, logró hacer que el sillón se deslizara hacia adentro otra vez.
- ¡Oye!- Exclamó el otro, quejoso.
- Ponlo en su sitio, Tom, si no te gusta, puedes sentarte en otra parte.- Se adentró en el granero y caminó con calma hacia la pequeña cocina, donde se sirvió una taza de café. Jayne había insistido en prepararle su comida favorita para almorzar, pero él había declinado. No podía mirarla a los ojos siquiera. La culpa lo carcomía por dentro. Al igual que el deseo de ver a Georgia otra vez.
Tom decidió rendirse por un rato. Lo contempló mientras tomaba un largo sorbo de su taza antes de seguir con las preguntas.
- ¿Y qué pasó?
Tim se quitó los lentes de sol y los dejó sobre la mesada.
- Pasamos la noche juntos.
Frunciendo el ceño, Tom pareció no comprender.
- Pero habían acordado que no iban a verse más. Le pediste que no te buscara y ella…
- No pude evitarlo. No sirve de nada que le diga que no quiero volver a verla cuando lo cierto es que ya no puedo seguir sin ella.- Posó sus ojos azules en los verdes de Tom, buscando alguien que lo apoyara un poco.- Sé que me volví loco, pero no quiero dejarla.
- ¿Vas a dejar a Jayne?- Tom pensó que ir al grano era lo más sensato. Lo mejor que podía hacer era ayudar a Tim a que definiera lo que sentía.
Pero su pregunta pareció horrorizarlo.
- Dios, no. No podría. No después de todo lo que pasamos juntos.- Tim abandonó la taza y caminó, cabizbajo y pensativo, hacia el estudio.
- ¿Y entonces?- Insistió Tom, siguiéndolo.- ¿Qué vas a hacer?
Tim se quedó callado. Se sentó frente al teclado y deslizó los dedos sobre él, inconscientemente, arrancándole algunas notas suaves. Luego de un par de minutos, levantó la mirada hacia su amigo.
- Necesito tu ayuda, Tom.
- ¿Mi ayuda?- Repitió.- ¿Para qué?
- Para poder estar con Georgia.
- ¿Y qué puedo hacer yo?- Preguntó extrañado.
- Éste el único lugar en el que podemos estar juntos sin que nadie nos vea, sin que nadie se entere.- Explicó lentamente.- Necesito que me cubras tanto con Jayne como con Rich. Él no entiende.
Tom procesó lo que le pedía. Parpadeó un par de segundos y entrecerró los ojos para mirarlo.
- ¿Me estás pidiendo que le mienta a Jayne y a Richard para que tú puedas venir aquí y hacer tus cochinadas con Georgia?
Tim se sintió desanimado al oírlo y se dio cuenta de que tampoco podía contar con el apoyo de Tom.
- Tú también piensas que soy un idiota, ¿verdad?- Farfulló.
Sin embargo, Tom negó con la cabeza, impaciente.
- Es más difícil sacarte una confesión a ti que pasar ese condenado sillón por la puerta.- Repuso, frustrado.- Por supuesto que voy a ayudarte. Estaba esperando que me dijeras que sigues amando a Georgia. Sería bueno, para variar, que lo soltaras después de todos estos años.
Tim sonrió, inmensamente aliviado. Tan aliviado, de hecho, que se puso de pie y se acercó a su amigo para darle un abrazo.
Conmovido, Tom se dio cuenta de que ese abrazo era toda la confesión que necesitaba.
Serían cerca de las diez de la noche cuando el celular de Tom comenzó a sonar. Estaba recostado en el sillón de su casa, fumando un cigarrillo y mirando un partido de críquet viejo en la televisión. Estiró la mano distraídamente para contestar, mientras bajaba el volumen con la otra.
- ¿Hola?
- Hola, Tom.- Reconoció la voz de Jayne en seguida.- ¿Cómo estás?
- Bien, algo aburrido.- Respondió.- Tim y yo vinimos a casa a comer una pizza y a ver una película, pero de repente se le ocurrió una idea y se puso a escribir una canción. Así que acabé mirando un partido de críquet.
- Ah, ¿entonces Tim está contigo?- Preguntó Jayne, evidentemente aliviada.- Estuve llamándolo al celular, pero creo que lo tiene apagado.
- Ya sabes cómo se pone cuando trabaja, no quiere que nada lo interrumpa, se pone de muy mal humor.- Apagó el cigarrillo y se levantó. Ahora que mencionaba la pizza se le había antojado un poco, de modo que fue a la cocina a buscar el número de la pizzería.- Puedo decirle que estás al teléfono si quieres…
- No, no. Déjalo. Sólo dile que me llame cuando haya terminado. Creí que vendría a cenar.- Se apresuró a decir ella, tragándose toda la historia de una manera que hizo que Tom se sintiera algo orgulloso de sí mismo a pesar de saber que no era algo exactamente bueno lo que estaba haciendo.
- Lo siento, eso es culpa mía, lo distraje más de la cuenta. Le diré que te llame, descuida.- Dijo, revolviendo entre la gran cantidad de menús de restaurantes que tenía dentro de un cajón.
- Gracias, Tom. Nos vemos.
Cortaron y Tom detuvo la búsqueda de pizzería por un segundo, para mandarle un mensaje a Tim: Jayne acaba de llamarme. Todo en orden. Llámame a mí antes que a ella.
Una vez que lo hubo enviado, todo lo que pudo hacer fue implorar que al menos Georgia y Tim no profanaran absolutamente todos los rincones de The Barn.
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Suspirando mientras se desperezaba, sintió algo más. El cálido peso de un brazo ceñido en torno a su cintura y la pausada respiración que Tim soltaba sobre su cuello. Las imágenes del día anterior la abordaron repentinamente y no pudo hacer más que sonreír. En ese preciso instante, considerar las consecuencias o pensar en que debían tomar una decisión no le importaba. Todo lo que Georgia sabía era que se sentía feliz y completa y que deseaba conservar ese bienestar lo más que pudiera.
Se volteó apenas para mirarlo sobre el hombro. Tim dormía plácidamente, como si su mente estuviese libre de preocupación alguna. Estaba tan pegado a ella que el vello que le cubría el pecho le cosquilleaba en la espalda desnuda cuando él se movía al respirar.
Despertar junto a Tim era como seguir en su sueño inalterable, como sumirse en un mundo demasiado perfecto para existir realmente una vez que los ojos se abren a la luz del amanecer. Despertar junto a Tim era no querer abandonar esa cama nunca más, por miedo a que el hechizo que los mantenía unidos se desvaneciera de repente.
Estaba ya totalmente espabilada, pero la idea de levantarse no le gustaba nada y, además, Tim estaba tan profundamente dormido que le daba lástima despertarlo. Se frotó los ojos y vio que a unos pocos centímetros estaban sus hojas de papel y sus lápices. Estiró la mano y, algo incómoda por la posición, se puso a dibujar.
Él ni siquiera se inmutó, por lo que Georgia se enfrascó en la creación de nuevos diseños, gozando de una inspiración inusual, que no tuvo más remedio que atribuir a su magnífico humor.
Fue dejando los dibujos a su lado en el suelo. Hizo un vestido precioso en tonalidades de verde que imaginaba en alguna tela ceñida y muy sexy, otro muy largo y armado que parecía perfecto para una fiesta importante, un atuendo compuesto de falda y camisa que parecía que se fundía para crear un todo, en colores originales. Tuvo ganas de besar al hombre que dormitaba a su lado: aquello era mejor de lo que había hecho nunca.
Pero él la besó primero, tomándola por sorpresa. Sintió que sus labios le rozaban el inicio de la espalda y espió sobre el hombro. Tim, despeinada y somnoliento, la observaba con sus maravillosos ojos azules.
- Buenos días.- Susurró Georgia, esbozando una sonrisa alegre.
- Buenos días.- Respondió él, con la voz aún ronca después de las horas de sueño.- ¿Qué demonios estás haciendo?
Ella rió, sin saber por qué. De pronto la vida parecía demasiado placentera.
- Trabajo.- Dijo, empezó a pasar las hojas una por una para que él las viera.- Algo debe haberme inspirado muchísimo, porque no puedo detenerme.- Agregó, guiñándole un ojo.
Tim la tomó por la cintura y la volteó para tenerla de frente.
- Me pregunto qué será.- Musitó, aunque sin ocultar lo complacido que se sentía.- ¿Llevas mucho rato despierta?
- No. Una hora, quizás.- Respondió, distraídamente. Pasó un dedo juguetonamente por su pecho. Luego lo miró, frunciendo el ceño.- ¿Te desperté? Lo lamento, no era mi intención…
- En realidad me decepciona un poco que te hayas entretenido con garabatos en lugar de decirme que estabas… aburrida.- La besó intensamente, a pesar de que ella no podía dejar de sonreír.- Estando en la cama contigo no hay mucho que podría distraerme a mí…
- Admito que la idea pasó por mi mente, sí.- Dijo, riendo.- Pero la verdad es que quiero adelantar tanto trabajo como pueda, para empezar con todo esto cuanto antes…
Tim acarició su labio inferior con el pulgar, con tal suavidad que la hizo suspirar. Sus ojos la escrutaban con atención.
- De verdad estás tomándotelo en serio, ¿eh?
- Por supuesto.- Hundió el dedo en el pequeño hoyuelo de su barbilla, como solía hacer siendo adolescente, provocándole una sonrisa de lo más radiante.- Es hora de salir de este pozo que he cavado para mí misma.
- Tarde o temprano, tenías que decidirte a hacerlo, Georgia. Siempre supe que acabarías así.
- Podrías habérmelo dicho hace unos años para que me ahorrara todos los contratiempos.- Bromeó, pero Tim se había puesto verdaderamente serio.
- Podría habértelo dicho hace unos años para que nos ahorraras todo el sufrimiento.- Georgia se apagó un poco. No era ese el momento para que le reprochara sus errores. Habían tenido una noche maravillosa…- Aunque supongo que así tenía que ser. Para que nos diéramos cuenta de cómo son las cosas…
Lo abrazó con fuerzas, en parte porque empezaba a sentirse un poco mal y en parte porque presentía que aquello estaba a punto de terminar.
- ¿Te refieres a que fue mejor así, para darnos cuenta de a dónde pertenecemos?- Murmuró, insegura.- ¿Yo en alguna parte haciendo lo que me gusta y tú aquí con…?
No fue capaz de pronunciar su nombre. Sabía que si lo decía en voz alta, sería el final definitivo de la magia que flotaba entre ellos.
- No.- Contestó para su sorpresa.- Me refiero a que, a pesar de todo, siempre seremos uno del otro.- La obligó a que lo mirara.- ¿No es así para ti?
Era como si la respuesta de Georgia marcara algo para él. Como si Tim estuviera esperando saberlo para descubrir si todo era en vano, o si aquella agonía de años había valido la pena.
- Me gusta creer que sí.- Farfulló con sinceridad.- Pero todo es muy complicado, Tim…- Sintió que se le oprimía el pecho. No quería hablar. No quería arruinar nada. Sólo necesitaba que estuvieran callados y abrazados y que dejaran de pensar en lo que pasaría después o lo que había sucedido en el pasado.- Aferrarnos a algo que no podemos tener es…
- Siempre tendremos The Barn.- Interrumpió él, besándole la comisura de los labios.- Si tú quieres.
Georgia se quedó helada, lo cual era ilógico con toda la calidez que se desprendía de ellos. ¿Acaso Tim estaba ofreciéndole un romance? ¿Qué se suponía que debía decirle?
- ¿Te parece una buena idea?
Tim pareció cansarse de sus miedos. Después de todo, era él el que se arriesgaba. Era él el que tenía que olvidar todo el dolor que le había causado. Era él el que más podía perder.
- Ya me preguntaste eso anoche. Y ya te di mi respuesta.
- No quiero lastimarte otra vez, Tim.- De pronto se sentía preocupada. Georgia no podía prometerle que ser su amante fuera suficiente. No podía prometerle que no pediría más que vivir a la sombra de Jayne. Pero tampoco podía pedirle que la dejara.
- Entonces no lo hagas.- La voz de Tim adquirió el tono de una súplica que no deseaba transparentar la desesperación.- No lo hagas, Georgia, sólo dime que sí.
Era más fuerte que ella, y aunque por dentro no hacía más que decirse que era una estúpida, se limitó a asentir con la cabeza y estrecharlo contra sí una vez más. Él empezó a besarla, sin poder contenerse, listo para repetir la húmeda escena de la noche anterior.
Sin embargo, la puerta de la habitación se abrió de golpe y ambos se quedaron paralizados.
- Georgia, el desayuno va a…- Molly irrumpió y tardó apenas unos segundos en darse cuenta que su hija no estaba sola. Se petrificó en su sitio, con los ojos muy abiertos.
Avergonzada como nunca en su vida, Georgia asomó la cabeza por sobre el hombro de Tim.
- Mamá, ¿te importaría salir?- Pidió entre dientes.
- Yo…- Pasó la mirada rápidamente entre ella y él, como tratando de entender qué demonios sucedía.- Sí… claro.
Se dio media vuelta y salió de allí tan velozmente como pudo, cerrando la puerta. Tim se aflojó un poco y se movió para recostarse junto a Georgia.
Los dos se quedaron mirando el techo unos segundos.
- ¿Crees que en media hora todo Battle va a saberlo?- Preguntó él, sin poder ocultar bien lo alterado que se sentía.
- No creo.- Lo tranquilizó de inmediato.- Mi madre es la clase de persona que disfruta de los chismorreos… siempre y cuando no tengan a su hija como protagonista. Y esto es definitivamente algo que no va a querer compartir por ahí.
Tim pareció levemente aliviado. La besó en la cabeza y se levantó. Buscó su ropa, que estaba desparramada a lo largo de la habitación y comenzó a vestirse. Georgia lo observó desde la cama, buscando el modo de animarlo.
- Ve el lado positivo.- Murmuró al fin.- Ahora no tienes que escabullirte por el árbol otra vez.
Logró arrancarle una sonrisa y, tras despedirse con un beso bastante apasionado, salió de la habitación en dirección a las escaleras. Escuchó sus pasos hasta que se perdieron en la distancia y sólo entonces se dijo que estaba completamente loca. Pero la felicidad que la embargaba era demasiado maravillosa para que considerara que aquello podía ser realmente un problema.
Tim traspasó la puerta de su casa y sólo entonces sintió que se desanimaba un poco. Si Tom o Richard habían llamado durante la noche, buscándolo, Jayne sabría sin dudas la verdad. Y por más que en ese momento había un impulso casi irresistible adueñándose de él, diciéndole que volviera junto a Georgia y borrara el pasado, tampoco podía lastimar a su esposa, que había estado con él, cuidándolo, curándolo, en los días más difíciles y oscuros.
A medida que subía las escaleras, el miedo iba llenando su alma. La casa estaba silenciosa, como si Jayne aún estuviera durmiendo y Tim se sentía tan perseguido que le parecía que sus pasos resonaban más y más fuerte a cada escalón. Pero a pesar de lo atemorizado que estaba de que su esposa descubriera lo que había hecho, era Georgia la que gobernaba sus pensamientos y sus sentidos, y una sonrisa involuntaria apareció en su rostro.
La puerta de su habitación estaba entornada y aún antes de entrar, Tim divisó a Jayne durmiendo pacíficamente, enroscada en las sábanas. Tenía el cabello algo revuelto y estaba desnuda, lo que le advirtió que su mujer había decidido esperarlo. Pisó cuidadosamente al entrar, tratando de no despertarla, pero ella entreabrió un ojo y esbozó una sonrisa.
- Buenos días, cariño.
Tim fue embargado repentinamente por un torrente de culpabilidad. Le dio la espalda y se quitó la remera por encima de la cabeza, sólo para descubrir, horrorizado, que todo su cuerpo estaba impregnado del perfume de Georgia.
- Buenos días.- Respondió, simulando un bostezo, decidido a reforzar la teoría de que había estado toda la noche en el estudio.
- ¿Por qué no vienes a la cama?- Sugirió Jayne con suavidad, dando una palmadita a su lado. En cambio, Tim dio un paso para alejarse más.
- Estoy hecho polvo, Jayne…- Musitó, logrando que sus nervios sonaran como cansancio.- Quiero darme una ducha primero.
- ¿Quieres que te acompañe y te ayude a relajarte?- Murmuró, en un tono atractivo que en otra ocasión hubiese logrado que Tim se olvidara de todo y se metiera en la cama con ella.
Pero Georgia estaba todavía muy presente en su piel.
- No, será algo rápido. Quiero quitarme esta ropa y después dormir un par de horas.- Necesitaba con urgencia cualquier excusa que la desalentara.
Jayne decidió no insistir por el momento. Suspiró y apoyó la cabeza en el codo, para mirarlo.
- ¿Qué tal el trabajo?- Quiso saber, intentando mostrar interés aún después de ser rechazada reiteradamente.
- Bastante bien, pero todavía hay mucho por hacer.- Dijo, distraídamente. No le gustaba mentir, pero sabía perfectamente que decir la verdad no era una opción.
- ¿Qué te parece si te subo una taza de té y…?- Propuso ella, tratando de buscar la manera de pasar un ratito con él. Sin embargo, Tim la interrumpió antes de que pudiera decir algo más.
- No, gracias, cariño.- Se metió en el baño y cerró la puerta tras él. Abrió el agua de la ducha enseguida, pero se quedó apoyado contra la puerta, aguzando el oído para ver si Jayne iba tras él o no. Después de unos pocos minutos, le pareció que salía de la habitación, así que suspiró y entró en la ducha.
No era que sintiera aversión a la posibilidad de hacer el amor con su esposa, sólo que después de haber pasado una noche tan maravillosa con Georgia era como si no necesitara nada más. Le parecía suficiente para seguir siendo feliz por el resto del año, y con un solo beso de Georgia se sentía capaz de sobrevivir toda una semana…
Dejó que el agua le diera de lleno en la cara para que le despejara un poco los pensamientos. Tenía que hacer que los recuerdos de lo que había pasado esa noche quedaran almacenados un rato en el fondo de su mente, o Jayne leería en sus ojos que había sucedido algo. Reconocería el brillo en su mirada que había estado ausente durante años y que sólo ella lograba encender otra vez.
Suspiró, diciéndose que estaba loco por permitir que su vida se desbocara de aquella manera, pero sabiendo que sería una locura aún peor dejar pasar la oportunidad de estar con Georgia. Sólo sería hasta que pusiera en orden sus sentimientos, hasta que se deshicieran de sus asuntos pendientes y pudieran seguir adelante con sus vidas. Luego se dirían adiós y él recompensaría a Jayne por lo que había hecho…
Tim no se creyó a sí mismo. Tenía la absoluta certeza de que ahora que ella había vuelto, no podría ser capaz de soltarla.
Y ése iba a ser el verdadero problema.
La tarde estaba ya bastante avanzada cuando Tim estacionó su auto junto al Ferrari de Tom en la entrada de The Barn. Apagó el motor y bajó del auto, con los ojos protegidos del intenso sol tras unos lentes oscuros que iban del negro al marrón. Se acercó a la puerta principal del granero sólo para ver que estaba abierta de par en par y bloqueada completamente por el sillón. Frunciendo el ceño, extrañado, trató de echar un vistazo en el interior, pero todo lo que divisó fue a Tom tomando carrera para empujarlo.
- ¿Qué diablos estás haciendo?- Preguntó confundido. Su amigo no le respondió durante un par de segundos, mientras seguía, testarudamente, empujando con todas sus fuerzas sin poder mover el mueble ni un solo centímetro porque se había atorado con el marco de la puerta.
- Quiero… quitar… esto… de aquí.- Resopló, en un último esfuerzo. Se reincorporó para tomar aire y dedicarle al sillón una mirada de odio.
- Tom, es el sillón más cómodo que tenemos, déjalo en paz.- Murmuró, suspirando.
- Precisamente porque es el más cómodo estuviste haciendo tus cochinadas en él.- Respondió, sin hacerle demasiado caso. Empezó a empujarlo desde otro ángulo.
- Por amor de Dios, no vas a contagiarte nada por sentarte en él.- Tim tuvo ganas de reír, pero la frustración de su amigo hizo que se aguantara.- Además, nunca va a pasar por aquí. Es demasiado grande.
- No lo sé, pero de alguna manera lo metimos aquí dentro.- Replicó, caprichoso.
- Sí, por el ventanal del estudio, y entre los tres.- Se apoyó contra la pared, armándose de paciencia.- No vas a lograrlo por aquí.- Refunfuñando, Tom se sentó en el apoyabrazos y se secó el sudor de la frente.- Creí que eras el único al que no le molestaba todo el asunto de Georgia.
- Y no me molesta. Pero eso no quiere decir que me guste que se estén frotando desnudos en todos los muebles que yo uso.- Se cruzó de brazos y lo observó con curiosidad.- ¿A dónde fuiste anoche?
- A verla.- Contestó. Vio que Tom se ponía de pie para seguir empujando, de modo que aprovechó y dándole un puntapié en sentido contrario, logró hacer que el sillón se deslizara hacia adentro otra vez.
- ¡Oye!- Exclamó el otro, quejoso.
- Ponlo en su sitio, Tom, si no te gusta, puedes sentarte en otra parte.- Se adentró en el granero y caminó con calma hacia la pequeña cocina, donde se sirvió una taza de café. Jayne había insistido en prepararle su comida favorita para almorzar, pero él había declinado. No podía mirarla a los ojos siquiera. La culpa lo carcomía por dentro. Al igual que el deseo de ver a Georgia otra vez.
Tom decidió rendirse por un rato. Lo contempló mientras tomaba un largo sorbo de su taza antes de seguir con las preguntas.
- ¿Y qué pasó?
Tim se quitó los lentes de sol y los dejó sobre la mesada.
- Pasamos la noche juntos.
Frunciendo el ceño, Tom pareció no comprender.
- Pero habían acordado que no iban a verse más. Le pediste que no te buscara y ella…
- No pude evitarlo. No sirve de nada que le diga que no quiero volver a verla cuando lo cierto es que ya no puedo seguir sin ella.- Posó sus ojos azules en los verdes de Tom, buscando alguien que lo apoyara un poco.- Sé que me volví loco, pero no quiero dejarla.
- ¿Vas a dejar a Jayne?- Tom pensó que ir al grano era lo más sensato. Lo mejor que podía hacer era ayudar a Tim a que definiera lo que sentía.
Pero su pregunta pareció horrorizarlo.
- Dios, no. No podría. No después de todo lo que pasamos juntos.- Tim abandonó la taza y caminó, cabizbajo y pensativo, hacia el estudio.
- ¿Y entonces?- Insistió Tom, siguiéndolo.- ¿Qué vas a hacer?
Tim se quedó callado. Se sentó frente al teclado y deslizó los dedos sobre él, inconscientemente, arrancándole algunas notas suaves. Luego de un par de minutos, levantó la mirada hacia su amigo.
- Necesito tu ayuda, Tom.
- ¿Mi ayuda?- Repitió.- ¿Para qué?
- Para poder estar con Georgia.
- ¿Y qué puedo hacer yo?- Preguntó extrañado.
- Éste el único lugar en el que podemos estar juntos sin que nadie nos vea, sin que nadie se entere.- Explicó lentamente.- Necesito que me cubras tanto con Jayne como con Rich. Él no entiende.
Tom procesó lo que le pedía. Parpadeó un par de segundos y entrecerró los ojos para mirarlo.
- ¿Me estás pidiendo que le mienta a Jayne y a Richard para que tú puedas venir aquí y hacer tus cochinadas con Georgia?
Tim se sintió desanimado al oírlo y se dio cuenta de que tampoco podía contar con el apoyo de Tom.
- Tú también piensas que soy un idiota, ¿verdad?- Farfulló.
Sin embargo, Tom negó con la cabeza, impaciente.
- Es más difícil sacarte una confesión a ti que pasar ese condenado sillón por la puerta.- Repuso, frustrado.- Por supuesto que voy a ayudarte. Estaba esperando que me dijeras que sigues amando a Georgia. Sería bueno, para variar, que lo soltaras después de todos estos años.
Tim sonrió, inmensamente aliviado. Tan aliviado, de hecho, que se puso de pie y se acercó a su amigo para darle un abrazo.
Conmovido, Tom se dio cuenta de que ese abrazo era toda la confesión que necesitaba.
Serían cerca de las diez de la noche cuando el celular de Tom comenzó a sonar. Estaba recostado en el sillón de su casa, fumando un cigarrillo y mirando un partido de críquet viejo en la televisión. Estiró la mano distraídamente para contestar, mientras bajaba el volumen con la otra.
- ¿Hola?
- Hola, Tom.- Reconoció la voz de Jayne en seguida.- ¿Cómo estás?
- Bien, algo aburrido.- Respondió.- Tim y yo vinimos a casa a comer una pizza y a ver una película, pero de repente se le ocurrió una idea y se puso a escribir una canción. Así que acabé mirando un partido de críquet.
- Ah, ¿entonces Tim está contigo?- Preguntó Jayne, evidentemente aliviada.- Estuve llamándolo al celular, pero creo que lo tiene apagado.
- Ya sabes cómo se pone cuando trabaja, no quiere que nada lo interrumpa, se pone de muy mal humor.- Apagó el cigarrillo y se levantó. Ahora que mencionaba la pizza se le había antojado un poco, de modo que fue a la cocina a buscar el número de la pizzería.- Puedo decirle que estás al teléfono si quieres…
- No, no. Déjalo. Sólo dile que me llame cuando haya terminado. Creí que vendría a cenar.- Se apresuró a decir ella, tragándose toda la historia de una manera que hizo que Tom se sintiera algo orgulloso de sí mismo a pesar de saber que no era algo exactamente bueno lo que estaba haciendo.
- Lo siento, eso es culpa mía, lo distraje más de la cuenta. Le diré que te llame, descuida.- Dijo, revolviendo entre la gran cantidad de menús de restaurantes que tenía dentro de un cajón.
- Gracias, Tom. Nos vemos.
Cortaron y Tom detuvo la búsqueda de pizzería por un segundo, para mandarle un mensaje a Tim: Jayne acaba de llamarme. Todo en orden. Llámame a mí antes que a ella.
Una vez que lo hubo enviado, todo lo que pudo hacer fue implorar que al menos Georgia y Tim no profanaran absolutamente todos los rincones de The Barn.
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sábado, 17 de octubre de 2009
Leaving So Soon: Capítulo 18.
Ahora que todo empezaba a enfriarse, la brisa que se colaba por la ventana entreabierta del estudio rozó la piel de Georgia y le provocó un leve escalofrío. Tim, aún sobre ella, sin resignarse a que se tenía que apartar, le besó un hombro y la miró a los ojos.
- ¿Estás bien?- Preguntó en voz baja.
Ella sólo asintió. Sabía que lo que acababa de suceder significaba algo para ambos, pero tenía la sensación que decirle que era lo más hermoso que le había sucedido en mucho tiempo no era lo mejor. Había sido un impulso, se habían dejado llevar, había sido increíble… y eso era todo. Georgia era consciente de que hasta allí habían llegado. En cuanto se vistieran, tendrían que regresar al plan de no volver a verse. El plan que, en definitiva, hacía que ella volviera a estar sola mientras él se iba a casa con su esposa.
Aún así, mientras durara, Georgia quería disfrutarlo. Le acarició lentamente el cabello y esbozó una pequeña sonrisa.
- Tom y Richard no tardarán demasiado.- Comentó Tim, desganadamente.- Aunque sospecho que Tom está tratando de darnos tiempo.
Georgia deslizó un dedo por su mejilla rasposa.
- ¿Por qué lo dices?- Inquirió con curiosidad.
- Porque no termina de elegir de qué lado está.- Estiró una mano, apenas apartándose de ella, para alcanzar la ropa interior olvidada en el suelo.- Y a veces, yo tampoco.- Se movió y tomó a Georgia por un tobillo, para subirle la braga a lo largo de una pierna y luego la otra.
- Los dos sabemos qué lado es el correcto.- Georgia se sentó y, sin poder evitarlo, lo abrazó con fuerza, recostando la cabeza en su pecho.- Supongo que no podemos pedir más que esto.
Tim la hizo mirarlo, tomándola por la barbilla para alzarle el rostro.
- Créeme, Georgia, me gustaría tenerlo todo.- La besó en la comisura de los labios. Ella se quedó esperando, notando que quería agregar algo más, pero que en realidad no se animaba. Él apartó los ojos azules, como rindiéndose.- Sería mejor que los chicos no te vean. No me gustaría que te metas en problemas.
Georgia se preguntó si el que querría evitar tener problemas sería en realidad Tim, pero no podía culparlo por sentirse así. Le gustara o no, estaba casado y le debía fidelidad a Jayne.
Aunque en ese preciso momento no se notara.
Se levantaron, reticentes, para vestirse. La ropa de Georgia estaba desparramada por todas partes y él se la alcanzó y le abotonó delicada y silenciosamente la camisa, como si necesitara seguir en contacto con ella, al menos de una manera mínima. Ella se lo permitió, sin dejar de mirarlo, intentando absorber toda la calidez posible que aún flotaba en el aire alrededor de ellos.
Cuando ambos estuvieron vestidos, Tim lanzó un suspiro, cansado.
- Mierda.- Masculló, casi enfadado.- Es una locura, lo sé…- Volvió a rodearla con los brazos.- Pero no quiero que te vayas.
- Estamos siendo dos idiotas.- Repuso ella.- No podemos cambiar las cosas. No podemos retroceder el tiempo.
- Por mucho que lo intentes.- Susurró Tim, en voz baja. La besó nuevamente.- Vamos, te acompaño al auto.
La tomó de la mano. Un apretón firme, pero dulce, seguro, casi hermético. Nunca la había estrechado con esa fuerza, ni siquiera tantos años atrás, mientras caminaban por las callecitas de Battle, ajenos a lo que les deparaba el destino.
En el camino tuvieron que recoger el bolso y la carpeta de Georgia, que habían arrojado en el césped al ser atacados por esa ráfaga incontenible de deseo. Pero ni siquiera cuando se inclinó para tomar sus cosas la soltó. Muy en el fondo, Tim sentía que esa nueva y pequeña separación iba a ser tan dolorosa como la primera, aún cuando todo era diferente a cómo había sido. Aún cuando ya nada los unía, excepto por ese magnetismo inexplicable que hacía que no pudiera contener las ganas de tenerla a su lado.
Georgia se colgó el bolso al hombro, se puso la carpeta bajo el brazo y se volvió hacia él, apoyándose contra la puerta de su auto. Sus dedos se desenredaron, casi involuntariamente.
- Entonces esto es todo.- Masculló ella, tratando de hablar con la mayor ligereza posible. Había comenzado a oscurecer, la noche caía con lentitud y gustosamente la hubiera pasado con él, sin separarse de su piel, sin dejar de besar sus labios.
Tim pareció súbitamente ansioso, se acercó a ella unos pocos centímetros más.
- Georgia, yo…
- No digas nada.- Lo cortó de inmediato, casi segura de lo que iba a decirle.- No tienes de qué preocuparte. Hasta aquí llegué, Tim, ya no voy a interferir en tu vida. Será como si jamás hubiese regresado.
A pesar de que era exactamente lo que necesitaba, no era lo que Tim deseaba oír, y fue como si Georgia le diera una patada en el estómago en lugar de hablar. De todos modos, asintió. Sabía lo que tenía que hacer. Sabía cómo debía manejar su vida.
- Gracias.- Contestó finalmente y, decidiendo que un último arrebato de debilidad no podía perjudicarlo más de lo que ya estaba, la tomó por la cintura y, dejando que todo su cuerpo se recostara sobre el de ella, la besó. Acarició sus labios con los suyos, como si quisiera dejar una huella en ellos, y asegurarse de borrar todas las que otros hombres pudieran haberle dejado durante todos esos años separados. Sólo se detuvo al percibir un leve sabor salado y enseguida se dio cuenta de que eran las lágrimas de Georgia, cayendo sin censura alguna por sus mejillas aún ruborizadas por todo el calor que habían experimentado. Tenía los ojos cerrados y lo besaba con desesperación, como si ella misma quisiera encargarse de que los rastros de Tim quedaran en sus labios, en su piel.
Tim supo que si no se apartaba en ese instante, nunca más sería capaz de hacerlo.
Le acarició una mejilla y pasó un dedo por sus labios, que habían cobrado un intenso tono rosa después de la fuerza de los besos que se habían dado. Georgia no se molestó en simular las lágrimas u ocultar el llanto. No tenía por qué. Tras lo que acababa de pasar entre ellos, no había dudas de que Tim sabía cómo se sentía.
Y tampoco quedaba mucho por decir. ¿Qué sentido tenía que se dijeran todo lo que sus corazones les imploraban que dejaran salir, si no volverían a verse? ¿Qué sentido tenía que Georgia le dijera que seguía enamorada de él si Tim iría a su casa esa noche y se acostaría junto a Jayne a dormir? ¿Qué sentido tenía que Tim le dijera que acababa de darle una felicidad que no experimentaba desde que lo dejara, si de todas formas iba a dar media vuelta para volver con su esposa?
Le abrió la puerta del auto y Georgia entró, cuidadosamente. Él cerró y se apartó un paso hacia atrás para dejarla ponerlo en marcha. Pero antes de hacerlo, Georgia puso las manos en el volante, como si buscara algo de lo que sostenerse, y lo contempló en silencio, con los ojos brillantes, desde el otro lado de la ventanilla.
Finalmente, giró la llave y encendió el motor. Pisó el acelerador y lo dejó atrás, con el espantoso peso en su corazón de que esa era la última vez que lo veía y, de nuevo, se iba sin decirle que lo amaba.
El auto de Georgia había desaparecido cuando Tom estacionó el suyo en el espacio vacío entre el de Tim y el de Richard. Ya había oscurecido, pero las luces exteriores del granero estaban apagadas. Apenas sí había una ventana iluminada y Richard posó su mirada en ella, aun malhumorado por el comportamiento de su amigo.
- Tengo un mal presentimiento. No puedo creer que me hayas arrastrado fuera de aquí.- Le reprochó, saliendo del auto y yendo hacia el baúl del mismo para buscar las bolsas del supermercado.- Dejar a Tim con Georgia fue una pésima idea.
- Tienes que dejar que resuelvan solos sus problemas.- Contestó Tom, ayudándolo.- Tim es lo suficientemente grande para saber qué hacer.
- Eres un idiota, Tom, lo dejaste con una mujer que le embota el juicio. ¡Tim no piensa cuando está con Georgia! Se limita a meter la pata.
- Ni tú ni yo podemos meternos, Rich, por más que queramos evitar que lo lastime.- Empujó la puerta de entrada con el hombro y cargó las bolsas hasta la cocina, seguido por Richard.- Además, no creo que Georgia tenga malas intenciones.
- Espero que tengas razón.- Dijo el otro, de mala manera. Empezaron a vaciar las bolsas y Richard se hizo con una caja de galletas Oreo, que abrió de inmediato y empezó a devorar.
- ¡Hey, no te las comas todas! ¡Siempre haces lo mismo!- Exclamó Tom, enojado. Le arrebató la caja y sacó un puñado antes de devolvérsela. Fue comiéndolas mientras salía de la cocina y seguía el pasillo hasta la parte principal del estudio.
A simple vista, le pareció vacío. Frunció el ceño y escrutó alrededor, hasta que vio que Tim estaba tumbado sobre el sillón, boca abajo. Eso no parecía un buen presagio. Ya casi podía oír a Richard regañándolo otra vez.
- ¿Tim?- Murmuró, titubeante. Éste levantó la cabeza y se volvió enseguida, tratando de disimular su malestar.
- ¿Ya regresaron? No los oí entrar.- Repuso, desanimadamente.- ¿Qué trajeron de comer?
- ¿Estás bien?- Tom dio algunos pasos hacia él, ignorando su pregunta. ¿Qué demonios le había hecho Georgia para dejarlo así?
- Sí, de maravillas…
Richard irrumpió en el estudio, aún masticando algunas Oreos. Le bastó echarle un vistazo al rostro de Tim para darse cuenta que algo había sucedido. Miró a Tom, enfadado.
- ¿Qué pasó, Tim?- Inquirió.
Tom se sentó en el apoyabrazos del sillón, listo para lanzarse a darle su apoyo si era necesario.
- Nada. Sólo… sólo cosas de Georgia. Eso es todo.- Carraspeó, para aclararse la garganta. La voz se le había puesto algo ronca.- Deberíamos ponernos a trabajar, tenemos que…
- ¿Qué te hizo?- Insistió Rich.
Éste suspiró, cansado.
- Nada, de verdad. No me hizo nada.
- Esa no es la cara de alguien a quien no le han hecho nada. Parece la cara de alguien a quien le han hecho pasar un rato espantoso.- Testarudo, Richard tenía intención de sacarle una confesión y buscar la manera de ayudarlo. Todo el asunto de Georgia era un gran error.
- Entonces eres un asco para entender lo que sienten las personas, Rich, porque tuve la mejor tarde de toda mi vida.- Musitó inexpresivamente.
- ¿A qué te refieres?- Se cruzó de brazos, confundido.
- A que hicimos el amor en este mismísimo sillón.
Tom se levantó del apoyabrazos de un respingo y lo observó con cierta cautela, pero sin salir de su asombro.
- ¿De qué mierda estás hablando?- Masculló, asombrado.- ¡Creí que sólo quería hablar contigo!
- Eso quería.- Tim se llevó las manos a la cabeza, desesperado.- Pero no pudimos contenernos. Simplemente sucedió y… luego nos despedimos y se fue.
- ¿Te has vuelto completamente loco?- Exclamó Richard sin poder evitarlo.- ¿Cómo has caído de esta manera? Primero te lamentas porque estás a punto de perder a Jayne y ahora…
Tom le dedicó una mirada asesina, instándolo a callarse.
- ¿Cómo te sientes?- Preguntó en cambio, tratando de suavizar la situación.
- Mal. Y bien.- Respondió Tim.- No me había sentido así de feliz en muchísimo tiempo y, a la vez, sé que es lo peor que he hecho.- Se puso de pie casi de un salto.- ¡Maldita sea, no sé qué demonios me sucede! Debería odiarla. Debería odiarla con todas mis fuerzas, pero no puedo. Sólo quiero tenerla cerca, besarla y…
Hizo silencio, sabiendo que en vez de seguir analizando lo sucedido, debía olvidarlo. Los otros dos lo miraron apenados, sin saber qué decir para ayudarlo.
- Jayne no se merece esto.- Farfulló, frustrado.- No puedo creer que le haya hecho algo así.
Tom se cruzó de brazos y lo contempló, severamente.
- Escucha, nos lamentaremos por Jayne en sólo un momento, pero primero… ¿qué sentiste? ¿Estuvo bien?- Quiso saber. Richard le pegó un manotón en el brazo, para censurarlo.
- ¿Cómo puedes preguntarle algo como eso, Tom?
- ¡Ni él sabe lo que quiere! ¡Sólo quiero ayudarlo a que se de cuenta!
- ¡No, tú quieres empujarlo de nuevo con Georgia y eso no va a funcionar! ¡Ella lo abandonó!
- ¡Pero si sólo eran unos niños, no quiere decir que vaya a hacerlo de nuevo!- Protestó Tom, enfurruñado.
- Ella tuvo su oportunidad, y la echó a perder. Tim tiene a Jayne ahora. No puede hacer estupideces.- Replicó Richard, enfadado.
Tim se quedó muy quieto mirándolos a ambos, algo molesto.
- ¿Pueden cerrar la boca un segundo? Ninguno de los dos está ayudando en lo más mínimo.
- Perdón.- Tom se ruborizó intensamente.
- Lo siento, Tim.- Rich recobró la compostura. Lo examinó con los ojos celestes bien atentos.- ¿Y qué es lo que vas a hacer?
Negando con la cabeza, pensativamente, Tim volvió a sentarse.
- No puedo hacer nada. Le pedí que no volviera a buscarme y ella dijo que no lo haría. Se acabó.
- Entonces… ¿si no le hubieses dicho que no volvieran a verse, tú…?- Balbució Tom, vacilante. Tim elevó los ojos azules hacia él, pero no dijo nada. No había nada que pudiera decir realmente.
- Richard tiene razón.- Dijo en cambio.- Tengo a Jayne. Punto.
- Sí, pero no la quieres tanto como a Georgia…- Masculló Tom, que fue silenciado de inmediato con otra mirada mordaz de Rich.- Quiero decir…- Observó nervioso a su amigo, que parecía vigilarlo para que no dijera estupideces.- Tú extrañabas… quieres que… ¡Ah, basta, Rich, voy a decir lo que quiera!- Le dio la espalda para que no lo fastidiara más.- Quiero decir que eres feliz con ella. Tú mismo acabas de decirlo: te hizo feliz como no lo habías sido en mucho tiempo. ¿O no?
- Sí, pero… ¿quién lo hizo infeliz en primer lugar, Tom?- Richard lo dijo como si fuera obvio y Tim se dijo que ya no podía escuchar a ninguno de los dos.- Y lo que menos necesita Tim ahora es más problemas. Hizo mal al acostarse con ella, pero bien al decirle que ya no lo busque. Ahora podrá volver a olvidarla y…
- ¿Realmente piensas que alguna vez la olvidó? Eres daltónico, pero no ciego, Richard.- Espetó Tom.- Georgia es…
Tim se levantó y comenzó a alejarse de ellos. Eso hizo que Tom se parara en seco y lo siguiera con la mirada, sin entender.
- ¿A dónde vas?
- A un lugar donde no esté ninguno de ustedes.- Respondió.- Sé que quieren ayudar pero no puedo seguir escuchándolos.
- De acuerdo, cerraremos la boca, serás tú el que hable.- Se apresuró a decir Richard.- Vamos.
- No.- Tim levantó una mano, como si quisiera detenerlos.- No, Rich. Quiero estar solo.
Y sin decir una sola palabra más, Tim se perdió por el pasillo y, un minuto más tarde, oyeron que encendía el motor del auto. Tom se volvió hacia Richard, sin saber qué hacer.
- Creo que nos extralimitamos.- Murmuró éste último.
- Pobre Tim…
- Te dije que no había que dejarlo con Georgia. Sabía que algo así iba a suceder.- Protestó Rich.
- Ya basta. Eso no importa.
- Supongo que no… si realmente no podían evitarlo iba a suceder de alguna manera.
- Lo que me recuerda…- Tom le echó un vistazo, inquieto, al sillón.- ¿Crees que podamos mandar esto a la tintorería? ¿Retapizarlo tal vez?
- Tom, no seas estúpido…
- ¡Hablo en serio!- Richard se dirigió hacia la cocina, ignorándolo, y él lo siguió.- Cada vez que me siente ahí voy a recordar que Tim estuvo todo desnudo y… sudoroso…- Hizo una mueca de asco.- Richard, por Dios, hay que deshacerse de ese sillón.
Rich abrió la alacena, decidiendo que lo único que podían hacer de momento era preparar la cena y esperar a ver qué pasaba.
- Créeme, Tom, va a haber problemas más serios que tu aversión al sillón.- Susurró, distraídamente.- Sólo espero que las cosas no terminen tan mal y que Tim no haga ninguna estupidez.
- Descuida.- Le dio una palmadita en la espalda.- Creo que ya ha hecho todas las estupideces que podía hacer.
Georgia estaba paralizada en la ducha. No era el agua lo que sentía correr por su cuerpo, sino las manos de Tim, sus labios, su aliento en la piel. Al cerrar los ojos sólo podía verlo a él, aplastándola ligeramente con su peso, haciéndole el amor de la manera más fantástica que había experimentado en toda su vida.
Pero lo que lamentaba no era perder la oportunidad de tener sexo increíble, sino la oportunidad de tener a un hombre increíble. Lo había sabido cuando era adolescente, pero había sido demasiado impulsiva y estúpida para darse cuenta que era más importante conservar a alguien a quien se ama que seguir sus propias ambiciones.
Sin embargo, aunque le dolía no podía dejar de decirse que estaba haciendo lo correcto al no insistir con él. Tim había reconstruido su vida después de que ella lo abandonara y no le iba nada mal. Aunque a Georgia no le agradara la idea de que estaba casado con Jayne, sabía que ella lo hacía feliz. Era mejor que dejara de meterse en medio y tratara de buscar su alternativa para alcanzar cierta felicidad.
Quizás le convenía centrarse en lo profesional un tiempo, hasta que su corazón cicatrizara lo suficiente. Tenía que prestarle atención a los diseños que quería hacer. Iba a quedarse analizando eso durante la noche y tal vez a la mañana siguiente pudiera ir a comprar telas para empezar a hacer que sus dibujos salieran del papel. Tenía que volver al sótano a ver si encontraba la máquina de coser de su madre o si también tenía que buscar una nueva…
Suspiró y se enjuagó el largo cabello mojado. Poner todas sus energías en su nuevo emprendimiento iba a ser más difícil de lo que creía. La poca superficialidad que podía llegar a quedar dentro de ella había acabado por extinguirse esa tarde. De repente se dio cuenta que no le importaba si todos sus bolsos Fendi se prendían fuego y quedaban reducidos a cenizas. No le importaba si todas sus chaquetas de Channel terminaban siendo en realidad una imitación barata. No le importaba si tenía que salir a la calle vistiendo como su madre. Ya no quería saber nada de sus hermosos zapatos, ni de su fabulosa vida en Londres… todo parecía una farsa ahora. Todo acababa siendo insignificante, porque había algo que realmente amaba más que a nada en el mundo y que no podía tener, que no podía conseguir en ninguna tienda, ni que ningún diseñador de renombre lograría crear jamás: Tim.
Pero, ¿qué sentido tenía ahora? Sus opciones se habían reducido considerablemente. Lo único que podía hacer en su vida era trabajar, porque el amor se le había escapado por la ventana abierta, ya que había sido demasiado estúpida para cerrarla a tiempo. Lamentarse por Tim hasta el fin de sus días no parecía demasiado lógico. Habían tenido más de lo que podrían haber deseado en esos quince años. Ahora lo único que Georgia podía hacer era tratar de recuperar, al menos minúsculamente, esa vida que tanto había amado.
O que la había distraído mientras en realidad dejaba pasar la oportunidad de vivir exactamente como quería.
Sacudió la cabeza, confundida, y salió de la ducha. Se envolvió en una toalla blanca y se puso otra en el cabello, para secarlo. Cuando se miró al espejo, por primera vez en mucho tiempo, no le gustó el reflejo que le devolvía la mirada.
Nuevamente, se reprochó el haber regresado a Battle. Al menos cuando estaba lejos de allí no tenía razón alguna para dudar de sí misma, de las cosas que había hecho, de lo que quería. Había sido como una persona sin pasado… hasta que la necesidad de reencontrarse con quien realmente era había sido demasiado fuerte.
Por estúpido que le pareciera ahora el proyecto de vida que tenía, lo único que podía hacer era llevarlo a cabo. Las cartas ya habían sido jugadas hacía años y había perdido la mano por tomar una mala decisión. Pero no quería decir que no pudiera comenzar un juego nuevo donde, si bien no recuperaría los puntos perdidos, al menos podía buscar la manera de no terminar última.
Le pareció oír un ruido proveniente de su habitación. Había dejado la ventana entreabierta para que entrara el aire, pero sabía que las brisas nocturnas de Battle podían transformarse en verdaderas ventiscas. Demasiado desanimada para ponerse sus pantuflas, Georgia caminó descalza, desganada, hacia su cuarto. Pero cuando abrió la puerta se quedó de piedra.
Tim estaba reincorporándose del suelo, maldiciendo por lo bajo. Parecía que se había golpeado al pegar un salto desde el árbol hacia la ventana. Evidentemente, ya no tenía edad para estar haciendo ese tipo de cosas.
- ¿Tim?- Georgia dio un paso hacia él, vacilante. Se sentía excepcionalmente vulnerable, quizás porque de repente era consciente de cosas que no afloraban en ella desde que era sólo una niña.- ¿Te hiciste daño?
- No, estoy bien. Pero presiento que va a dolerme la espalda mañana.- Masculló, frotándose la parte inferior de la columna. Luego la miró, poniéndose súbitamente serio.- Hola.
- Hola.- Susurró ella. Verlo era lo último que esperaba, pero no podía negar que dentro de ella de repente parecía encenderse una luz de pura alegría.- ¿Qué estás haciendo aquí?
Tim no se acercó. La contemplaba como si fuera algo sumamente delicado de la que debiera mantenerse una distancia respetuosa. Pero, al mismo tiempo, sus ojos azules brillaban de anhelo.
- No lo sé.- Respondió con sinceridad.
- Esto contradice un poco lo que me pediste esta tarde.- Georgia sonrió apenas, sin poder evitarlo.- Creí que no querías volver a verme.
- Por idiota que suene, lo que no quiero es volver a perderte.- Confesó él en voz baja, y el corazón de Georgia se detuvo, extasiado.- Voy a arrepentirme de habértelo dicho, Georgia, pero hoy fui más feliz de lo que he sido en estos últimos quince años.
La sonrisa de Georgia se extendió. Su corazón volvió a latir, esta vez, enloquecido.
- Irónicamente, yo también.- Farfulló, haciendo que en esta ocasión fuera Tim el que esbozara una casi imperceptible sonrisa.- Pero, ¿qué se supone que vamos a hacer?
- No lo sé.- Repitió él, con cierta tristeza.- Sólo hay una cosa de la que estoy seguro ahora mismo.
- ¿De qué?- Preguntó Georgia con curiosidad.
Parecía que no era algo fácil de decir para él. Evitó mirarla unos segundos, le dio la espalda para escrutar la noche por la ventana entreabierta, se volvió, dio un paso para acercarse, volvió a retroceder. Era como si estuviera nervioso.
- ¿Puedo…?- Masculló, y al fin se acercó, deteniéndose a apenas una breve distancia. Georgia podía extender los brazos y tocarlo si quería.- ¿Puedo quedarme contigo esta noche?
Georgia pensó, emocionada, que esa era la propuesta más hermosa que un hombre le hubiese hecho jamás. Por dentro, empezó a gritar que sí, histéricamente. Por fuera, trató de ser un poco más inteligente.
- ¿Crees que es una buena idea?- No deseaba nombrar a Jayne en ese momento, pero esperaba que él entendiera que eso era lo que la preocupaba.
Tim decidió ser honesto. No había manera de mentirle a Georgia. Lo conocía más que ninguna otra persona en el mundo.
- No. Pero te necesito demasiado para que me importe.
Ya no hubo forma de que Georgia se resistiera. Acortó la distancia que los separaba casi de un salto, y le rodeó el cuello con los brazos, hundiendo sus labios en los suyos, como si llevara una eternidad sin besarlo. Él la estrechó contra su cuerpo de inmediato, sintiéndose exactamente igual. Puso las manos en su espalda desnuda y aún húmeda y la apretó contra su pecho, hasta tal punto que parecía que los latidos de sus corazones estaban acoplados. Tim la besaba como si quisiera llegar a las mismísimas profundidades de su alma haciéndolo, y cualquier dejo de cordura o lógica había abandonado definitivamente la habitación.
Le quitó la toalla que le envolvía el pelo y dejó que le cayera libremente sobre los hombros, mientras despedía aún el aroma del shampoo, que se mezclaba con el del jabón que emitía su piel. Tim estaba absolutamente maravillado, descubriendo que no había manera de que se cansara de ella. Cada vez que la tocaba, se encontraba con algo nuevo que lo hacía desear no soltarla nunca más.
Georgia se apartó apenas unos centímetros para recuperar el aliento y mirarlo a los ojos, para convencerse de que aquello era real. Tim había vuelto por ella. Había ido a buscarla, olvidándose por completo de que habían accedido a no volver a verse, a ignorarse. Estaba allí. Había trepado al maldito árbol para colarse por la ventana y pedirle que lo dejara quedarse a pasar la noche.
Ambos eran plenamente conscientes de lo erróneo que era todo eso, pero habían alcanzado un punto tan doloroso, que ya no les interesaba nada. Y para aliviar ese dolor, tenían que estar juntos. No había otra salida.
Tim también la miró, intensamente. Estudió sus ojos como si intentara entender qué estaba escondiendo dentro. Le acarició una mejilla con la más absoluta ternura.
- Si prefieres que me vaya, Georgia, sólo…- Murmuró, aunque parecía reticente a decir algo como eso. Ella lo silenció, poniendo un dedo en sus labios.
- Quédate esta noche y todas las demás.- Replicó suavemente.- Si estás seguro, Tim, quédate.
Él besó el dedo que Georgia había posado en su boca como toda respuesta. Ella empezó a quitarle la ropa con total delicadeza.
Tim deshizo el nudo que sujetaba la toalla alrededor del cuerpo de Georgia, dejándola caer al piso. No aguantaba un segundo más, todo lo que quería era volver a sentir su piel contra la suya cuanto antes. Todas las sensaciones tormentosas que había experimentado esa misma tarde estaban renaciendo dentro de él con muchísimas más fuerzas. Para cuando volvió a besarla, arrastrándola levemente hacia el colchón, Tim a duras penas recordaba todo el sufrimiento que habían vivido. Era como si al sentir sus labios el tiempo se evaporara y siguieran siendo los dos adolescentes que se amaban con locura, como si su mundo siguiera siendo el mismo, un mundo donde él no estaba casado con Jayne, donde ella no era más que la amiga callada y aburrida de la chica que lo volvía loco.
Tim llevaba aún puesto el jean cuando se recostó sobre ella encima de las mantas arrugadas. Georgia deseaba seguir así, apretándose contra él, besándose durante todo el tiempo que fuera posible. Sólo con eso le parecía suficiente.
- ¿Cómo puede ser…?- Masculló Tim en su oído, casi sin aire, mientras sus labios tomaban posesión de su cuello.- ¿Cómo puede ser que durante quince años soporté el no estar contigo y en un solo día llego a sentir que voy a explotar si no te hago el amor?
El cabello húmedo de Georgia estaba desparramado sobre la almohada y en sus ojos se delataba la misma excitación que fluía dentro de él. Tim pensó, mientras la miraba, que era lo más hermoso que había visto.
- ¿Cómo puede ser que durante quince años me convencí que no me hacías falta y ahora, de repente…?- Farfulló Georgia, deslizando las manos desde sus hombros, por su pecho, hasta su espalda. Se movió contra él, como diciéndole sin palabras que se diera prisa.
- De repente, ¿qué?- Quiso saber Tim, desabrochándose el pantalón, al tiempo que la observaba con el ceño fruncido.
- Me doy cuenta que…- Georgia tragó saliva. Sentía que se ahogaba con su propia respiración. Él se deshizo de su jean y su ropa interior de un solo ademán.- Que…
- Dímelo, Georgia.- Pidió, inmensamente aliviado ahora que no había barrera alguna entre sus cuerpos.
- Te necesito.- Balbució, dificultosamente.- Te necesito…
- Estoy justo aquí, cariño.- Le dijo al oído, entrando en ella lentamente, haciendo que se aferrara a sus hombros, desprovista totalmente de fuerzas. Se quedó quieto, como si estuviera aclimatándose a aquella dulce invasión. Le corrió el cabello que le caía sobre el rostro.- Y, demonios, no pienso irme a ninguna parte.- Agregó en un gruñido algo ronco.
Georgia arqueó la cadera, instándolo a que se moviera, en un deseo impetuoso de sentirlo más profundamente. Tim le dedicó una sonrisa maliciosa, le besó la comisura de los labios y, aferrándola con fuerza, se volteó, hasta quedar de espaldas y dejarla a ella encima de él.
A Georgia le gustó notar que tenía el control, que después de lo que le había hecho eso tarde, al fin podía devolvérselo, enloquecerlo, hacerle perder la razón tal y como a ella le había sucedido. Tim se mordió un labio al ver sus intenciones reflejadas en su sonrisa. Conocía muy a fondo a Georgia, sabía perfectamente que en su interior se escondía un fuego difícil de domar. Toda ella era puras llamas, y Tim ya empezaba a sentir cómo su flama empezaba a rozarlo deliciosamente.
Pero Georgia quería jugar. Se apartó de él, yendo más y más al sur, sin dejar de tocarlo intermitentemente en distintas partes del cuerpo, confundiéndolo, dejándolo preguntándose qué haría después. Comenzó a besarlo, dejando que sus labios fueran marcando el camino ascendiente, desde los tobillos hasta la frente. Tim entrecerró los puños, apretando las sábanas debajo de él, cuando lo rozó de una manera muy íntima y pícara a la vez. Al tenerla nuevamente a su altura, la atrapó entre sus brazos, cayendo inevitablemente en una agonía de lo más placentera, deseando hundirse nuevamente en lo más dulce de su interior.
La besó con ganas, dejando que su lengua se colara entre sus labios, saboreándola, incitándola, provocándola. Georgia, mientras tanto, se acomodó sobre su regazo y lo tentó apenas, de forma maliciosa, haciendo que Tim sonriera, aunque sin suspender el beso, y la tomara por la cintura para conducirla y dejarse de rodeos.
Georgia lo obedeció un rato, haciendo lo que él le indicaba… pero tras un par de minutos fue evidente que Tim no resistía no ser el que llevaba el control. Sin interrumpir en ningún momento lo que estaban haciendo, volvió a voltearse, estrechándola firmemente para no hacerla caer al suelo, y se puso arriba.
Después de eso todo se volvió demasiado confuso y sudoroso. La temperatura había alcanzado ya un límite imposible y los jadeos de Georgia se confundían con los de Tim, a pesar de que ambos trataban de amortiguar el ruido lo más posible. Se dejaron ganar por el ritmo acelerado de dos amantes que saben exactamente lo que quieren y cómo obtenerlo. Pero a pesar de lo frenético de las embestidas finales, no lograban perder la delicadeza, la dulzura que delataba que entre ellos existía un vínculo más allá de lo físico. Tim no dejaba de besarla, ni de mirarla a los ojos, como si se sintiera conmovido por el mero hecho de tenerla entre los brazos. Georgia le respondía gimiendo suavemente su nombre, aferrándose a él como si no confiara en nadie más, como si sólo él pudiera llegar a donde ella deseaba que llegara.
Tim se apresuró a cubrir su boca con la suya cuando alcanzaron el más espléndido de los clímax, con la intención de acallar los gemidos desesperados de ambos. La sintió temblar bajo su cuerpo y sólo cuando ella acabó de experimentar las agitadas sacudidas de placer, se permitió relajarse.
Se quedaron abrazados, respirando con dificultad, sin lograr decir nada. No tenían necesidad alguna de separarse por el momento y eso les parecía suficiente.
Georgia hundió el rostro de su cuello, empapándose del aroma que despedía la piel de Tim, demasiado fantástico para resistirse. Se sentía adormilada y satisfecha a más no poder, por no mencionar la felicidad que aleteaba en el medio de su pecho.
Tim le besó la frente y se movió hacia un costado para liberarla. Luego la levantó un poco para poder mover las mantas de la cama y la cubrió con ellas, sonriendo al ver que Georgia ni siquiera se inmutaba, ni abría los ojos. Se acostó a su lado, apretado contra ella en el reducido espacio, dejando que apoyara la cabeza sobre su pecho, tras lo cual dejó escapar un suave suspiro y se durmió por completo. Él le acarició el cabello todavía humedecido por la ducha hasta que finalmente también fue vencido por el sueño.
Y su último pensamiento antes de dormirse del todo, era que estaba justo donde tenía que estar. Donde quería estar.
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- ¿Estás bien?- Preguntó en voz baja.
Ella sólo asintió. Sabía que lo que acababa de suceder significaba algo para ambos, pero tenía la sensación que decirle que era lo más hermoso que le había sucedido en mucho tiempo no era lo mejor. Había sido un impulso, se habían dejado llevar, había sido increíble… y eso era todo. Georgia era consciente de que hasta allí habían llegado. En cuanto se vistieran, tendrían que regresar al plan de no volver a verse. El plan que, en definitiva, hacía que ella volviera a estar sola mientras él se iba a casa con su esposa.
Aún así, mientras durara, Georgia quería disfrutarlo. Le acarició lentamente el cabello y esbozó una pequeña sonrisa.
- Tom y Richard no tardarán demasiado.- Comentó Tim, desganadamente.- Aunque sospecho que Tom está tratando de darnos tiempo.
Georgia deslizó un dedo por su mejilla rasposa.
- ¿Por qué lo dices?- Inquirió con curiosidad.
- Porque no termina de elegir de qué lado está.- Estiró una mano, apenas apartándose de ella, para alcanzar la ropa interior olvidada en el suelo.- Y a veces, yo tampoco.- Se movió y tomó a Georgia por un tobillo, para subirle la braga a lo largo de una pierna y luego la otra.
- Los dos sabemos qué lado es el correcto.- Georgia se sentó y, sin poder evitarlo, lo abrazó con fuerza, recostando la cabeza en su pecho.- Supongo que no podemos pedir más que esto.
Tim la hizo mirarlo, tomándola por la barbilla para alzarle el rostro.
- Créeme, Georgia, me gustaría tenerlo todo.- La besó en la comisura de los labios. Ella se quedó esperando, notando que quería agregar algo más, pero que en realidad no se animaba. Él apartó los ojos azules, como rindiéndose.- Sería mejor que los chicos no te vean. No me gustaría que te metas en problemas.
Georgia se preguntó si el que querría evitar tener problemas sería en realidad Tim, pero no podía culparlo por sentirse así. Le gustara o no, estaba casado y le debía fidelidad a Jayne.
Aunque en ese preciso momento no se notara.
Se levantaron, reticentes, para vestirse. La ropa de Georgia estaba desparramada por todas partes y él se la alcanzó y le abotonó delicada y silenciosamente la camisa, como si necesitara seguir en contacto con ella, al menos de una manera mínima. Ella se lo permitió, sin dejar de mirarlo, intentando absorber toda la calidez posible que aún flotaba en el aire alrededor de ellos.
Cuando ambos estuvieron vestidos, Tim lanzó un suspiro, cansado.
- Mierda.- Masculló, casi enfadado.- Es una locura, lo sé…- Volvió a rodearla con los brazos.- Pero no quiero que te vayas.
- Estamos siendo dos idiotas.- Repuso ella.- No podemos cambiar las cosas. No podemos retroceder el tiempo.
- Por mucho que lo intentes.- Susurró Tim, en voz baja. La besó nuevamente.- Vamos, te acompaño al auto.
La tomó de la mano. Un apretón firme, pero dulce, seguro, casi hermético. Nunca la había estrechado con esa fuerza, ni siquiera tantos años atrás, mientras caminaban por las callecitas de Battle, ajenos a lo que les deparaba el destino.
En el camino tuvieron que recoger el bolso y la carpeta de Georgia, que habían arrojado en el césped al ser atacados por esa ráfaga incontenible de deseo. Pero ni siquiera cuando se inclinó para tomar sus cosas la soltó. Muy en el fondo, Tim sentía que esa nueva y pequeña separación iba a ser tan dolorosa como la primera, aún cuando todo era diferente a cómo había sido. Aún cuando ya nada los unía, excepto por ese magnetismo inexplicable que hacía que no pudiera contener las ganas de tenerla a su lado.
Georgia se colgó el bolso al hombro, se puso la carpeta bajo el brazo y se volvió hacia él, apoyándose contra la puerta de su auto. Sus dedos se desenredaron, casi involuntariamente.
- Entonces esto es todo.- Masculló ella, tratando de hablar con la mayor ligereza posible. Había comenzado a oscurecer, la noche caía con lentitud y gustosamente la hubiera pasado con él, sin separarse de su piel, sin dejar de besar sus labios.
Tim pareció súbitamente ansioso, se acercó a ella unos pocos centímetros más.
- Georgia, yo…
- No digas nada.- Lo cortó de inmediato, casi segura de lo que iba a decirle.- No tienes de qué preocuparte. Hasta aquí llegué, Tim, ya no voy a interferir en tu vida. Será como si jamás hubiese regresado.
A pesar de que era exactamente lo que necesitaba, no era lo que Tim deseaba oír, y fue como si Georgia le diera una patada en el estómago en lugar de hablar. De todos modos, asintió. Sabía lo que tenía que hacer. Sabía cómo debía manejar su vida.
- Gracias.- Contestó finalmente y, decidiendo que un último arrebato de debilidad no podía perjudicarlo más de lo que ya estaba, la tomó por la cintura y, dejando que todo su cuerpo se recostara sobre el de ella, la besó. Acarició sus labios con los suyos, como si quisiera dejar una huella en ellos, y asegurarse de borrar todas las que otros hombres pudieran haberle dejado durante todos esos años separados. Sólo se detuvo al percibir un leve sabor salado y enseguida se dio cuenta de que eran las lágrimas de Georgia, cayendo sin censura alguna por sus mejillas aún ruborizadas por todo el calor que habían experimentado. Tenía los ojos cerrados y lo besaba con desesperación, como si ella misma quisiera encargarse de que los rastros de Tim quedaran en sus labios, en su piel.
Tim supo que si no se apartaba en ese instante, nunca más sería capaz de hacerlo.
Le acarició una mejilla y pasó un dedo por sus labios, que habían cobrado un intenso tono rosa después de la fuerza de los besos que se habían dado. Georgia no se molestó en simular las lágrimas u ocultar el llanto. No tenía por qué. Tras lo que acababa de pasar entre ellos, no había dudas de que Tim sabía cómo se sentía.
Y tampoco quedaba mucho por decir. ¿Qué sentido tenía que se dijeran todo lo que sus corazones les imploraban que dejaran salir, si no volverían a verse? ¿Qué sentido tenía que Georgia le dijera que seguía enamorada de él si Tim iría a su casa esa noche y se acostaría junto a Jayne a dormir? ¿Qué sentido tenía que Tim le dijera que acababa de darle una felicidad que no experimentaba desde que lo dejara, si de todas formas iba a dar media vuelta para volver con su esposa?
Le abrió la puerta del auto y Georgia entró, cuidadosamente. Él cerró y se apartó un paso hacia atrás para dejarla ponerlo en marcha. Pero antes de hacerlo, Georgia puso las manos en el volante, como si buscara algo de lo que sostenerse, y lo contempló en silencio, con los ojos brillantes, desde el otro lado de la ventanilla.
Finalmente, giró la llave y encendió el motor. Pisó el acelerador y lo dejó atrás, con el espantoso peso en su corazón de que esa era la última vez que lo veía y, de nuevo, se iba sin decirle que lo amaba.
El auto de Georgia había desaparecido cuando Tom estacionó el suyo en el espacio vacío entre el de Tim y el de Richard. Ya había oscurecido, pero las luces exteriores del granero estaban apagadas. Apenas sí había una ventana iluminada y Richard posó su mirada en ella, aun malhumorado por el comportamiento de su amigo.
- Tengo un mal presentimiento. No puedo creer que me hayas arrastrado fuera de aquí.- Le reprochó, saliendo del auto y yendo hacia el baúl del mismo para buscar las bolsas del supermercado.- Dejar a Tim con Georgia fue una pésima idea.
- Tienes que dejar que resuelvan solos sus problemas.- Contestó Tom, ayudándolo.- Tim es lo suficientemente grande para saber qué hacer.
- Eres un idiota, Tom, lo dejaste con una mujer que le embota el juicio. ¡Tim no piensa cuando está con Georgia! Se limita a meter la pata.
- Ni tú ni yo podemos meternos, Rich, por más que queramos evitar que lo lastime.- Empujó la puerta de entrada con el hombro y cargó las bolsas hasta la cocina, seguido por Richard.- Además, no creo que Georgia tenga malas intenciones.
- Espero que tengas razón.- Dijo el otro, de mala manera. Empezaron a vaciar las bolsas y Richard se hizo con una caja de galletas Oreo, que abrió de inmediato y empezó a devorar.
- ¡Hey, no te las comas todas! ¡Siempre haces lo mismo!- Exclamó Tom, enojado. Le arrebató la caja y sacó un puñado antes de devolvérsela. Fue comiéndolas mientras salía de la cocina y seguía el pasillo hasta la parte principal del estudio.
A simple vista, le pareció vacío. Frunció el ceño y escrutó alrededor, hasta que vio que Tim estaba tumbado sobre el sillón, boca abajo. Eso no parecía un buen presagio. Ya casi podía oír a Richard regañándolo otra vez.
- ¿Tim?- Murmuró, titubeante. Éste levantó la cabeza y se volvió enseguida, tratando de disimular su malestar.
- ¿Ya regresaron? No los oí entrar.- Repuso, desanimadamente.- ¿Qué trajeron de comer?
- ¿Estás bien?- Tom dio algunos pasos hacia él, ignorando su pregunta. ¿Qué demonios le había hecho Georgia para dejarlo así?
- Sí, de maravillas…
Richard irrumpió en el estudio, aún masticando algunas Oreos. Le bastó echarle un vistazo al rostro de Tim para darse cuenta que algo había sucedido. Miró a Tom, enfadado.
- ¿Qué pasó, Tim?- Inquirió.
Tom se sentó en el apoyabrazos del sillón, listo para lanzarse a darle su apoyo si era necesario.
- Nada. Sólo… sólo cosas de Georgia. Eso es todo.- Carraspeó, para aclararse la garganta. La voz se le había puesto algo ronca.- Deberíamos ponernos a trabajar, tenemos que…
- ¿Qué te hizo?- Insistió Rich.
Éste suspiró, cansado.
- Nada, de verdad. No me hizo nada.
- Esa no es la cara de alguien a quien no le han hecho nada. Parece la cara de alguien a quien le han hecho pasar un rato espantoso.- Testarudo, Richard tenía intención de sacarle una confesión y buscar la manera de ayudarlo. Todo el asunto de Georgia era un gran error.
- Entonces eres un asco para entender lo que sienten las personas, Rich, porque tuve la mejor tarde de toda mi vida.- Musitó inexpresivamente.
- ¿A qué te refieres?- Se cruzó de brazos, confundido.
- A que hicimos el amor en este mismísimo sillón.
Tom se levantó del apoyabrazos de un respingo y lo observó con cierta cautela, pero sin salir de su asombro.
- ¿De qué mierda estás hablando?- Masculló, asombrado.- ¡Creí que sólo quería hablar contigo!
- Eso quería.- Tim se llevó las manos a la cabeza, desesperado.- Pero no pudimos contenernos. Simplemente sucedió y… luego nos despedimos y se fue.
- ¿Te has vuelto completamente loco?- Exclamó Richard sin poder evitarlo.- ¿Cómo has caído de esta manera? Primero te lamentas porque estás a punto de perder a Jayne y ahora…
Tom le dedicó una mirada asesina, instándolo a callarse.
- ¿Cómo te sientes?- Preguntó en cambio, tratando de suavizar la situación.
- Mal. Y bien.- Respondió Tim.- No me había sentido así de feliz en muchísimo tiempo y, a la vez, sé que es lo peor que he hecho.- Se puso de pie casi de un salto.- ¡Maldita sea, no sé qué demonios me sucede! Debería odiarla. Debería odiarla con todas mis fuerzas, pero no puedo. Sólo quiero tenerla cerca, besarla y…
Hizo silencio, sabiendo que en vez de seguir analizando lo sucedido, debía olvidarlo. Los otros dos lo miraron apenados, sin saber qué decir para ayudarlo.
- Jayne no se merece esto.- Farfulló, frustrado.- No puedo creer que le haya hecho algo así.
Tom se cruzó de brazos y lo contempló, severamente.
- Escucha, nos lamentaremos por Jayne en sólo un momento, pero primero… ¿qué sentiste? ¿Estuvo bien?- Quiso saber. Richard le pegó un manotón en el brazo, para censurarlo.
- ¿Cómo puedes preguntarle algo como eso, Tom?
- ¡Ni él sabe lo que quiere! ¡Sólo quiero ayudarlo a que se de cuenta!
- ¡No, tú quieres empujarlo de nuevo con Georgia y eso no va a funcionar! ¡Ella lo abandonó!
- ¡Pero si sólo eran unos niños, no quiere decir que vaya a hacerlo de nuevo!- Protestó Tom, enfurruñado.
- Ella tuvo su oportunidad, y la echó a perder. Tim tiene a Jayne ahora. No puede hacer estupideces.- Replicó Richard, enfadado.
Tim se quedó muy quieto mirándolos a ambos, algo molesto.
- ¿Pueden cerrar la boca un segundo? Ninguno de los dos está ayudando en lo más mínimo.
- Perdón.- Tom se ruborizó intensamente.
- Lo siento, Tim.- Rich recobró la compostura. Lo examinó con los ojos celestes bien atentos.- ¿Y qué es lo que vas a hacer?
Negando con la cabeza, pensativamente, Tim volvió a sentarse.
- No puedo hacer nada. Le pedí que no volviera a buscarme y ella dijo que no lo haría. Se acabó.
- Entonces… ¿si no le hubieses dicho que no volvieran a verse, tú…?- Balbució Tom, vacilante. Tim elevó los ojos azules hacia él, pero no dijo nada. No había nada que pudiera decir realmente.
- Richard tiene razón.- Dijo en cambio.- Tengo a Jayne. Punto.
- Sí, pero no la quieres tanto como a Georgia…- Masculló Tom, que fue silenciado de inmediato con otra mirada mordaz de Rich.- Quiero decir…- Observó nervioso a su amigo, que parecía vigilarlo para que no dijera estupideces.- Tú extrañabas… quieres que… ¡Ah, basta, Rich, voy a decir lo que quiera!- Le dio la espalda para que no lo fastidiara más.- Quiero decir que eres feliz con ella. Tú mismo acabas de decirlo: te hizo feliz como no lo habías sido en mucho tiempo. ¿O no?
- Sí, pero… ¿quién lo hizo infeliz en primer lugar, Tom?- Richard lo dijo como si fuera obvio y Tim se dijo que ya no podía escuchar a ninguno de los dos.- Y lo que menos necesita Tim ahora es más problemas. Hizo mal al acostarse con ella, pero bien al decirle que ya no lo busque. Ahora podrá volver a olvidarla y…
- ¿Realmente piensas que alguna vez la olvidó? Eres daltónico, pero no ciego, Richard.- Espetó Tom.- Georgia es…
Tim se levantó y comenzó a alejarse de ellos. Eso hizo que Tom se parara en seco y lo siguiera con la mirada, sin entender.
- ¿A dónde vas?
- A un lugar donde no esté ninguno de ustedes.- Respondió.- Sé que quieren ayudar pero no puedo seguir escuchándolos.
- De acuerdo, cerraremos la boca, serás tú el que hable.- Se apresuró a decir Richard.- Vamos.
- No.- Tim levantó una mano, como si quisiera detenerlos.- No, Rich. Quiero estar solo.
Y sin decir una sola palabra más, Tim se perdió por el pasillo y, un minuto más tarde, oyeron que encendía el motor del auto. Tom se volvió hacia Richard, sin saber qué hacer.
- Creo que nos extralimitamos.- Murmuró éste último.
- Pobre Tim…
- Te dije que no había que dejarlo con Georgia. Sabía que algo así iba a suceder.- Protestó Rich.
- Ya basta. Eso no importa.
- Supongo que no… si realmente no podían evitarlo iba a suceder de alguna manera.
- Lo que me recuerda…- Tom le echó un vistazo, inquieto, al sillón.- ¿Crees que podamos mandar esto a la tintorería? ¿Retapizarlo tal vez?
- Tom, no seas estúpido…
- ¡Hablo en serio!- Richard se dirigió hacia la cocina, ignorándolo, y él lo siguió.- Cada vez que me siente ahí voy a recordar que Tim estuvo todo desnudo y… sudoroso…- Hizo una mueca de asco.- Richard, por Dios, hay que deshacerse de ese sillón.
Rich abrió la alacena, decidiendo que lo único que podían hacer de momento era preparar la cena y esperar a ver qué pasaba.
- Créeme, Tom, va a haber problemas más serios que tu aversión al sillón.- Susurró, distraídamente.- Sólo espero que las cosas no terminen tan mal y que Tim no haga ninguna estupidez.
- Descuida.- Le dio una palmadita en la espalda.- Creo que ya ha hecho todas las estupideces que podía hacer.
Georgia estaba paralizada en la ducha. No era el agua lo que sentía correr por su cuerpo, sino las manos de Tim, sus labios, su aliento en la piel. Al cerrar los ojos sólo podía verlo a él, aplastándola ligeramente con su peso, haciéndole el amor de la manera más fantástica que había experimentado en toda su vida.
Pero lo que lamentaba no era perder la oportunidad de tener sexo increíble, sino la oportunidad de tener a un hombre increíble. Lo había sabido cuando era adolescente, pero había sido demasiado impulsiva y estúpida para darse cuenta que era más importante conservar a alguien a quien se ama que seguir sus propias ambiciones.
Sin embargo, aunque le dolía no podía dejar de decirse que estaba haciendo lo correcto al no insistir con él. Tim había reconstruido su vida después de que ella lo abandonara y no le iba nada mal. Aunque a Georgia no le agradara la idea de que estaba casado con Jayne, sabía que ella lo hacía feliz. Era mejor que dejara de meterse en medio y tratara de buscar su alternativa para alcanzar cierta felicidad.
Quizás le convenía centrarse en lo profesional un tiempo, hasta que su corazón cicatrizara lo suficiente. Tenía que prestarle atención a los diseños que quería hacer. Iba a quedarse analizando eso durante la noche y tal vez a la mañana siguiente pudiera ir a comprar telas para empezar a hacer que sus dibujos salieran del papel. Tenía que volver al sótano a ver si encontraba la máquina de coser de su madre o si también tenía que buscar una nueva…
Suspiró y se enjuagó el largo cabello mojado. Poner todas sus energías en su nuevo emprendimiento iba a ser más difícil de lo que creía. La poca superficialidad que podía llegar a quedar dentro de ella había acabado por extinguirse esa tarde. De repente se dio cuenta que no le importaba si todos sus bolsos Fendi se prendían fuego y quedaban reducidos a cenizas. No le importaba si todas sus chaquetas de Channel terminaban siendo en realidad una imitación barata. No le importaba si tenía que salir a la calle vistiendo como su madre. Ya no quería saber nada de sus hermosos zapatos, ni de su fabulosa vida en Londres… todo parecía una farsa ahora. Todo acababa siendo insignificante, porque había algo que realmente amaba más que a nada en el mundo y que no podía tener, que no podía conseguir en ninguna tienda, ni que ningún diseñador de renombre lograría crear jamás: Tim.
Pero, ¿qué sentido tenía ahora? Sus opciones se habían reducido considerablemente. Lo único que podía hacer en su vida era trabajar, porque el amor se le había escapado por la ventana abierta, ya que había sido demasiado estúpida para cerrarla a tiempo. Lamentarse por Tim hasta el fin de sus días no parecía demasiado lógico. Habían tenido más de lo que podrían haber deseado en esos quince años. Ahora lo único que Georgia podía hacer era tratar de recuperar, al menos minúsculamente, esa vida que tanto había amado.
O que la había distraído mientras en realidad dejaba pasar la oportunidad de vivir exactamente como quería.
Sacudió la cabeza, confundida, y salió de la ducha. Se envolvió en una toalla blanca y se puso otra en el cabello, para secarlo. Cuando se miró al espejo, por primera vez en mucho tiempo, no le gustó el reflejo que le devolvía la mirada.
Nuevamente, se reprochó el haber regresado a Battle. Al menos cuando estaba lejos de allí no tenía razón alguna para dudar de sí misma, de las cosas que había hecho, de lo que quería. Había sido como una persona sin pasado… hasta que la necesidad de reencontrarse con quien realmente era había sido demasiado fuerte.
Por estúpido que le pareciera ahora el proyecto de vida que tenía, lo único que podía hacer era llevarlo a cabo. Las cartas ya habían sido jugadas hacía años y había perdido la mano por tomar una mala decisión. Pero no quería decir que no pudiera comenzar un juego nuevo donde, si bien no recuperaría los puntos perdidos, al menos podía buscar la manera de no terminar última.
Le pareció oír un ruido proveniente de su habitación. Había dejado la ventana entreabierta para que entrara el aire, pero sabía que las brisas nocturnas de Battle podían transformarse en verdaderas ventiscas. Demasiado desanimada para ponerse sus pantuflas, Georgia caminó descalza, desganada, hacia su cuarto. Pero cuando abrió la puerta se quedó de piedra.
Tim estaba reincorporándose del suelo, maldiciendo por lo bajo. Parecía que se había golpeado al pegar un salto desde el árbol hacia la ventana. Evidentemente, ya no tenía edad para estar haciendo ese tipo de cosas.
- ¿Tim?- Georgia dio un paso hacia él, vacilante. Se sentía excepcionalmente vulnerable, quizás porque de repente era consciente de cosas que no afloraban en ella desde que era sólo una niña.- ¿Te hiciste daño?
- No, estoy bien. Pero presiento que va a dolerme la espalda mañana.- Masculló, frotándose la parte inferior de la columna. Luego la miró, poniéndose súbitamente serio.- Hola.
- Hola.- Susurró ella. Verlo era lo último que esperaba, pero no podía negar que dentro de ella de repente parecía encenderse una luz de pura alegría.- ¿Qué estás haciendo aquí?
Tim no se acercó. La contemplaba como si fuera algo sumamente delicado de la que debiera mantenerse una distancia respetuosa. Pero, al mismo tiempo, sus ojos azules brillaban de anhelo.
- No lo sé.- Respondió con sinceridad.
- Esto contradice un poco lo que me pediste esta tarde.- Georgia sonrió apenas, sin poder evitarlo.- Creí que no querías volver a verme.
- Por idiota que suene, lo que no quiero es volver a perderte.- Confesó él en voz baja, y el corazón de Georgia se detuvo, extasiado.- Voy a arrepentirme de habértelo dicho, Georgia, pero hoy fui más feliz de lo que he sido en estos últimos quince años.
La sonrisa de Georgia se extendió. Su corazón volvió a latir, esta vez, enloquecido.
- Irónicamente, yo también.- Farfulló, haciendo que en esta ocasión fuera Tim el que esbozara una casi imperceptible sonrisa.- Pero, ¿qué se supone que vamos a hacer?
- No lo sé.- Repitió él, con cierta tristeza.- Sólo hay una cosa de la que estoy seguro ahora mismo.
- ¿De qué?- Preguntó Georgia con curiosidad.
Parecía que no era algo fácil de decir para él. Evitó mirarla unos segundos, le dio la espalda para escrutar la noche por la ventana entreabierta, se volvió, dio un paso para acercarse, volvió a retroceder. Era como si estuviera nervioso.
- ¿Puedo…?- Masculló, y al fin se acercó, deteniéndose a apenas una breve distancia. Georgia podía extender los brazos y tocarlo si quería.- ¿Puedo quedarme contigo esta noche?
Georgia pensó, emocionada, que esa era la propuesta más hermosa que un hombre le hubiese hecho jamás. Por dentro, empezó a gritar que sí, histéricamente. Por fuera, trató de ser un poco más inteligente.
- ¿Crees que es una buena idea?- No deseaba nombrar a Jayne en ese momento, pero esperaba que él entendiera que eso era lo que la preocupaba.
Tim decidió ser honesto. No había manera de mentirle a Georgia. Lo conocía más que ninguna otra persona en el mundo.
- No. Pero te necesito demasiado para que me importe.
Ya no hubo forma de que Georgia se resistiera. Acortó la distancia que los separaba casi de un salto, y le rodeó el cuello con los brazos, hundiendo sus labios en los suyos, como si llevara una eternidad sin besarlo. Él la estrechó contra su cuerpo de inmediato, sintiéndose exactamente igual. Puso las manos en su espalda desnuda y aún húmeda y la apretó contra su pecho, hasta tal punto que parecía que los latidos de sus corazones estaban acoplados. Tim la besaba como si quisiera llegar a las mismísimas profundidades de su alma haciéndolo, y cualquier dejo de cordura o lógica había abandonado definitivamente la habitación.
Le quitó la toalla que le envolvía el pelo y dejó que le cayera libremente sobre los hombros, mientras despedía aún el aroma del shampoo, que se mezclaba con el del jabón que emitía su piel. Tim estaba absolutamente maravillado, descubriendo que no había manera de que se cansara de ella. Cada vez que la tocaba, se encontraba con algo nuevo que lo hacía desear no soltarla nunca más.
Georgia se apartó apenas unos centímetros para recuperar el aliento y mirarlo a los ojos, para convencerse de que aquello era real. Tim había vuelto por ella. Había ido a buscarla, olvidándose por completo de que habían accedido a no volver a verse, a ignorarse. Estaba allí. Había trepado al maldito árbol para colarse por la ventana y pedirle que lo dejara quedarse a pasar la noche.
Ambos eran plenamente conscientes de lo erróneo que era todo eso, pero habían alcanzado un punto tan doloroso, que ya no les interesaba nada. Y para aliviar ese dolor, tenían que estar juntos. No había otra salida.
Tim también la miró, intensamente. Estudió sus ojos como si intentara entender qué estaba escondiendo dentro. Le acarició una mejilla con la más absoluta ternura.
- Si prefieres que me vaya, Georgia, sólo…- Murmuró, aunque parecía reticente a decir algo como eso. Ella lo silenció, poniendo un dedo en sus labios.
- Quédate esta noche y todas las demás.- Replicó suavemente.- Si estás seguro, Tim, quédate.
Él besó el dedo que Georgia había posado en su boca como toda respuesta. Ella empezó a quitarle la ropa con total delicadeza.
Tim deshizo el nudo que sujetaba la toalla alrededor del cuerpo de Georgia, dejándola caer al piso. No aguantaba un segundo más, todo lo que quería era volver a sentir su piel contra la suya cuanto antes. Todas las sensaciones tormentosas que había experimentado esa misma tarde estaban renaciendo dentro de él con muchísimas más fuerzas. Para cuando volvió a besarla, arrastrándola levemente hacia el colchón, Tim a duras penas recordaba todo el sufrimiento que habían vivido. Era como si al sentir sus labios el tiempo se evaporara y siguieran siendo los dos adolescentes que se amaban con locura, como si su mundo siguiera siendo el mismo, un mundo donde él no estaba casado con Jayne, donde ella no era más que la amiga callada y aburrida de la chica que lo volvía loco.
Tim llevaba aún puesto el jean cuando se recostó sobre ella encima de las mantas arrugadas. Georgia deseaba seguir así, apretándose contra él, besándose durante todo el tiempo que fuera posible. Sólo con eso le parecía suficiente.
- ¿Cómo puede ser…?- Masculló Tim en su oído, casi sin aire, mientras sus labios tomaban posesión de su cuello.- ¿Cómo puede ser que durante quince años soporté el no estar contigo y en un solo día llego a sentir que voy a explotar si no te hago el amor?
El cabello húmedo de Georgia estaba desparramado sobre la almohada y en sus ojos se delataba la misma excitación que fluía dentro de él. Tim pensó, mientras la miraba, que era lo más hermoso que había visto.
- ¿Cómo puede ser que durante quince años me convencí que no me hacías falta y ahora, de repente…?- Farfulló Georgia, deslizando las manos desde sus hombros, por su pecho, hasta su espalda. Se movió contra él, como diciéndole sin palabras que se diera prisa.
- De repente, ¿qué?- Quiso saber Tim, desabrochándose el pantalón, al tiempo que la observaba con el ceño fruncido.
- Me doy cuenta que…- Georgia tragó saliva. Sentía que se ahogaba con su propia respiración. Él se deshizo de su jean y su ropa interior de un solo ademán.- Que…
- Dímelo, Georgia.- Pidió, inmensamente aliviado ahora que no había barrera alguna entre sus cuerpos.
- Te necesito.- Balbució, dificultosamente.- Te necesito…
- Estoy justo aquí, cariño.- Le dijo al oído, entrando en ella lentamente, haciendo que se aferrara a sus hombros, desprovista totalmente de fuerzas. Se quedó quieto, como si estuviera aclimatándose a aquella dulce invasión. Le corrió el cabello que le caía sobre el rostro.- Y, demonios, no pienso irme a ninguna parte.- Agregó en un gruñido algo ronco.
Georgia arqueó la cadera, instándolo a que se moviera, en un deseo impetuoso de sentirlo más profundamente. Tim le dedicó una sonrisa maliciosa, le besó la comisura de los labios y, aferrándola con fuerza, se volteó, hasta quedar de espaldas y dejarla a ella encima de él.
A Georgia le gustó notar que tenía el control, que después de lo que le había hecho eso tarde, al fin podía devolvérselo, enloquecerlo, hacerle perder la razón tal y como a ella le había sucedido. Tim se mordió un labio al ver sus intenciones reflejadas en su sonrisa. Conocía muy a fondo a Georgia, sabía perfectamente que en su interior se escondía un fuego difícil de domar. Toda ella era puras llamas, y Tim ya empezaba a sentir cómo su flama empezaba a rozarlo deliciosamente.
Pero Georgia quería jugar. Se apartó de él, yendo más y más al sur, sin dejar de tocarlo intermitentemente en distintas partes del cuerpo, confundiéndolo, dejándolo preguntándose qué haría después. Comenzó a besarlo, dejando que sus labios fueran marcando el camino ascendiente, desde los tobillos hasta la frente. Tim entrecerró los puños, apretando las sábanas debajo de él, cuando lo rozó de una manera muy íntima y pícara a la vez. Al tenerla nuevamente a su altura, la atrapó entre sus brazos, cayendo inevitablemente en una agonía de lo más placentera, deseando hundirse nuevamente en lo más dulce de su interior.
La besó con ganas, dejando que su lengua se colara entre sus labios, saboreándola, incitándola, provocándola. Georgia, mientras tanto, se acomodó sobre su regazo y lo tentó apenas, de forma maliciosa, haciendo que Tim sonriera, aunque sin suspender el beso, y la tomara por la cintura para conducirla y dejarse de rodeos.
Georgia lo obedeció un rato, haciendo lo que él le indicaba… pero tras un par de minutos fue evidente que Tim no resistía no ser el que llevaba el control. Sin interrumpir en ningún momento lo que estaban haciendo, volvió a voltearse, estrechándola firmemente para no hacerla caer al suelo, y se puso arriba.
Después de eso todo se volvió demasiado confuso y sudoroso. La temperatura había alcanzado ya un límite imposible y los jadeos de Georgia se confundían con los de Tim, a pesar de que ambos trataban de amortiguar el ruido lo más posible. Se dejaron ganar por el ritmo acelerado de dos amantes que saben exactamente lo que quieren y cómo obtenerlo. Pero a pesar de lo frenético de las embestidas finales, no lograban perder la delicadeza, la dulzura que delataba que entre ellos existía un vínculo más allá de lo físico. Tim no dejaba de besarla, ni de mirarla a los ojos, como si se sintiera conmovido por el mero hecho de tenerla entre los brazos. Georgia le respondía gimiendo suavemente su nombre, aferrándose a él como si no confiara en nadie más, como si sólo él pudiera llegar a donde ella deseaba que llegara.
Tim se apresuró a cubrir su boca con la suya cuando alcanzaron el más espléndido de los clímax, con la intención de acallar los gemidos desesperados de ambos. La sintió temblar bajo su cuerpo y sólo cuando ella acabó de experimentar las agitadas sacudidas de placer, se permitió relajarse.
Se quedaron abrazados, respirando con dificultad, sin lograr decir nada. No tenían necesidad alguna de separarse por el momento y eso les parecía suficiente.
Georgia hundió el rostro de su cuello, empapándose del aroma que despedía la piel de Tim, demasiado fantástico para resistirse. Se sentía adormilada y satisfecha a más no poder, por no mencionar la felicidad que aleteaba en el medio de su pecho.
Tim le besó la frente y se movió hacia un costado para liberarla. Luego la levantó un poco para poder mover las mantas de la cama y la cubrió con ellas, sonriendo al ver que Georgia ni siquiera se inmutaba, ni abría los ojos. Se acostó a su lado, apretado contra ella en el reducido espacio, dejando que apoyara la cabeza sobre su pecho, tras lo cual dejó escapar un suave suspiro y se durmió por completo. Él le acarició el cabello todavía humedecido por la ducha hasta que finalmente también fue vencido por el sueño.
Y su último pensamiento antes de dormirse del todo, era que estaba justo donde tenía que estar. Donde quería estar.
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